Buenos dias Super estrellas 💙
Espero que tengan un lindo dia!!
Les mando besos ✨️💙

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/Se enrolla como taco en su cama porque hace frío.

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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝐈. 𝐋𝐔𝐃𝐈𝐂𝐈𝐔𝐌 𝐒𝐀𝐓𝐀𝐍𝐀𝐄.
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— ¿𝑵𝒐 𝒔𝒐𝒚 𝒅𝒊𝒈𝒏𝒐, 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆?

La superficie de obsidiana, gélida como un cadáver recién ungido, le quema las rótulas a través de la túnica negra, y un silencio sepulcral se abate sobre la estancia tras sus súplicas, dando la impresión de que el vacío mismo ha aprendido a contener el aliento.

Permanece inmóvil sobre sus rodillas, clavado en una postura de sumisión absoluta mientras el aire a su alrededor se vuelve denso, espeso como un líquido invisible que oprime sus pulmones, y un dejo penetrante de azufre se cuela en sus fosas nasales arrastrándose hacia su garganta como un vil recordatorio; la anatema que lo marca es irrevocable, un sello ardiente sobre su piel que ni la devoción ni el dolor podrían redimir.

Su interior guarda una súplica muda, que como hiedra venenosa se enrosca en sus entrañas. Cada espira lo ciñe desde dentro, y al interior de su estómago se abre un pozo cavernoso donde todo valor y toda certeza se fragmentan en cristales afilados bajo una presión invisible; la angustia que lo atraviesa con la crudeza de un juicio inapelable; el de saberse insuficiente ante la mirada de quien él llama Padre, de aquel a quien ha entregado, sin reservas, la totalidad de su existencia.

Lo sofoca la vastedad del templo; un abismo arquitectónico cuyos muros —imposibles de precisar su altitud— se diluyen en una negrura insondable, tan profunda que parece absorber incluso el eco de sus propios pensamientos. Sólo un brillo escarlata, tenue, rompe la oscuridad; emana del trono erigido en el centro, una estructura colosal que se extiende a partir de la misma condensación del abismo.

Ryden alza la cabeza con un temblor involuntario, arrastrado por un amalgama imposible de devoción y terror hacia la entidad que se yergue sobre él.

Sus ojos, esforzándose contra la penumbra, son incapaces de delinear contorno alguno; no hay rostro, no hay silueta, no hay forma que su mente pueda reclamar como tangible. Y, sin embargo, lo reconoce. Sabe, a ciencia cierta, que es aquel ser al que incontables veces ha invocado, ante el cual ha ofrecido sacrificios y plegarias con la esperanza ferviente de honrarlo.

Entonces, la voz llegó; no proviene de aquel trono, sino desde lo más profundo de su cráneo, resonando como un eco arcaico que no pertenece al tiempo ni al lenguaje humano. Una letanía subterránea que parece resurgir desde la raíz misma de su conciencia, como si siempre hubiere estado allí, aguardando el momento exacto para pronunciarse.

— Te elegí, Ryden.

La voz se derrama en su mente, serena y punzante.

— Te di la ilusión de la fuerza, la sombra de mi poder. ¿Y qué me has traído? Polvo. Residuos.

Un silencio denso antecede al juicio y, de pronto, las palabras caen como cenizas, ensombreciéndolo todo a su paso.

— Tus círculos de sal se rompen, tus cálices están manchados no con sangre, sino con duda. Tus seguidores son mendigos con túnicas, no portadores del abismo, no almas forjadas en mi oscuridad. Los has engañado a ellos y te has engañado a ti mismo.

Sus manos tiemblan contra la obsidiana, incapaces de sostener el peso de su propia existencia, mientras un escalofrío se desliza por su espina dorsal.

— ¿𝑵𝒐 𝒔𝒐𝒚 𝒅𝒊𝒈𝒏𝒐, 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆?

Se cuestiona, repitiéndoselo como una sinfonía acibarada.

Su mirada se nubla ante la certeza implacable de su propio fracaso, de ser apenas un vacío tembloroso e insignificante bajo la inmensidad de aquella entidad que lo despoja incluso de la ilusión de valía.

La presencia se revela, y ante Ryden se alza su propio reflejo; una versión distorsionada de sí mismo, coronada de espinas que se hunden en su frente ensangrentada, en tanto sus manos muestran marcas ancestrales, laceraciones que sugieren haber sido atravesadas por un destino cruel.

En sus ojos, Lucifer se deja ver.

— No quería tu poder, Ryden. Quería tu corazón. Lo has quemado, lo has vendido, y ni siquiera el fuego te ha querido.

Cada sílaba es una daga que penetra en su conciencia, arrancándole la ferviente devoción que, hasta entonces, habría jurado inalterable.

— Eres inútil. Insuficiente.

Comenzó a caer. Su ropa se disuelve en sombras, su piel se disgrega como humo, su memoria se fragmenta y se evapora en el aire denso del abismo oscuro, y mientras desciende, no hay suelo que lo sostenga, ni sonido, ni calor, ni nada de lo antaño conocido; sólo el vacío inagotable que lo reclama a perpetuidad.

Lo último que percibió fue el rostro sereno y decepcionado de su reflejo, observándolo descender desde lo alto.

La nada lo envolvió, y con ella, el olvido.

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𝙱𝚛𝚒𝚜𝚝𝚘𝚕, 𝙸𝚗𝚐𝚕𝚊𝚝𝚎𝚛𝚛𝚊. 𝟻:𝟸𝟽 𝚊. 𝚖.

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Ryden se despierta de un sobresalto; su frente está perlada con una fina capa de sudor y su pulso está acelerado.

La madrugada se extiende silenciosa y helada, y es esa misma quietud infernal la que torna imposible permanecer en cama.

Tras unos minutos observando un punto ciego en el techo, se incorpora y se sienta al borde del colchón, sacudiéndose de la sensación de vacío y fracaso que aún lo atormenta.

Con el corazón todavía palpitando embravecido y la visión de su caída repitiéndose en su mente, comienza a vestirse, preparándose para la reunión de Ordo Umbrae.

La secta aguarda, y aunque la noche lo haya marcado, Ryden debe responder.
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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝐈. 𝐋𝐔𝐃𝐈𝐂𝐈𝐔𝐌 𝐒𝐀𝐓𝐀𝐍𝐀𝐄.
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— ¿𝑵𝒐 𝒔𝒐𝒚 𝒅𝒊𝒈𝒏𝒐, 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆?

La superficie de obsidiana, gélida como un cadáver recién ungido, le quema las rótulas a través de la túnica negra, y un silencio sepulcral se abate sobre la estancia tras sus súplicas, dando la impresión de que el vacío mismo ha aprendido a contener el aliento.

Permanece inmóvil sobre sus rodillas, clavado en una postura de sumisión absoluta mientras el aire a su alrededor se vuelve denso, espeso como un líquido invisible que oprime sus pulmones, y un dejo penetrante de azufre se cuela en sus fosas nasales arrastrándose hacia su garganta como un vil recordatorio; la anatema que lo marca es irrevocable, un sello ardiente sobre su piel que ni la devoción ni el dolor podrían redimir.

Su interior guarda una súplica muda, que como hiedra venenosa se enrosca en sus entrañas. Cada espira lo ciñe desde dentro, y al interior de su estómago se abre un pozo cavernoso donde todo valor y toda certeza se fragmentan en cristales afilados bajo una presión invisible; la angustia que lo atraviesa con la crudeza de un juicio inapelable; el de saberse insuficiente ante la mirada de quien él llama Padre, de aquel a quien ha entregado, sin reservas, la totalidad de su existencia.

Lo sofoca la vastedad del templo; un abismo arquitectónico cuyos muros —imposibles de precisar su altitud— se diluyen en una negrura insondable, tan profunda que parece absorber incluso el eco de sus propios pensamientos. Sólo un brillo escarlata, tenue, rompe la oscuridad; emana del trono erigido en el centro, una estructura colosal que se extiende a partir de la misma condensación del abismo.

Ryden alza la cabeza con un temblor involuntario, arrastrado por un amalgama imposible de devoción y terror hacia la entidad que se yergue sobre él.

Sus ojos, esforzándose contra la penumbra, son incapaces de delinear contorno alguno; no hay rostro, no hay silueta, no hay forma que su mente pueda reclamar como tangible. Y, sin embargo, lo reconoce. Sabe, a ciencia cierta, que es aquel ser al que incontables veces ha invocado, ante el cual ha ofrecido sacrificios y plegarias con la esperanza ferviente de honrarlo.

Entonces, la voz llegó; no proviene de aquel trono, sino desde lo más profundo de su cráneo, resonando como un eco arcaico que no pertenece al tiempo ni al lenguaje humano. Una letanía subterránea que parece resurgir desde la raíz misma de su conciencia, como si siempre hubiere estado allí, aguardando el momento exacto para pronunciarse.

— Te elegí, Ryden.

La voz se derrama en su mente, serena y punzante.

— Te di la ilusión de la fuerza, la sombra de mi poder. ¿Y qué me has traído? Polvo. Residuos.

Un silencio denso antecede al juicio y, de pronto, las palabras caen como cenizas, ensombreciéndolo todo a su paso.

— Tus círculos de sal se rompen, tus cálices están manchados no con sangre, sino con duda. Tus seguidores son mendigos con túnicas, no portadores del abismo, no almas forjadas en mi oscuridad. Los has engañado a ellos y te has engañado a ti mismo.

Sus manos tiemblan contra la obsidiana, incapaces de sostener el peso de su propia existencia, mientras un escalofrío se desliza por su espina dorsal.

— ¿𝑵𝒐 𝒔𝒐𝒚 𝒅𝒊𝒈𝒏𝒐, 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆?

Se cuestiona, repitiéndoselo como una sinfonía acibarada.

Su mirada se nubla ante la certeza implacable de su propio fracaso, de ser apenas un vacío tembloroso e insignificante bajo la inmensidad de aquella entidad que lo despoja incluso de la ilusión de valía.

La presencia se revela, y ante Ryden se alza su propio reflejo; una versión distorsionada de sí mismo, coronada de espinas que se hunden en su frente ensangrentada, en tanto sus manos muestran marcas ancestrales, laceraciones que sugieren haber sido atravesadas por un destino cruel.

En sus ojos, Lucifer se deja ver.

— No quería tu poder, Ryden. Quería tu corazón. Lo has quemado, lo has vendido, y ni siquiera el fuego te ha querido.

Cada sílaba es una daga que penetra en su conciencia, arrancándole la ferviente devoción que, hasta entonces, habría jurado inalterable.

— Eres inútil. Insuficiente.

Comenzó a caer. Su ropa se disuelve en sombras, su piel se disgrega como humo, su memoria se fragmenta y se evapora en el aire denso del abismo oscuro, y mientras desciende, no hay suelo que lo sostenga, ni sonido, ni calor, ni nada de lo antaño conocido; sólo el vacío inagotable que lo reclama a perpetuidad.

Lo último que percibió fue el rostro sereno y decepcionado de su reflejo, observándolo descender desde lo alto.

La nada lo envolvió, y con ella, el olvido.

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𝙱𝚛𝚒𝚜𝚝𝚘𝚕, 𝙸𝚗𝚐𝚕𝚊𝚝𝚎𝚛𝚛𝚊. 𝟻:𝟸𝟽 𝚊. 𝚖.

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Ryden se despierta de un sobresalto; su frente está perlada con una fina capa de sudor y su pulso está acelerado.

La madrugada se extiende silenciosa y helada, y es esa misma quietud infernal la que torna imposible permanecer en cama.

Tras unos minutos observando un punto ciego en el techo, se incorpora y se sienta al borde del colchón, sacudiéndose de la sensación de vacío y fracaso que aún lo atormenta.

Con el corazón todavía palpitando embravecido y la visión de su caída repitiéndose en su mente, comienza a vestirse, preparándose para la reunión de Ordo Umbrae.

La secta aguarda, y aunque la noche lo haya marcado, Ryden debe responder.
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Ryden añadido nuevas fotos a
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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝐈. 𝐋𝐔𝐃𝐈𝐂𝐈𝐔𝐌 𝐒𝐀𝐓𝐀𝐍𝐀𝐄.
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— ¿𝑵𝒐 𝒔𝒐𝒚 𝒅𝒊𝒈𝒏𝒐, 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆?

La superficie de obsidiana, gélida como un cadáver recién ungido, le quema las rótulas a través de la túnica negra, y un silencio sepulcral se abate sobre la estancia tras sus súplicas, dando la impresión de que el vacío mismo ha aprendido a contener el aliento.

Permanece inmóvil sobre sus rodillas, clavado en una postura de sumisión absoluta mientras el aire a su alrededor se vuelve denso, espeso como un líquido invisible que oprime sus pulmones, y un dejo penetrante de azufre se cuela en sus fosas nasales arrastrándose hacia su garganta como un vil recordatorio; la anatema que lo marca es irrevocable, un sello ardiente sobre su piel que ni la devoción ni el dolor podrían redimir.

Su interior guarda una súplica muda, que como hiedra venenosa se enrosca en sus entrañas. Cada espira lo ciñe desde dentro, y al interior de su estómago se abre un pozo cavernoso donde todo valor y toda certeza se fragmentan en cristales afilados bajo una presión invisible; la angustia que lo atraviesa con la crudeza de un juicio inapelable; el de saberse insuficiente ante la mirada de quien él llama Padre, de aquel a quien ha entregado, sin reservas, la totalidad de su existencia.

Lo sofoca la vastedad del templo; un abismo arquitectónico cuyos muros —imposibles de precisar su altitud— se diluyen en una negrura insondable, tan profunda que parece absorber incluso el eco de sus propios pensamientos. Sólo un brillo escarlata, tenue, rompe la oscuridad; emana del trono erigido en el centro, una estructura colosal que se extiende a partir de la misma condensación del abismo.

Ryden alza la cabeza con un temblor involuntario, arrastrado por un amalgama imposible de devoción y terror hacia la entidad que se yergue sobre él.

Sus ojos, esforzándose contra la penumbra, son incapaces de delinear contorno alguno; no hay rostro, no hay silueta, no hay forma que su mente pueda reclamar como tangible. Y, sin embargo, lo reconoce. Sabe, a ciencia cierta, que es aquel ser al que incontables veces ha invocado, ante el cual ha ofrecido sacrificios y plegarias con la esperanza ferviente de honrarlo.

Entonces, la voz llegó; no proviene de aquel trono, sino desde lo más profundo de su cráneo, resonando como un eco arcaico que no pertenece al tiempo ni al lenguaje humano. Una letanía subterránea que parece resurgir desde la raíz misma de su conciencia, como si siempre hubiere estado allí, aguardando el momento exacto para pronunciarse.

— Te elegí, Ryden.

La voz se derrama en su mente, serena y punzante.

— Te di la ilusión de la fuerza, la sombra de mi poder. ¿Y qué me has traído? Polvo. Residuos.

Un silencio denso antecede al juicio y, de pronto, las palabras caen como cenizas, ensombreciéndolo todo a su paso.

— Tus círculos de sal se rompen, tus cálices están manchados no con sangre, sino con duda. Tus seguidores son mendigos con túnicas, no portadores del abismo, no almas forjadas en mi oscuridad. Los has engañado a ellos y te has engañado a ti mismo.

Sus manos tiemblan contra la obsidiana, incapaces de sostener el peso de su propia existencia, mientras un escalofrío se desliza por su espina dorsal.

— ¿𝑵𝒐 𝒔𝒐𝒚 𝒅𝒊𝒈𝒏𝒐, 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆?

Se cuestiona, repitiéndoselo como una sinfonía acibarada.

Su mirada se nubla ante la certeza implacable de su propio fracaso, de ser apenas un vacío tembloroso e insignificante bajo la inmensidad de aquella entidad que lo despoja incluso de la ilusión de valía.

La presencia se revela, y ante Ryden se alza su propio reflejo; una versión distorsionada de sí mismo, coronada de espinas que se hunden en su frente ensangrentada, en tanto sus manos muestran marcas ancestrales, laceraciones que sugieren haber sido atravesadas por un destino cruel.

En sus ojos, Lucifer se deja ver.

— No quería tu poder, Ryden. Quería tu corazón. Lo has quemado, lo has vendido, y ni siquiera el fuego te ha querido.

Cada sílaba es una daga que penetra en su conciencia, arrancándole la ferviente devoción que, hasta entonces, habría jurado inalterable.

— Eres inútil. Insuficiente.

Comenzó a caer. Su ropa se disuelve en sombras, su piel se disgrega como humo, su memoria se fragmenta y se evapora en el aire denso del abismo oscuro, y mientras desciende, no hay suelo que lo sostenga, ni sonido, ni calor, ni nada de lo antaño conocido; sólo el vacío inagotable que lo reclama a perpetuidad.

Lo último que percibió fue el rostro sereno y decepcionado de su reflejo, observándolo descender desde lo alto.

La nada lo envolvió, y con ella, el olvido.

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𝙱𝚛𝚒𝚜𝚝𝚘𝚕, 𝙸𝚗𝚐𝚕𝚊𝚝𝚎𝚛𝚛𝚊. 𝟻:𝟸𝟽 𝚊. 𝚖.

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Ryden se despierta de un sobresalto; su frente está perlada con una fina capa de sudor y su pulso está acelerado.

La madrugada se extiende silenciosa y helada, y es esa misma quietud infernal la que torna imposible permanecer en cama.

Tras unos minutos observando un punto ciego en el techo, se incorpora y se sienta al borde del colchón, sacudiéndose de la sensación de vacío y fracaso que aún lo atormenta.

Con el corazón todavía palpitando embravecido y la visión de su caída repitiéndose en su mente, comienza a vestirse, preparándose para la reunión de Ordo Umbrae.

La secta aguarda, y aunque la noche lo haya marcado, Ryden debe responder.
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Hola, me llamo Keonho pero todos me dicen Konito. Se buscan amigos que me ayuden a entender la app. 😕

10 horas


ㅤㅤㅤㅤㅤ─── ✧. ㅤ新しい 歴史
ㅤ ㅤㅤ ㅤ﹙004﹚› 𝗵𝗲𝗮𝗱𝗰𝗮𝗻𝗼𝗻 𝗉𝗈𝗌𝗍 !
ㅤ ㅤㅤㅤ 人物ㅤ:ㅤ #michael_jackson
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ㅤㅤㅤㅤㅤ ᠁ 𝚕𝚘𝚜 𝚊́𝚗𝚐𝚎𝚕𝚎𝚜, 𝚌𝚊𝚕𝚒𝚏𝚘𝚛𝚗𝚒𝚊.
ㅤㅤㅤㅤㅤ 𝚊𝚐𝚘𝚜𝚝𝚘 𝟸𝟿, 𝟷𝟿𝟾𝟽
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El reloj marcaba casi las doce de la noche cuando Michael volvió a levantar la mirada hacia la pared. Faltaban apenas unos minutos para que el veintiocho de agosto terminara y con él se fueran sus últimos instantes con veintiocho años. El estudio estaba mucho más tranquilo a esas horas, las luces permanecían encendidas sobre la consola y sobre esta descansaban varias hojas llenas de anotaciones, algunas fotografías y una cinta que había escuchado tantas veces durante los últimos meses que probablemente habría podido reconocer cada segundo con los ojos cerrados.

Michael llevaba varios minutos sentado frente a la consola, con los brazos apoyados sobre las piernas y la mirada perdida en una de las cintas. Había pasado tantos días allí que el lugar comenzaba a sentirse inseparable de su vida. Durante casi dos años había revisado cada canción hasta quedar satisfecho, ahora el álbum estaba terminado. En dos días llegaría a las tiendas y, después de tanto tiempo escuchándolo en aquellas mismas habitaciones, finalmente pertenecería a sus fans.

Quincy seguía allí, sentado unos metros más atrás, hojeando algunas de las anotaciones de las últimas sesiones. Al levantar la mirada, encontró a Michael observando el reloj por tercera vez.

───Si sigues mirándolo así, no va a moverse más rápido.

Comentó el mayor, arrancándole una suave sonrisa a Michael, quien se dejó caer contra el respaldo de la silla.

───Quiero saber cuánto falta.

───¿Para tu cumpleaños?

Michael negó con la cabeza, aunque la sonrisa permaneció en sus labios.

───Para mi cumpleaños... Y para el álbum.

Quincy dejó los papeles sobre la mesa y miró el reloj.

───Dos días para el álbum. Unos minutos para cumplir veintinueve.

Una pequeña risa escapó de Michael, aunque su expresión volvió a tornarse pensativa. El treinta y uno de agosto estaba marcado en todas partes; había sido una fecha repetida tantas veces durante las últimas semanas que casi parecía formar parte de su rutina. Bad iba a salir al mundo, y con ello terminaría también una etapa importante de su carrera. Había trabajado demasiado en aquel álbum como para no preguntarse qué encontraría el público cuando finalmente lo escuchara, había algo diferente en aquellas canciones, en la manera en que había decidido interpretarlas y en todo lo que había querido transmitir con ellas. Quizá, después de tanto tiempo, también estaba a punto de mostrar una parte de sí mismo que hasta entonces había permanecido detrás de las puertas del estudio.

───Suena raro cuando lo dices así.

───¿Por qué?

───Veintinueve...

La cifra quedó suspendida entre ambos durante unos segundos. El menor bajó la mirada hacia sus manos, jugando distraídamente con uno de los anillos que llevaba puestos. Veintinueve años. Le resultaba extraño pensar en ello cuando todavía recordaba con claridad al muchacho que había comenzado a cantar siendo apenas un niño. En algún punto del camino, los años habían empezado a avanzar con una velocidad que no alcanzaba a comprender. Quincy lo observó en silencio antes de preguntar.

───¿Estás nervioso?

Tardó un momento en responder.

───Un poco.

───Eso es normal.

Michael sonrió de lado.

───Pensé que después de tantos años dejaría de sentirlo.

───Eso significaría que dejaste de preocuparte.

La respuesta consiguió arrancarle otra sonrisa; sin embargo, su mirada volvió a posarse sobre la cinta frente a él.

───He pensado mucho en estas canciones últimamente ───admitió. ───Cuando las escucho ahora, recuerdo todo lo que pasó mientras las hacíamos. Algunas cambiaron tantas veces que casi parecen canciones diferentes.

───Porque querías que fueran perfectas.

Michael negó con la cabeza.

───Quería que fueran mías.

Quincy soltó una breve risa.

───Probablemente encontrarías otra cosa que cambiar.

───Tal vez.

───Por eso tenemos una fecha de lanzamiento.

El cantante sonrió y dejó nuevamente la cinta sobre la consola, limitándose unos segundos a contemplarla.

Había compuesto la mayoría de las canciones y participado directamente en la producción junto a Quincy, había puesto una parte de sí mismo en cada decisión, en cada cambio y en cada hora que pasaba frente al micrófono. Después de Thriller, sabía perfectamente lo que el público esperaba, también sabía que cualquier cosa que hiciera sería comparada con aquel álbum. La presión estaba ahí incluso cuando trataba de ignorarla.

Un sencillo ya había sido lanzado unas semanas atrás y pronto llegarían las demás canciones. Después vendrían los videos, las presentaciones, las entrevistas y todo aquello que acompañaba inevitablemente a un nuevo lanzamiento. Michael respiró lentamente.

───¿Crees que les gustará?

La pregunta salió con una voz baja y el mayor arqueó ligeramente las cejas.

───Michael, llevas meses preguntándome eso.

───Porque todavía no me has dado una respuesta que me convenza.

Quincy soltó una risa antes de levantarse.

───Entonces escucha bien esta vez. No puedes controlar lo que harán con el disco cuando salga. Lo único que podías controlar era lo que ponías dentro ───el menor permaneció callado. ───Y pusiste mucho de ti.

Aquellas palabras hicieron que Michael apartara la vista. Durante tanto tiempo había pensado en lo que quería que el álbum fuera que pocas veces se había detenido a pensar en todo lo que había dejado dentro de él. Las canciones llevaban sus ideas, sus dudas, su entusiasmo y las horas que había pasado intentando conseguir exactamente aquello que escuchaba en su cabeza.

Se levantó de la silla y caminó hasta la ventana. Afuera, las luces de Los Ángeles continuaban brillando mientras la ciudad seguía con su ritmo habitual. Desde allí, todo parecía distante.

───¿Sabes qué es lo curioso?

Dijo Michael y Quincy levantó la mirada.

───¿Qué?

───Mañana todos van a felicitarme por cumplir veintinueve y pasado mañana van a estar hablando del álbum.

El mayor se levantó y caminó hasta quedar a su lado.

───Entonces disfruta mañana.

Michael soltó una pequeña risa.

───Lo intentaré.

Regresó la mirada hacia la ciudad. Durante unos segundos pensó en las cartas que había recibido, en las llamadas y los regalos que habían llegado durante el día, también pensó en todos aquellos admiradores que escucharían Bad por primera vez cuando llegara a las tiendas. Personas que todavía no conocía encontrarían sus propias historias en aquellas canciones y aquella idea le producía una sensación difícil de nombrar.

El reloj marcaba las 11:58.

Quincy regresó hasta la consola y comenzó a apagar algunos equipos.

───Vamos a casa.

Michael giró la cabeza.

───Faltan dos minutos.

───Precisamente.

El cantante soltó una risa y se acercó para ayudarlo. El estudio fue quedándose cada vez más silencioso, hasta que solo quedó encendida una de las luces sobre la consola.

11:59.

Se detuvo frente a las cintas.

Había dejado allí una parte enorme de sus veintiocho años. Canciones, voces, anotaciones, errores que habían terminado convirtiéndose en aciertos y noches enteras de trabajo. En dos días todo aquello saldría de aquellas paredes.

Quincy se quedó a su lado.

───¿Listo?

Michael contempló el reloj durante unos segundos antes de asentir.

───Creo que sí.

El último minuto terminó y por un instante ninguno de los dos dijo nada. Michael acababa de cumplir veintinueve. Quincy fue el primero en romper el silencio.

───Feliz cumpleaños, Michael.

Él bajó la mirada y sonrió.

───Gracias.

Quincy le dio una palmada ligera en el hombro antes de dirigirse hacia la puerta. Michael permaneció unos segundos más frente a la consola, observando las cintas bajo la tenue luz. Ya casi.

Había esperado durante tanto tiempo aquel momento que todavía le costaba creer que finalmente estuviera ahí. Respiró profundamente antes de apagar la última luz y, por primera vez, dejarlo ir no parecía algo que debiera temer.

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