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—Bueno, ya se que es vieja y esta en mal estado, pero este es el lagado que me dejaron, solo tengo que arreglar la entrada y esto quedara fantástico. Aún no hay productos oficiales, pero ya he encargado ganado y algunos caballos. Así qué pronto estarás comprándome todo tipo de mercancía.
El vapor de la ducha aún empañaba los espejos cuando Kuromori cruzó el umbral, las gotas de agua de deslizaban despacio por su clavícula, trazando un camino efímero que desafiaba la gravedad. Miraba a aquella silueta sentada en la orilla de la cama, sintiendo cómo el aire se volvía denso, pesado y cargada de esa electricidad tan silenciosa que siempre existía entre ambos.
No hacían falta palabras; el tiempo parecía detenerse cada vez que cruzaban sus miradas, cargada de tanta intensidad que podría quemarlos sin necesidad de fuego directo.
A pasos lentos se acercó, deliberados, felinos, como si reconociera su propio territorio. Sus manos firmes, pero temblorosas de deseo acumulado, tomaron el rostro de aquella persona con suavidad, una que podía desarmar a cualquiera y esa mirada oscura que prometía muchas cosas.
— Sigues pensando demasiado. — murmuró cerca de los labios ajenos, una voz ronca que era un deleite para su oído, y antes de decir más, sus labios terminaron atrapados en un beso que sabía a urgencia, a amor, pasión y promesas.
Cada roce de piel era un verso desordenado, una poesía escrita a pulso en el lienzo de sus respiraciones aceleradas. Sus dedos recorrieron la espalda impropia, memorizando cada curva, cada latido desbocado que respondía al suyo en un eco inolvidable. El mundo exterior se desvanecía, reducido al compás de sus pechos agitados y al calor que emanaba la fricción de dos cuerpos que buscaban con desesperación de quien teme olvidar el tacto del otro.
Perdidos en ese laberintos de sensaciones donde el placer y la ternura se entrelazaban sin fronteras, dejándolos llevar por la marea de un deseo que jamás había pedido permiso ni explicaciones, solo la verdad desnuda de estar ahí, entregándose por completo al instante.
El sudor resbalaba por la columna como una caricia helada sobre piel hirviente. Existía un tipo de fiebre que no era necesario nacer de la enfermedad, con la cercanía sofocante de ambos cuerpos bastaba; un calor tan denso que paralizaba la voluntad y encendía las vísceras. El japonés contuvo el aliento, sintiendo la vibración de su aliento contra su piel a media luz. Las cortinas filtraban el crepúsculo en sombras alargadas, unas venas purpúreas que se dibujaban sobre las sábanas desordenadas.
El tacto ajeno se había convertido en una revelación dolorosamente lenta. Cada yema de dedo que trazaba sus costillas se sentía como fuego enhebrando sobre su carne.
Con su mano libre echó la cabeza ajena hacia atrás, mientras su boca devoraba la línea firme de su garganta, dejando una ráfaga de aire húmedo donde antes el pulso palpitaba desesperado. No tenía prisa, pero si la urgencia implacable del hambre pura. Un abismo que exigía ser llenado.
En la oscuridad, los gemidos amortiguados sonaban a salmos profanos, rezos dedicados a la fragilidad de la carne. Mientras un gruñido gutural nacía de su garganta al sentir cómo lastimaban su piel. El placer no era suave, era el corte de la distancia entre la razón y el instinto, un nudo apretado en la parte baja del vientre que tiraba de cada nervio hasta hacer crujir los huesos.
Cecil Lancaster
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