Hay adicciones que no avisan, vicios que se cuelan bajo la piel, haciéndose uno entre tus venas.
Hay besos que marcan, caricias que dejan huella como un tatuaje de tinta invisible.
Una vez lo probé no hubo vuelta atrás; recuerdo aquella noche, silenciosa e intrépida mientras mis brazos resguardaban lo que, según él, era un vulnerable ser queriendo abrirse por completo. Llenos de miedo, infundado por las malas experiencias del pasado, entregamos en bandeja de plata lo que parecían ser dos quebradizos corazones que comenzaron a latir al unisono cuando nuestros labios se juntaron.
Fue tímido, explorando el terreno, al igual que sus dedos se deslizaban por mi rostro mientras los míos rogaban por descubrir el mapa de su piel. Se colaron bajo su camisa, y lo que era el largo camino de su espalda terminó siendo el lienzo que amé -y amo- pintar desde aquella noche.
Se volvió mi adicción, mi vicio. La morfina que disipa el dolor que alberga mi alma en las noches, o simplemente cuando el peso del mundo recae sobre mis hombros; lo levanta junto a mí, me toma de la mano y me espera para volver a empezar. Fue él, siempre fue él.
Lo que alguna vez pareció ser, nunca lo fue. Era el destino, mi camino. El faro que me daba la guía siempre estuvo en esos ojos cafés. Café que quita el sueño, café que te hace adicto.
