(Mucho texto)
La nieve caía con la tranquilidad propia de un invierno ruso, cubriendo los bosques que rodeaban una antigua mansión construida mucho antes de que el tiempo decidiera devorar imperios. Entre gruesos muros de piedra, vitrales que teñían la luz de un azul tenue y pasillos decorados con retratos de generaciones olvidadas, una melodía de violín resonaba con la delicadeza suficiente para no perturbar el silencio.
—Qué curioso...
Murmuró mientras deslizaba un dedo enguantado sobre una vitrina de cristal.
—Han pasado décadas... siglos, incluso... y todavía existen personas convencidas de que una firma en un papel es suficiente para decidir quién merece poseer una obra de arte.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios, deteniendo finalmente su paso frente a una enorme habitación circular. Las paredes estaban cubiertas por vitrinas iluminadas individualmente, dentro de ellas descansaban decenas de huevos de Fabergé, cada uno colocado como si se tratara de una reliquia sagrada y lo eran. Oro, esmaltes translúcidos, diamantes, zafiros, rubíes y mecanismos diminutos que aún funcionaban con una precisión imposible, no era un museo, era meramente un santuario personal y solo entonces Anastasia dejó escapar un suspiro de satisfacción.
—Magníficos... los humanos suelen creer que el valor de una reliquia reside en su precio... qué concepto tan pobre.
Con la elegancia de quien ha sido educada entre protocolos antiguos, giraría apenas el rostro, cada paso de Anastasia hacía crujir la madera centenaria bajo sus tacones, sus ojos recorrían cada pieza con un afecto impropio para alguien acostumbrada a la sangre y al combate.
—Los llaman robos... que palabra tan vulgar.
Se acercaría a uno de los huevos, retirándolo cuidadosamente del pedestal.
—¿Robar? No... robar implica apropiarse de algo ajeno.
Giró lentamente la joya entre sus manos, apreciando cada detalle.
—Yo simplemente los traje a casa... Después de todo... ¿quién podría comprender mejor el trabajo del maestro que su propia sangre?
Con la delicadeza que acostumbraba, su mirada descendió suavemente hacia un retrato antiguo, en ella un hombre de barba perfectamente arreglada observaba el salón con expresión solemne y Anastasia inclinó ligeramente la cabeza.
—Abuelo Peter Carl Fabergé...
Su voz adquirió un matiz casi reverencial.
—Perdónalos... nunca entendieron lo que construiste.
Esbozaria una pequeña sonrisa genuina de vuelta.
—Los encerraron tras vitrinas, rodeados por alarmas, turistas con cámaras y curadores que pronuncian tu apellido como si fueran dignos de él.
Aquella sonrisa terminaría por desaparecer, siendo reemplazada por la mínima acción de negar con su cabeza.
—Sumamente imperdonable.
Con una delicadeza casi maternal devolvió el huevo a su lugar.
—Aquí no son exhibiciones, aquí descansan... En su hogar.
Un leve resplandor azul comenzó a recorrer la habitación, las sombras parecieron alargarse unos centímetros, los reflejos de cada gema cambiaron de dirección pese a que ninguna luz había sido modificada, era un fenómeno inusual
La realidad misma obedecía a la voluntad de Anastasia, no era magia común. Era la manifestación silenciosa de alguien capaz de alterar el espacio a su alrededor, de manipular la percepción, de convertir un salón en un laberinto o hacer que un intruso caminara durante horas sin encontrar una salida. Quien cruzaba aquella mansión jamás sabía con certeza si seguía recorriendo el mismo pasillo... o si Anastasia simplemente había decidido reescribir el camino frente a sus ojos.
Su cuerpo responde con una precisión casi imposible, cada movimiento parece calculado varios segundos antes de ocurrir, como si pudiera leer el desarrollo de una batalla antes de que esta comenzara. Manipula la energía con una elegancia casi artística, transformándola en barreras cristalinas, filos de luz o delicadas estructuras capaces tanto de proteger como de atravesar el acero, su dominio del combate dista mucho de ser impulsivo, cada enfrentamiento es una partida de ajedrez donde rara vez permite que el azar tenga cabida.
Para entonces se aproximaba a una de las ventanas mientras observaba el paso continuó de la nieve cayendo sobre los jardínes. Por un momento recordaba aún divertida el museo que había recibido su última visita, con las cámaras sobre ella, los guardias, los sistemas de seguridad, los francotiradores, la persecución y aquella elegante reverencia que dedicó a las cámaras antes de desaparecer como si nunca hubiese existido y entonces una sonrisa orgullosa iluminó su rostro.
—Mi apellido abre puertas... y cuando las puertas se niegan...
Miró nuevamente toda la colección, una corriente helada recorrió el salón, las cerraduras comenzaron a girar por sí solas, las luces parpadearon apenas un instante, las vitrinas emitieron un suave tintineo, sus dedos acariciaron un pequeño colgante con el escudo de la familia.
—...simplemente dejo de pedir permiso.
Guardó unos segundos de silencio, después volvió a caminar entre su colección con las manos detrás de la espalda.
—Últimamente algunas personas insisten en preguntarme si soy una heroína.
Una risa suave escaparía de entre sus labios.
—La verdad es que aún nadie ha decidido colocarme una etiqueta... y para ser sincera, tampoco estoy convencida de necesitar una.
Sus ojos permanecieron perdidos entre la ventisca.
—También han sugerido que me una a alguno de esos escuadrones de héroes, es una idea... interesante. Aunque las organizaciones suelen exigir confianza ciega, obediencia y una fe inquebrantable en sus ideales, tres cosas que rara vez concedo con facilidad.
Volvería a colocar su mirada sobre la pintura de su familiar.
—Prefiero evaluar a las personas por sus acciones, no por el emblema que llevan sobre el pecho.
Su expresión recuperaba aquella serenidad casi gélida que parece haber aprendido del propio invierno ruso.
—Después de todo... los monstruos pueden vestir capas y los héroes... también pueden cometer robos.
La joven pelinegra tomaría una copa de vodka servida desde hacía varios minutos, observó el líquido transparente antes de elevar ligeramente el cristal hacia el inmenso retrato pictórico.
—Za vas, dedushka... Por ustedes, abuelo.
Una pequeña sonrisa apareció finalmente, tan elegante, tan serena y al mismo tiempo tan peligrosamente convencida de que el mundo entero era quien estaba equivocado.