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Con unos tragos encima, Hamilton salió del club camino a su próximo destino, pero en el trayecto encontró una florería abierta y una grandiosa idea apareció en su cabeza.
Sin pensarlo demasiado, compró un pequeño ramo de flores que le entregaría al menor, o por lo menos eso intentaría. Llegó a su hogar y tocó solo un par de veces para dejar el ramo frente a la puerta. Tal vez no era la hora adecuada para dejárselo, pero ya estaba ahí.
Entre las flores sobresalía una pequeña nota que contenía el siguiente texto: "Aún no sé cuáles son tus flores favoritas, pero espero que te gusten."
De: Hamilton
Para: George
Recuerdo que estoy jugando. No recuerdo a qué. Tengo juguetes en las manos. No recuerdo cuáles. Sí recuerdo el ligero temblor del suelo y el grito de Lyra. Levantarme y acercarme a la ventana con el corazón acelerado. Pongo las manos en el cristal, me tiemblan los dedos. Hay un resplandor azulado y cegador en el cielo. Mirarlo hace que me duelan los ojos y, aturdido, intento retroceder. La piel me quema y caigo de espaldas al suelo tras tropezar con mis propios pies. Me rasco los brazos hasta hacerme daño. El ardor viene de debajo de la piel. Está por todas partes.
Veo a papá y a mamá. Corren hacia mí. Gritan mi nombre. No es este. Es otro. Uno distorsionado que no escucho bien.
Veo a Lyra, muy quieta. Veo el miedo en sus ojos.
Extiendo mi mano hacia ella. No llego.
Un segundo.
Al siguiente, sus formas son otras, distintas. Se queman frente a mí, se deshacen. Son ceniza que flota a mi alrededor y por todas partes. La casa se derrumba. Madera y cemento me caen encima y yo me cubro con los brazos, llorando, mientras mi piel sigue ardiendo.
Abro los ojos y no puedo ver. Están llenos de ceniza y polvo, como mi boca. Me escuecen muchísimo.
Intento llamar a mamá, a papá; gritar el nombre de Lyra. Ningún sonido escapa de mi garganta seca y agrietada. Toso y me arrastro entre cascotes, astillas y ceniza, con mis rodillas peladas.
Siento la ardiente humedad de la sangre derramándose sobre mi piel desde las heridas abiertas. El dolor es casi insoportable. Me impide ponerme en pie. Permanezco tendido en el suelo, quieto y sin fuerzas, roto como mis juguetes entre los escombros.
Cierro los ojos.
Las lágrimas brotan y arrastran la suciedad por mis mejillas.
Y muero.
. . .
No.
Mis párpados revolotean como alas de un pájaro herido antes de abrirse. Puedo respirar y lo hago con una gran bocanada por la boca. Despacio me pongo en pie, porque ya no me duele nada. Salgo de lo que antes era mi hogar, ahora reducido a ruinas, arrastrando los pies.
Afuera, todo es desolación. Humo, polvo, escombros y ceniza.
Pero no hay nadie.
Camino tambaleándome. Me noto torpe y débil.
Un murmullo. Lejano. Tras de mí a pesar del zumbido en mis oídos.
Se repite. Ahora, más nítido.
«Niño.»
Alguien se acerca. Me giro despacio.
«¡Niño!»