— Hm... Y pensé que habría cambiado algo —Miró la estación a su al rededor y luego, como se perdía la carretera entre los árboles. Se ajustó la guitarra al hombro, mirando la hora. El autobús había llegado antes y su primo seguramente vendría en camino. — Heredia, sigues oliendo a naranjas pisadas. —Canturreó, inhalando profundamente el olor a tierra mojada y a zumo de naranja silvestre. Había vuelto a casa.
Anyel Martnes
Aquella ciudad la conoce mejor que nadie, sus calles han sido recorridas durante años, en auto, bus, hasta bicicleta en sus tiempos más adolescentes. Llegar a la estación fue pan comido, ubicándose esta un poco a las afueras de la ciudad en dónde los paisajes verdes nunca faltan.
El automóvil color vino desaceleró, Anyel alcanzó a mirar aquella melena rubia a lo lejos, inconfundible cómo siempre. Un solo toque a la bocina para llamar su atención y se estacionó justo en frente. Apagó el motor, bajó del auto y lo primero y más importante, atrapó a su primo entre los brazos, después de todo no se trataba de cualquier persona. —Fue una maldita eternidad.
Eliminar comentario
¿Seguro que deseas eliminar este comentario?