Abandono el salón y siento la fría brisa en mi piel, igual que el baño de luz de la luna que ilumina desde el cielo mi oscuro balcón.

Se la ha tragado la tierra.

Dos mañanas.

Tres noches.

He pasado los últimos días intentando comunicarme con ella y no ha habido forma de localizarla. No las voy a enumerar.

Sería patético.

Aún me queda algo de dignidad.

La última vez que nos vimos, me preguntó si la recordaría si ella muriera; que debería encontrar la felicidad si a ella le pasara algo.

Pero está viva. Sólo me evita.

Me enciendo un cigarrillo que me sabe a ceniza en la primera calada. A punto estoy de lanzarlo por los aires si no fuera porque mi cuerpo me está exigiendo nicotina. Igual que me exigió media botella de bourbon hace media hora y otros tantos cigarrillos aplastados en el cenicero en la mesa del comedor.

Ya no me importa qué he hecho mal. Bastaba con mandarme al infierno.

Espero que esté bien.

image