Abandono el salón y siento la fría brisa en mi piel, igual que el baño de luz de la luna que ilumina desde el cielo mi oscuro balcón.
Se la ha tragado la tierra.
Dos mañanas.
Tres noches.
He pasado los últimos días intentando comunicarme con ella y no ha habido forma de localizarla. No las voy a enumerar.
Sería patético.
Aún me queda algo de dignidad.
La última vez que nos vimos, me preguntó si la recordaría si ella muriera; que debería encontrar la felicidad si a ella le pasara algo.
Pero está viva. Sólo me evita.
Me enciendo un cigarrillo que me sabe a ceniza en la primera calada. A punto estoy de lanzarlo por los aires si no fuera porque mi cuerpo me está exigiendo nicotina. Igual que me exigió media botella de bourbon hace media hora y otros tantos cigarrillos aplastados en el cenicero en la mesa del comedor.
Ya no me importa qué he hecho mal. Bastaba con mandarme al infierno.
Espero que esté bien.
Isla Rowan
¿Era una puta idiota por ignorarlo? Si. Completamente sí.
¿Podía evitarlo? Probablemente si, pero no tenía ni idea de como hacerlo.
¿Cómo iba a saber, si toda su vida se la había pasado sola? ¿Cómo se supone que debía de apoyarse en alguien, cuando nunca le han enseñado a hacerlo?
Aún así, sabia que no podía seguir evitándolo por toda la vida. No porque no pudiese, sino porque no quería estar lejos de Kirk. Le consumía no poder estar a su lado. Besarlo. Tocarlo. Incluso el simple hecho de no compartir el mismo espacio que él, la enloquecía.
Así que reunió todo el valor que pudo, y salió de su apartamento para ir en búsqueda de su novio.
¿Cuáles eran las probabilidades de que la mandase a la mierda? Muchas. Muchísimas, de hecho. Y ella lo entendería mejor que nadie. Pero no podía seguir sin darle una explicación, no cuando aquello lo involucraba a él también de cierta forma. O lo involucraba, depende de la decisión que su novio tomase respecto a la relación que compartían.
Salió del trance en el que se encontraba cuando se detuvo frente a un edificio. No había prestado atención, pero inconscientemente, toda ella conocía el lugar lo suficiente como para saber cuando había llegado a lo que consideraba su hogar. Y no hablaba de un hogar físico, precisamente.
Alzó su cabeza, como si esta tuviera un imán, encontrándose con aquel hombre que tantos pensamientos le robaba, asomado en el balcón. Fumando. Su corazón se detuvo un instante, expectante. ¿Realmente hacía bien estando allí? No le quedaba de otra más que comprobarlo por ella misma. Tardó exactamente un minuto en tomar una respiración profunda, y acercarse para llamar al número indicado.
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