Le costaba respirar, como si él se hubiera llevado todo el oxígeno consigo. Las lágrimas caían por sus mejillas sin parar, como el agua que fluye por un río desbordado, incontrolable y salvaje. Cada latido de su corazón dolía, como si un puñal se hundiera una y otra vez en su pecho sin piedad, rasgando no solo su carne, sino también sus esperanzas y sueños. Ese "se acabó" había sido mucho más que simples palabras; había sido una daga afilada que le atravesó el cuerpo y el alma, dejando un vacío que parecía imposible de llenar.
El shock del momento la había dejado inmóvil, como congelado en el tiempo, incapaz de mostrar el dolor que ahora se desbordaba dentro de esas cuatro paredes. En medio de la oscuridad y el silencio, solo se escuchaban sus pequeños sollozos que irrumpían de vez en cuando. Era como si el mundo entero se hubiera detenido, y lo único que se movía era la marea de emociones que lo ahogaba.
Su cuerpo temblaba, negándose a aceptar la realidad que se le presentaba con cruel claridad: quien creyó que era el amor de su vida lo había dejado. Esa única persona con quien quería compartir cada momento, cada risa y cada lágrima, se había ido. Su cuento de hadas había llegado a un fin abrupto y desgarrador. Ahora, en esa soledad abrumadora, solo le quedaban los recuerdos y un futuro que parecía tan incierto como el reflejo de sus lágrimas en la penumbra de la habitación. Sentía que nunca podría volver a respirar igual, como si el aire mismo se hubiera convertido en un dolor constante, recordándole a cada segundo lo que había perdido.