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Geto傑.
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“𝑯𝒆 𝒘𝒂𝒔 𝒃𝒐𝒕𝒉 𝒆𝒗𝒆𝒓𝒚𝒕𝒉𝒊𝒏𝒈 𝑰 𝒄𝒐𝒖𝒍𝒅 𝒆𝒗𝒆𝒓 𝒘𝒂𝒏𝒕…
𝑨𝒏𝒅 𝒏𝒐𝒕𝒉𝒊𝒏𝒈 𝑰 𝒄𝒐𝒖𝒍𝒅 𝒆𝒗𝒆𝒓 𝒉𝒂𝒗𝒆…”
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Despertó de un sueño profundo, uno que lo había envuelto en la cálida ilusión de un pasado que ya no existía. En ese sueño, Satoru había estado a su lado, tal como solía ser, con su risa ligera y esos ojos azules que lo atravesaban todo. Pero al abrir los ojos a la realidad, todo se desmoronó. La oscuridad de su habitación le recordaba que esos días habían quedado muy atrás, y que lo único que le quedaba eran los fragmentos rotos de lo que alguna vez fue su amor.
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Satoru y él habían dicho adiós, un adiós que nunca había querido dar, pero que sabía que era inevitable. El peso de esa despedida aún se aferraba a su pecho, apretándolo con una fuerza que lo dejaba sin aliento. Se preguntaba, como lo había hecho tantas veces, qué sentido tenía sobrevivir a algo tan grande, tan devastador. ¿Qué significaba vivir sin él? Todo lo que una vez había tenido sentido se desvanecía en una niebla de recuerdos dolorosos.
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Satoru había sido, en todo el sentido de la palabra, todo lo que Suguru había deseado alguna vez. Su presencia era la promesa de una felicidad completa, el anhelo de un futuro compartido, un sueño que se había tejido con hilos de esperanza y amor. Pero al mismo tiempo, Satoru también había sido inalcanzable, un ideal que no podía tener, una visión perfecta que se desmoronó en sus manos.
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Cada instante que había compartido con Satoru estaba grabado en su memoria como una herida que nunca sanaría. Podía ver claramente los momentos felices, las noches en las que se quedaban despiertos hasta el amanecer, simplemente disfrutando de la compañía del otro. Pero esos recuerdos, en lugar de consolarlo, ahora eran un tormento. Cada risa compartida, cada mirada, se había convertido en un recordatorio punzante de lo que había perdido.
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Sabía que, a pesar de todo, siempre seguiría a Satoru, aunque solo fuera en sus pensamientos. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía, lo sentía tan cerca que casi podía tocarlo. Pero cuando la realidad lo golpeaba, lo hacía con la fuerza de mil cuchillos, recordándole que Satoru estaba más allá de su alcance, perdido en un camino que ellos mismos habían trazado pero que ahora los mantenía separados. Nadie tiene prometido el mañana, y esa incertidumbre lo carcomía. Suguru había aprendido a vivir con ese dolor, amando a Satoru en silencio, como si cada día pudiera ser el último.
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El pensamiento de un mundo que terminara de repente se había convertido en una obsesión para él. En esos momentos de mayor desesperación, deseaba que todo acabara, que el dolor cesara. Y si ese día llegara, solo había una cosa que quería: estar al lado de Satoru. La idea de que el universo pudiera desaparecer sin que él estuviera cerca de Satoru lo aterrorizaba. Si la fiesta de la vida se terminara, si su tiempo en la Tierra se agotara, todo lo que anhelaba era un último momento, una última oportunidad de sostenerlo entre sus brazos, aunque solo fuera por un segundo. Morir con una sonrisa, con el corazón roto pero junto a él, sería el único consuelo que podría encontrar en un mundo que lo había dejado vacío.
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Las palabras que habían gritado en medio de discusiones, las promesas rotas y los silencios que hablaban más que cualquier palabra, ahora lo atormentaban. Sabía que su amor por Satoru era lo único por lo que valía la pena luchar, pero también sabía que esa lucha ya no tenía sentido. Estaba perdido, navegando en un océano de recuerdos que lo arrastraban hacia abajo, ahogándolo en su propia melancolía. A donde fuera, Satoru siempre lo seguiría, como un fantasma que nunca podría exorcizar de su vida.
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Las noches eran las peores. Miraba al cielo, sabiendo que Satoru estaba allí afuera, pero inaccesible, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. A veces, en la profundidad de la noche, se permitía llorar, permitía que el dolor lo consumiera, porque sabía que era lo único que le quedaba. Y en esos momentos, una pequeña sonrisa amarga aparecía en su rostro. Sabía que si el mundo se acabara, su último deseo sería estar al lado de Satoru, sosteniéndolo, amándolo, incluso si ese amor era la causa de su sufrimiento. Si el mundo se acabara, quisiera estar a su lado, porque morir con Satoru sería el único alivio para el dolor que lo había acompañado desde el día en que se separaron.

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Le costaba respirar, como si él se hubiera llevado todo el oxígeno consigo. Las lágrimas caían por sus mejillas sin parar, como el agua que fluye por un río desbordado, incontrolable y salvaje. Cada latido de su corazón dolía, como si un puñal se hundiera una y otra vez en su pecho sin piedad, rasgando no solo su carne, sino también sus esperanzas y sueños. Ese "se acabó" había sido mucho más que simples palabras; había sido una daga afilada que le atravesó el cuerpo y el alma, dejando un vacío que parecía imposible de llenar.

El shock del momento la había dejado inmóvil, como congelado en el tiempo, incapaz de mostrar el dolor que ahora se desbordaba dentro de esas cuatro paredes. En medio de la oscuridad y el silencio, solo se escuchaban sus pequeños sollozos que irrumpían de vez en cuando. Era como si el mundo entero se hubiera detenido, y lo único que se movía era la marea de emociones que lo ahogaba.

Su cuerpo temblaba, negándose a aceptar la realidad que se le presentaba con cruel claridad: quien creyó que era el amor de su vida lo había dejado. Esa única persona con quien quería compartir cada momento, cada risa y cada lágrima, se había ido. Su cuento de hadas había llegado a un fin abrupto y desgarrador. Ahora, en esa soledad abrumadora, solo le quedaban los recuerdos y un futuro que parecía tan incierto como el reflejo de sus lágrimas en la penumbra de la habitación. Sentía que nunca podría volver a respirar igual, como si el aire mismo se hubiera convertido en un dolor constante, recordándole a cada segundo lo que había perdido.

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𝑵𝒖𝒏𝒄𝒂 𝒕𝒆 𝒅𝒊𝒋𝒆 𝒂𝒅𝒊𝒐́𝒔
𝑫𝒊𝒎𝒆 𝒑𝒐𝒓 𝒒𝒖𝒆́ 𝒈𝒂𝒔𝒕𝒂𝒓 𝒎𝒊 𝒗𝒐𝒛
𝑷𝒂𝒓𝒂 𝒂𝒄𝒂𝒃𝒂𝒓 𝒍𝒂 𝒉𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂
𝑳𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔𝒄𝒓𝒊𝒃𝒊𝒎𝒐𝒔 𝒍𝒐𝒔 𝒅𝒐𝒔
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La botella estaba medio vacía sobre la mesa, y las gotas de licor resbalaban lentamente por el cristal, como si arrastraran consigo los últimos rastros de Satoru que quedaban en su vida. Suguru bebía, como si el ardor en su garganta pudiera aliviar el vacío que sentía en su pecho. El anillo que aún llevaba en su dedo le pesaba más que nunca, y la culpa lo sofocaba con cada trago. Pensaba en la última vez que lo había visto, en la forma en que Satoru lo había mirado antes de desaparecer sin decir una sola palabra.
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Se llevó el vaso a los labios una vez más, pero el líquido no borraba la imagen de esos ojos azules que lo perseguían incluso en sus peores momentos. Había huido una vez, había dejado todo atrás por miedo… Pero regresar había sido su error más grande. Había creído que podían reconstruir lo que habían perdido, que tal vez las palabras de amor y las promesas que habían jurado bajo la luz de la luna aún podían salvarlos. Pero se había equivocado. Satoru lo había dejado esa vez, y lo hizo en silencio, sin siquiera darle la oportunidad de luchar, de explicarse.
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“Lo arruiné”.
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Pensaba, sintiendo como el nudo de su garganta se hacia más grande.
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“Esta vez fue mi culpa”.
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El arrepentimiento lo consumía, pero era mas fácil culparse a sí mismo que aceptar la fría realidad de que Satoru nunca había estado completamente a su lado. Siempre había sido el chico de ojos brillantes que pertenecía a todos y a nadie. Y ahora… Ahora ni siquiera podía decir adiós. Satoru se había ido sin mirar atrás.
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El sonido del vaso golpeando la mesa rompió el silencio de la habitación vacía. El dolor crecía en su pecho con cada minuto que pasaba, y lo único que podía hacer era preguntarse por qué había dejado que el miedo lo alejara de la única persona que alguna vez había significado todo para él.
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Se recargó en la silla, mirando el techo con los ojos pesados, llenos de una tristeza que ni siquiera el licor podía apagar. La pregunta constante de si había algo que podría haber hecho diferente lo carcomía. Cuando volvió, creyó que habría una oportunidad de redención, pero Satoru… Lo dejó de nuevo. Esta vez, sin peleas, sin gritos, solo el maldito ruido de una puerta cerrándose detrás de él.
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Sus dedos temblaron al tocar el anillo que aún brillaba najo la luz tenue en su dedo anular. Un símbolo de promesas rotas, de un amor que había creído eterno, pero que siempre estuvo condenado. Recordaba las noches en las que Satoru le decía que lo amaba, que podrían superar cualquier obstáculo. ¿Dónde estaban esas palabras ahora? ¿Dónde estaban esos juramentos que parecían tan sólidos?
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El dolor se profundizaba, como un golpe certero en el pecho.
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“Esta vez funcionará. Esta vez no lo arruinaré”.
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Se lo había repetido una y mil veces, pero ni siquiera tuvo la oportunidad de hacerlo. La partida de quien fue su esposo había sido como una bofetada silenciosa, una confirmación cruel de que jamás habían sido capaces de salvarse el uno al otro.
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Se levantó de, tambaleándose ligeramente, y caminó hacia la ventana, Afuera, la noche era tan oscura como su propia incertidumbre. Apoyó la frente contra el frío cristal y, con la voz rota, susurró al vacío.
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───No queda nada, ¿verdad?
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Con manos temblorosas, se quitó el anillo, un maldito objeto que lo estaba atando a su pasado, a algo que ya no existía. Lo sostuvo en su mano, observando el brillo tenue que alguna vez había simbolizado esperanza. Luego, sin más, lo dejó caer al piso.
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El sonido del metal contra el piso fue seco, breve. Como el cierre de un libro que nadie terminó.
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Ya no quedaba nada por salvar. Solo el silencio después del final.
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𝑾𝒆'𝒓𝒆 𝒕𝒐𝒐 𝒚𝒐𝒖𝒏𝒈, 𝒕𝒐𝒐 𝒅𝒖𝒎𝒃
𝑻𝒐 𝒌𝒏𝒐𝒘 𝒕𝒉𝒊𝒏𝒈𝒔 𝒍𝒊𝒌𝒆 𝒍𝒐𝒗𝒆
𝑩𝒖𝒕 𝑰 𝒌𝒏𝒐𝒘 𝒃𝒆𝒕𝒕𝒆𝒓 𝒏𝒐𝒘
𝑺𝒐 𝑰 𝒅𝒓𝒐𝒘𝒏 𝒊𝒕 𝒐𝒖𝒕 𝒍𝒊𝒌𝒆 𝑰 𝒂𝒍𝒘𝒂𝒚𝒔 𝒅𝒐
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Observaba en silencio esa fotografía con un nudo en la garganta y un peso en el pecho. Recordaba los días en los que se creían invencibles, en los que el mundo parecía estar a sus pies. Pero ahora, el tiempo había pasado y las ilusiones se habían desvanecido, dejando tras de sí un rastro de desilusión y arrepentimiento.
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Habían sido jóvenes e ingenuos, pensando que lo sabían todo sobre el amor. Pero ahora, con el paso de los años, comprendía lo equivocados que estaban. El amor no era solo un sentimiento, era una elección, una promesa de lealtad y sacrificio. Y aunque en aquel entonces no lo supieron ver, ahora lo entendía perfectamente.
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El dolor de haber perdido a Satoru por su propia terquedad lo consumía desde dentro. Cada recuerdo, cada sonrisa, ahora se convertía en una herida abierta en su corazón. Sabía que había perdido la oportunidad de amar y ser amado verdaderamente, y eso lo llenaba de un profundo pesar.
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Ahora, con la amargura del arrepentimiento como compañero constante, observaba a Satoru con anhelo, deseando desesperadamente volver atrás en el tiempo y corregir sus errores. Pero sabía que ya era demasiado tarde. El daño estaba hecho, y solo quedaba el vacío de lo que pudo haber sido y nunca fue.
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