𝚟𝚎𝚛𝚊𝚗𝚘, 𝟷𝟿𝟽𝟹
Su entrada a Hogwarts había marcado un quiebre irreversible con su familia y a Sirius poco o nada le importaba. Había rechazado los ideales impuestos por sus padres desde que era niño, se había convertido en la "oveja negra", ¿blanca? Tal vez rebelde, de la familia.
Detestaba a todos, menos a su hermano menor, aunque con el tiempo las peleas entre ellos aumentaban y eso lo dejaba mal.
Aquella tarde, sin embargo, Sirius cerró la puerta de su habitación tras de ellos y se aseguró de que nadie los hubiese seguido. Con una sonrisa orgullosa, se agachó junto a su baúl y sacó cuidadosamente varios discos envueltos en papel.
—Mira lo que conseguí —los dejó sobre la cama, uno junto a otro. Eran vinilos muggles, algo prohibido en aquella casa. —No le digas a nadie.
Regulus Black
Regulus Black
Estiró tímidamente una mano hacia uno de los discos, pero se detuvo antes de tocarlo, observando aquella extraña superficie con los ojos muy abiertos. Quería saber qué era, cómo funcionaba y, sobre todo, quiénes eran aquellas personas que aparecían en las portadas.
—Hermano… —susurró, apenas audible, mirando primero a Sirius y después a los discos—. ¿Quiénes son ellos?
Frunció ligeramente el ceño, como si intentara comprender algo que se le escapaba.
—¿Y por qué no se mueven?
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