𝖎...
𝕻𝖗𝖎𝖒𝖊𝖗 𝕾𝖆𝖈𝖗𝖆𝖒𝖊𝖓𝖙𝖔, 𝕭𝖆𝖚𝖙𝖎𝖘𝖒𝖔
Él no lloraba.
Estaba junto famélico, con frío, pero colocado con cuidado junto a la pila bautismal, su piel era pálida, extrañamente cetrina para un pequeño y la nariz afilada que tanto le caracterizaría a lo largo de toda su vida; estaba envuelto en una manta sin color, ajada por el uso, su cabello estaba pegado al pequeño cráneo como resultado del sudor que transpiraba, seguramente por adrenalina.
La Iglesia era un enorme edificio rodeado por fábricas que se extendieron a su alrededor de manera alarmante, quedando apenas la cuarta parte de la plaza ante ella llena de indigentes que acampaban bajo las enormes estatuas de los santos, recibiendo así su piedad. Era un edificio barroco con una cúpula enmarcada y dos torres, deteriorada por el salitre, la humedad y el paso del tiempo. Su nave central mostraba un mármol en el piso salpicado por las goteras interminables del techo. La sillería incompleta y los retablos con grietas. Hacía mucho que la Iglesia había dejado de recibir los jugosos donativos necesarios para mantenerla en pie, la gente no asistía ya ahí por miedo al polígono industrial que había engullido la magnificencia del templo. Sólo unos cuantos indigentes iban al pequeño sanatorio y los familiares de los seminaristas que ahí se preparaban acudían a los servicios religiosos aparte del incansable ejército de nueve beatas comprometidas con Dios para salvar su casa en la tierra.
-El Demonio no nos va a ganar-dijo la líder de tan reducido grupo al entrar y ver la nave vacía, pasaron junto a infante tirado, ensimismadas pensando en los fuegos infernales, el purgatorio y sus pecados que expiarían con la idílica fantasía otorgada al sacramento de la reconciliación. Pero nadie lo vio.
Tampoco vieron a primera hora a aquella mujer joven y magra que entró al templo como una sombra asustada por las gárgolas y la espada de San Miguel Arcángel, pegada a los muros con sus grises ropajes gastados por el tiempo, nadie notó el respingo de angustia que soltó cuando las campanas sonaron ni cuando dejó al niño envuelto sobre el piso de mármol, con una mueca suplicante, pidiendo al pequeño que no soltara en llanto y ahí todos le mirasen, pero el niño no lloraba. Cuando su sombra figuró en el arco luminoso del amanecer bajo el dintel de la puerta no hubo testigos de su partida.
El niño permaneció en silencio, no estaba dormido, sus ojos grises estaban abiertos, fijos en todo lo que le rodeaba, contemplando ángeles y santos con ropajes florentinos mirarle con fingida piedad, regresándoles él la mirada colérica, fastidiado de todo aquello. No lloró cuando la campana volvió a sonar y le sobresaltó, no estornudó cuando el sacerdote entró a la iglesia por la nave central llenando de olor a incienso el recinto, mismo que ocultó al pequeño por unos momentos más cuando empezaba a despedir el hedor propio de la mierda, fue hasta que la peste llegó a ser notoria que las beatas lanzaron miradas por todos lados, la nariz olfateando como sabuesos mientras seguían su salmodia de padresnuestros hasta que una de ellas notó aquel bulto. Su primer pensamiento fue que alguien había tirado ahí una bolsa de basura, por lo que frunció el ceño y arrugó la nariz como señal de indignación, sin dejar de rezar como el resto de aquel rebaño se puso en pie con toda la dignidad que tienen las ancianas cuando están en la Casa de Dios, inclinándose para tomar con la punta de sus dedos artríticos aquella manta, notando entonces el inequívoco calor corporal de un niño. Se llevó una mano al pecho huesudo y emitió un sonido de sorpresa, interrumpiendo su oración y la del resto de mujeres que formaron un corro tan rápido como sus rodillas reumáticas les permitieron.
-Mira su rostro -dijo una de ellas, notando lo pálido que era apenas le alzó del suelo, el niño las miraba con fastidio. Seguía sin llorar.
-Parece enfurruñado -dijo con voz bobalicona una tercera, bajita y con un alto moño, acercando su mano para acariciarle la mejilla y recibiendo un grosero manotazo por parte del pequeño, que mostraba un aspecto más adusto.
-Huele que apesta -agregó innecesariamente una de ellas, más joven que el resto, pero con peor genio que todas ellas juntas- Es un hijo del pecado, seguramente el vástago de una meretriz muerta de hambre. Habrá que llamar a los servicios sociales.
-Ophelia, es la Casa de Dios, guarda esa lengua viperina -dijo una voz rasposa por la edad, avanzando pesadamente apoyada en su bastón iba una de las monjas que cuidaba de aquel templo, extrañada por los parloteos que sonaban tan diferentes a las oraciones. Pese a su edad avanzada tenía un oído privilegiado y una mente avispada. No tuvo necesidad de pedir explicaciones mientras llegaba hasta ellas- Todos somos hijos de Dios ¿No te parece?
-Lo sé, madre. Pero no es normal abandonar un niño en estas condiciones – replicó la otra, acalorada- Pudo dejarlo en los Servicios Sociales y no aquí.
-Eligió a la Santa Madre Iglesia como tutora de este niño y cuidaremos bien de él – fue la respuesta de la monja que con un movimiento brusco le arrancó de las manos al pequeño, era una mujer dura, curtida en la milicia de una fe decadente donde sus pocos miembros hacían mucho, así que no le importó que el niño tuviera un aspecto tan peculiar ni un olor tan fétido ¿Qué era la deposición de un infante junto al aroma de la carne gangrenada? Así pues, con una mano en el pomo de su bastón, la otra asiendo al niño con la naturalidad de quien ha criado decenas de niños ajenos y un corrillo de beatas llevó al pequeño ante el sacerdote a cargo. La procesión pasó ante la Egipciaca y los ojos sobre la charola de Santa Lucía que miraban sin ver; ante la suplicante Santa Úrsula y bajó la lanza de san Jorge hasta llegar a la sacristía.
- ¿Dónde le encontraron, madre? -preguntó el sacerdote de poblada barba y pronunciadas cejas anaranjadas.
-Junto a la pila bautismal, frente al altar de San Fernando -se adelantó a responder la anciana del moño con un entusiasmo fuera de lugar.
Y así, cuando la campana anunciaba las nueve de la mañana, se decidió que el pequeño se llamara Ferdinand, como el Santo y Rey y, que sería criado en el orfanato católico anexo a la parroquia. Tres extraños que no sentían por él algo más que asco decidieron entonces su destino en apenas unos cuantos minutos.