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Después de una larga noche de fiesta, de dormir probablemente tres horas como mucho y pasar todo el día con un dolor de cabeza que sentía que la iba a matar, un baño relajante nunca viene mal.
¿Lo malo?
Lo malo es que el relajarse tanto la obligaba a quedarse sola con sus propios pensamientos y eso nunca era bueno. No en esos momentos, no para ella. No cuando el recuerdo de lo que amó aún azotaba su mente como una bomba nuclear, no cuando su cuerpo extrañaba tanto el calor que alguna vez le hizo sentir como si hubiera encontrado un refugio, un hogar. Pensar en Ji-Hye era como una corona de espinas que la obligaba a sangrar y cuando se acostumbraba al dolor se apretaba un poco más.
—Eres una zorra Ji-Hye... Ya vete y déjame en paz.—
Se quejó, Ji-Hye no estaba físicamente allí, pero su recuerdo seguía tan vivido en su cabeza que incluso juraba de a momentos sentir el aroma dulce de su perfume floral por su departamento.
Tan cansada estaba que ni siquiera tenía ánimos de luchar contra las lágrimas que le provocaron él solo volver a pensarla. La odiaba... La odiaba tanto que la amaba, y eso seguía destruyendola en todos los sentidos. Miró el libro que tenía entre sus manos, acarició con los pulgares las hojas humedas por el vapor del agua, al menos ya no dolía tanto como antes, o tal vez era que simplemente se estaba acostumbrando al dolor de haberla perdido.
Ya daba igual. Todo daba igual, si no fuera porque tenía un par de amigos y a su Pantruca... Probablemente ya se habría suicidado hace rato.
—...—
Soltó un suspiro resignado, algún día les agradecería por; al menos en su mente, jamás abandonarla. Pero ese no sería el día, y tal vez tomaría unos muchos largos años en hacerlo.
Se refregó los ojos con una mano mientras bostezaba, el calor de la tina ya estaba haciéndola relajar de más, probablemente ni siquiera se aguantaría mucho despierta, pero era demasiado testaruda, no planeaba salir pronto. Quizás si tenía algo de suerte, esa noche sí se ahogaría y se iría al otro mundo.