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El tiempo avanza con una prisa absurda a los ojos de un Daiyokai. Abajo, en las tierras que los mortales reclaman como suyas, los humanos cambian, mutan y se marchitan como hojas de otoño en un parpadeo; una existencia efímera y ruidosa que apenas deja rastro antes de ser devorada por la tierra. Los Yokai menores caen en ciclos similares, arrastrados por ambiciones mundanas y pasiones destructivas.
Él, en cambio, permanece inmutable ante el fluir de los siglos.
Sesshomaru alza la mirada hacia el firmamento, donde la Luna gobierna la noche. Toca con sutileza la marca grabada en su propia frente, un emblema de sangre pura heredado de su madre. Una eterna luna menguante. Su padre no poseía tal símbolo y, sin embargo, se alzó como el ser más poderoso de estas tierras.
Aquel pensamiento genera una grieta silenciosa en su orgullo; una contradicción que se extiende hasta el acero de la espada que porta en su cintura, un arma que se siente igual de incompleta, incapaz de saciar su sed de destrucción.
Al observar a la luna cambiar de fase, una sutil e incómoda certeza se instala en su pecho: la sospecha latente de que a su propia existencia le falta algo para alcanzar la plenitud. Un vacío imperceptible que su mente se niega a bautizar.Pero los Daiyokai no vacilan, ni mucho menos se permiten el lujo de la nostalgia.
Antes de que la duda pueda asentarse, Sesshomaru entorna los ojos dorados y desvía la mirada del cielo. No hay espacio en su vida para reflexiones inútiles sobre el pasado o el futuro. Su realidad es el presente, la pureza de su camino y la supremacía de su poder absoluto.
. . .
El viento agita su estola en absoluto silencio, mientras la silueta del Amo del Oeste permanece bajo la luz plateada, borrando cualquier rastro de duda de sus facciones.
El acero cortó el aire con un zumbido limpio, implacable, repitiéndose en una cadencia perfecta que reflejaba siglos de disciplina inquebrantable. Una y otra vez, el brazo se elevaba y descendía en un arco impecable; buscando en el esfuerzo físico una respuesta que su mente se negaba a procesar. En su mano, el Colmillo Sagrado vibraba, pero no con la sed de sangre que un arma de su calibre debería poseer, sino con un pulso tibio, casi piadoso. Un pulso que a Sesshomaru le asqueaba.
A pocos metros, los demonios menores que habían osado cruzar su camino parpadeaban, sacudiendo la cabeza con una torpeza ridícula. No habían miembros cercenados, no habían gritos de agonía ni el dulce aroma de la sangre derramada impregnando la hierba; sino solo una confusión momentánea que se disipaba con el viento. Y en medio de esa quietud antinatural, Sesshomaru compartía el mismo desconcierto, camuflado bajo una fina capa de desprecio y una frustración sorda que amenazaba con agrietar su gélida compostura.
¿Por qué? La pregunta golpeaba las paredes de su orgullo como un eco eterno. ¿Por qué su padre, el gran general perro, le entregaría un objeto tan flagrantemente inútil? Tenseiga no era un arma; era una burla forjada en metal. Una herencia que parecía gritarle en silencio que su inmenso poder destructivo no era suficiente, o peor aún, que no era de fiar.
¿Acaso su padre se mofaba de él desde el más allá? ¿Acaso, en su infinita condescendencia, jamás lo consideró un digno sucesor de su legado, prefiriendo relegarlo a portar una espada que no podía matar?
La sola idea hacía que sus dedos se apretaran alrededor de la empuñadura hasta que los nudillos se le volvían blancos. El contraste era una herida abierta en su vanidad: mientras él cargaba con el peso de un instrumento de salvación que aborrecía, la Tessaiga permanecía en manos de ese híbrido insignificante. Un ser que ni siquiera merecía llevar el apellido de su estirpe. La espada de Inuyasha resolvería cualquier disputa en un pestañeo, devorando ejércitos y abriendo caminos de destrucción con un solo movimiento. Esa era la verdadera fuerza. Eso era lo que a él, por derecho de nacimiento y pureza de sangre, le correspondía.
¿Qué había de bueno en Inuyasha para recibir tal bendición?
Un ser débil, impulsivo, contaminado por la mortalidad humana.
¿Y qué había de malo en él, el primogénito perfecto, el epítome del poder y la gracia demoníaca?
Sesshomaru detuvo el filo a milímetros del suelo, respirando la pesadez del bosque. Sus ojos dorados se entornaron, fijos en la nada, atrapados en el bucle de una obsesión que consumía sus pensamientos. No importaba cuántas veces blandiera la espada de la vida; en su interior, el vacío de la incomprensión y el peso del rechazo paterno seguían siendo la única verdad irrefutable.
Gritos por todas partes. Una mujer yacía en el suelo de aquel cuarto oscuro, inundado por un olor insoportable a podredumbre y sangre. Sus pies y tobillos estaban destrozados y masacrados por la criatura que le impedía escapar.
Sollozos de la mujer, después de un rato, solo eso se escuchaba, su garganta dolía debido al tumulto que el mundo ignoraba, sus esperanzas habían muerto junto con su novio que estaba siendo devorado por dicha criatura.
—¡Por favor! ¡Por favor! Déjame ir... no me mates —suplicó, intentando arrastrarse en vano.
En las sombras, el monstruo devoraba al cadáver al mismo tiempo que miraba a la chica sin parpadear y quitarle los ojos de encima. Parecía darle cierto placer mirarla mientras devoraba a su novio.
Se escuchaba el sonido de la boca al masticar y tragar la piel destrozada y la sangre siendo absorbida de forma desagradable por la criatura que no dejaba de mirar a la chica mientras lo hacía.
Varias de las extremidades del hombre estaban esparcidas por la habitación; el brazo izquierdo mutilado y lleno de mordidas por la pelea que había perdido, uno de sus pies estaba al otro lado de la habitación y su cabeza había dado la vuelta completa, haciendo que la expresión del hombre fuera aterradora; sus ojos miraban a la chica, sin embargo estos ya no tenían vida, parecían tener un color más oscuro y rojizo, parecía que los ojos se le iban a salir por dicha presión, la boca estaba entreabierta con chorros de sangre saliendo por esta y la piel se estaba pintando de morados debido a la presión y falta de aire.
—¡Por favor! —volvió a decir la chica con lágrimas y mocos en la cara.
La criatura se detuvo, solo un instante, no movía ni un músculo, los sonidos se convirtieron en un silencio ahora inquietante, sin embargo sus ojos manchados de sangre y oscuridad la veían a ella y solo a ella, la escena era digna de una película de terror debido a la calma que se había filtrado en la habitación ante tanto silencio.
De repente la criatura volvió a moverse, lo que hizo que la chica se sobresaltara y cerrara los ojos del miedo inmediatamente, su cuerpo temblaba y sentía que podía orinar en cualquier momento debido al miedo que no lograba controlar.
Pasaron unos segundos y la chica abrió los ojos sin resistir a la oscuridad más tiempo. Cuando los abrió, la criatura ya no estaba entre las sombras, la chica buscaba con la mirada a la criatura, sentía que el corazón se le salía debido a la ansiedad de no tenerla a la vista.
— Tu novio está exquisito ¿Quieres probar?
De repente, un sonido de huesos rompiéndose se filtró cerca de donde ella estaba, lo que le hizo girar la cabeza rápidamente hacia el sonido. La criatura arrancaba el brazo derecho del hombre con tanta violencia y crueldad, se podía oír incluso el sonido de la sangre y el quebrar de las articulaciones ante la escena desgarradora.
El brazo del chico fue lanzado directamente cerca de los pies destrozados de la chica, eso la hizo gritar nuevamente, el miedo se apoderó de ella, en un instinto por quitar sus pies solo provocó un enorme dolor y un grito silencioso ante el movimiento brusco.
La criatura ante esto la miraba con fascinación, con movimientos lentos, avanzó hacia la tenue luz revelando a una joven de cabello rojizo intenso y chino, con la ropa y la piel manchadas de sangre y sutiles signos de descomposición. La víctima, al ver la apariencia de la mujer, se horrorizó más y gritó casi ahogándose entre lágrimas y dolor.
Al oírlo, la pelirroja se movió a velocidad sobrehumana y en un parpadeo quedó frente a la chica, olió su pánico, la pelirroja se acercaba más a ella hasta que su rostro quedó a centímetros del cuello de la víctima, sus colmillos rozaron su carne haciendo que a la chica se le erizara la piel, sus gritos se quedaron atorados debido al pánico. La lengua de la pelirroja lamió excitada la piel de la mujer indefensa y luego se alejó permitiendo verla nuevamente cara a cara.
Fue entonces cuando los ojos de la pelirroja cambiaron sutilmente a un azul muy claro y casi cristalino como el agua, aunque quizás parecían más oscuros por la sangre derramada de la víctima que había devorado, su mirada era hipnótica e inquietantemente hermosa, sin rastros de la crueldad que podía hacer de sus manos o salir de su boca. Con suavidad, la mano de la pelirroja le acarició la mejilla a la mujer indefensa, sin importar si la estaba manchando de sangre, la chica se congeló sin saber cómo reaccionar, tampoco pudo evitar su mirada luciendo tan hipnótica como un insecto atraído a la luz.
Los labios de la pelirroja se abrieron, su voz era suave, hermosa y femenina, e incluso parecía la voz de una joven, algo demasiado surrealista por cómo estaba físicamente en ese momento.
—Tranquila, todo estará bien. ¿Confías en Dios?
La chica, temblando, asintió entre lágrimas.
Al instante, la mirada de la criatura volvió a tornarse de negro, sus colmillos emergieron y, antes de que la joven pudiera volver a gritar, le rompió el cuello de un chasquido y le destrozó la garganta a mordidas.
De la chica solo se podía escuchar un silbido siniestro saliendo de su boca antes de perder la vida.
Pasaron los minutos, la pelirroja aún cubierta de sangre se retiró con total indiferencia. Tomó un bote de gasolina y lo vertió en sus víctimas y las paredes del lugar. Rápidamente salió del lugar hacia el frío viento de la zona, sacó unos cerillos de su sostén y prendió la punta del fósforo haciendo que una pequeña llama pronto se convirtiera en varias llamas ardientes que consumieron todo el lugar.
—¡Felicidades! Ya están en el paraíso.
Los ojos de la pelirroja miraron por un segundo más las llamas que consumían el lugar, estaba completamente atraída hacia su obra de arte, un calor que no sentía hace mucho tiempo le recorría todo el cuerpo.
La noche pronto estaba llegando a su fin, ella ahora debía irse hacia una nueva misión, sin más, y de un momento a otro, el lugar se quedó completamente deshabitado, solo con un fuego que lo consumía todo y los gritos de las almas en pena queriendo liberarse del infierno en el que se encontraban.
( Ya que el apartado de historias aún no le entiendo, mejor aquí)
— Es que me vuelves loca en cualquiera de tus formas, mi amor. Amo al amo de las pesadillas que me sostiene con garras y al caballero de mirada hipnotizante que me abraza con fuerza. Eres perfecto en cada una de tus versiones, payasito mío.
PENNYWISE ❤️