El tiempo avanza con una prisa absurda a los ojos de un Daiyokai. Abajo, en las tierras que los mortales reclaman como suyas, los humanos cambian, mutan y se marchitan como hojas de otoño en un parpadeo; una existencia efímera y ruidosa que apenas deja rastro antes de ser devorada por la tierra. Los Yokai menores caen en ciclos similares, arrastrados por ambiciones mundanas y pasiones destructivas.

Él, en cambio, permanece inmutable ante el fluir de los siglos.
Sesshomaru alza la mirada hacia el firmamento, donde la Luna gobierna la noche. Toca con sutileza la marca grabada en su propia frente, un emblema de sangre pura heredado de su madre. Una eterna luna menguante. Su padre no poseía tal símbolo y, sin embargo, se alzó como el ser más poderoso de estas tierras.
Aquel pensamiento genera una grieta silenciosa en su orgullo; una contradicción que se extiende hasta el acero de la espada que porta en su cintura, un arma que se siente igual de incompleta, incapaz de saciar su sed de destrucción.

Al observar a la luna cambiar de fase, una sutil e incómoda certeza se instala en su pecho: la sospecha latente de que a su propia existencia le falta algo para alcanzar la plenitud. Un vacío imperceptible que su mente se niega a bautizar.Pero los Daiyokai no vacilan, ni mucho menos se permiten el lujo de la nostalgia.
Antes de que la duda pueda asentarse, Sesshomaru entorna los ojos dorados y desvía la mirada del cielo. No hay espacio en su vida para reflexiones inútiles sobre el pasado o el futuro. Su realidad es el presente, la pureza de su camino y la supremacía de su poder absoluto.

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El viento agita su estola en absoluto silencio, mientras la silueta del Amo del Oeste permanece bajo la luz plateada, borrando cualquier rastro de duda de sus facciones.

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