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𝑵𝒖𝒏𝒄𝒂 𝒕𝒆 𝒅𝒊𝒋𝒆 𝒂𝒅𝒊𝒐́𝒔
𝑫𝒊𝒎𝒆 𝒑𝒐𝒓 𝒒𝒖𝒆́ 𝒈𝒂𝒔𝒕𝒂𝒓 𝒎𝒊 𝒗𝒐𝒛
𝑷𝒂𝒓𝒂 𝒂𝒄𝒂𝒃𝒂𝒓 𝒍𝒂 𝒉𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂
𝑳𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔𝒄𝒓𝒊𝒃𝒊𝒎𝒐𝒔 𝒍𝒐𝒔 𝒅𝒐𝒔
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La botella estaba medio vacía sobre la mesa, y las gotas de licor resbalaban lentamente por el cristal, como si arrastraran consigo los últimos rastros de Satoru que quedaban en su vida. Suguru bebía, como si el ardor en su garganta pudiera aliviar el vacío que sentía en su pecho. El anillo que aún llevaba en su dedo le pesaba más que nunca, y la culpa lo sofocaba con cada trago. Pensaba en la última vez que lo había visto, en la forma en que Satoru lo había mirado antes de desaparecer sin decir una sola palabra.
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Se llevó el vaso a los labios una vez más, pero el líquido no borraba la imagen de esos ojos azules que lo perseguían incluso en sus peores momentos. Había huido una vez, había dejado todo atrás por miedo… Pero regresar había sido su error más grande. Había creído que podían reconstruir lo que habían perdido, que tal vez las palabras de amor y las promesas que habían jurado bajo la luz de la luna aún podían salvarlos. Pero se había equivocado. Satoru lo había dejado esa vez, y lo hizo en silencio, sin siquiera darle la oportunidad de luchar, de explicarse.
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“Lo arruiné”.
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Pensaba, sintiendo como el nudo de su garganta se hacia más grande.
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“Esta vez fue mi culpa”.
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El arrepentimiento lo consumía, pero era mas fácil culparse a sí mismo que aceptar la fría realidad de que Satoru nunca había estado completamente a su lado. Siempre había sido el chico de ojos brillantes que pertenecía a todos y a nadie. Y ahora… Ahora ni siquiera podía decir adiós. Satoru se había ido sin mirar atrás.
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El sonido del vaso golpeando la mesa rompió el silencio de la habitación vacía. El dolor crecía en su pecho con cada minuto que pasaba, y lo único que podía hacer era preguntarse por qué había dejado que el miedo lo alejara de la única persona que alguna vez había significado todo para él.
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Se recargó en la silla, mirando el techo con los ojos pesados, llenos de una tristeza que ni siquiera el licor podía apagar. La pregunta constante de si había algo que podría haber hecho diferente lo carcomía. Cuando volvió, creyó que habría una oportunidad de redención, pero Satoru… Lo dejó de nuevo. Esta vez, sin peleas, sin gritos, solo el maldito ruido de una puerta cerrándose detrás de él.
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Sus dedos temblaron al tocar el anillo que aún brillaba najo la luz tenue en su dedo anular. Un símbolo de promesas rotas, de un amor que había creído eterno, pero que siempre estuvo condenado. Recordaba las noches en las que Satoru le decía que lo amaba, que podrían superar cualquier obstáculo. ¿Dónde estaban esas palabras ahora? ¿Dónde estaban esos juramentos que parecían tan sólidos?
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El dolor se profundizaba, como un golpe certero en el pecho.
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“Esta vez funcionará. Esta vez no lo arruinaré”.
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Se lo había repetido una y mil veces, pero ni siquiera tuvo la oportunidad de hacerlo. La partida de quien fue su esposo había sido como una bofetada silenciosa, una confirmación cruel de que jamás habían sido capaces de salvarse el uno al otro.
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Se levantó de, tambaleándose ligeramente, y caminó hacia la ventana, Afuera, la noche era tan oscura como su propia incertidumbre. Apoyó la frente contra el frío cristal y, con la voz rota, susurró al vacío.
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───No queda nada, ¿verdad?
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Con manos temblorosas, se quitó el anillo, un maldito objeto que lo estaba atando a su pasado, a algo que ya no existía. Lo sostuvo en su mano, observando el brillo tenue que alguna vez había simbolizado esperanza. Luego, sin más, lo dejó caer al piso.
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El sonido del metal contra el piso fue seco, breve. Como el cierre de un libro que nadie terminó.
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Ya no quedaba nada por salvar. Solo el silencio después del final.
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Susy Octavius
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