La defensa de Hyrule no dependía meramente de mantener un buen inventario de armas y armaduras.

La fuerza de un guerrero no radicaba únicamente en el manejo correcto de la espada ni en la precisión con el arco.

Existía otro factor que con el tiempo Link aprendió a considerar igual de importante: la preparación de platillos.

No era algo que hubiese comprendido desde el inicio de su travesía. Al principio bastaba con reunir ingredientes y mezclarlos esperando el mejor resultado posible. Sin embargo, conforme recorrió el reino descubrió que detrás de cada receta existía conocimiento; algunas eran capaces de aumentar la fuerza física, otras permitían recuperar energía, incrementar y prolongar la resistencia de su cuerpo o soportar climas que normalmente serían difíciles de sobrellevar.

Cocinar terminó convirtiéndose en otra forma de prepararse para el combate.

Y como cualquier otra disciplina, requería aprendizaje.

El hyliano tuvo que empaparse poco a poco del arte culinario de cada región que visitó. Aprendió observando a los habitantes del dominio Zora y sus ingredientes frescos; escuchando las recomendaciones de la aldea Orni para los largos recorridos; entendiendo las recetas resistentes al calor de Ciudad Gerudo y aquellas pensadas para fortalecer el cuerpo y mantener la resistencia en la montaña Goron.

Pero el conocimiento no provenía únicamente de los lugares de renombre.

Kakariko y Hateno también le enseñaron el valor de los ingredientes simples y de las comidas hechas para acompañar la vida cotidiana. Incluso los establos dispersos por el reino terminaron siendo maestros inesperados; entre conversaciones casuales y recetas colgadas en sus paredes, Link descubrió que siempre había algo nuevo por aprender.

Con el tiempo comprendió algo curioso.

Defender Hyrule no consistía solamente en blandir una espada.

También implicaba detenerse frente a una olla humeante y entender qué necesitaba realmente el cuerpo antes de volver al camino o simplemente darse una merecida pausa y reconocer que otra señal de fortaleza es detenerse y priorizar su descanso.

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El héroe de Hyrule y ex-campeón podía hacer muchas cosas: desde enfrentarse a bokoblins hasta pelear con centaleones, gleeoks y contra el mismo Ganondorf.

Sus hazañas se contaban entre los establos, pasadas de boca en boca entre comerciantes y viajeros. Como aquella vez en que defendió el fuerte de Hateno, cuando una oleada alarmante de guardianes amenazó con arrasarlo todo.

Pero, pese a todas esas historias, había algo a lo que Link no era inmune: empezar su día a una hora razonable.

El sol inundaba su casa con rayos cálidos y la promesa de un cielo despejado. Todo apuntaba a que sería un buen día; sin embargo, el hyliano parecía ser el único que no compartía ese entusiasmo por madrugar.

Con el cabello alborotado —como si hubiese dormido en un matorral— y los ojos ligeramente inflamados, casi como par de pequeños chuchus, daba la impresión de que la batalla de Link por despertar estaba claramente perdida.

Aun así, dejó escapar un leve resoplido, apretando los labios en una mueca resignada mientras se incorporaba apenas unos centímetros… solo para dejarse caer de nuevo sobre las mantas, revolviéndolas, haciendo un pequeño berrinche silencioso. Y, en ese instante, quedó claro que el héroe había decidido posponer el inicio de su día hasta nuevo aviso.

(N/A: Se que es Link de Skyward Sword pero finjamos demencia y digamos que es de BotW y TotK para que tenga sentido lo que escribí. Gracias. (?) )

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En su casa predominaba un silencio agradable y pacífico, lo único que de algún modo parecía interrumpirlo era el suave sonido de su respiración acompasada. Los dorados rayos de sol que se colaban entre las cortinas otorgaban una apariencia casi etérea a la habitación, envolviéndola con una calidez que solo podía encontrarse en la tarde avanzada.

Link, quien yacía cómodamente en su cama, se había permitido descansar sin preocupaciones luego de días tan pesados. El héroe comenzó a removerse cuando los traviesos rayos de sol acariciaron su rostro, intentando arrastrarlo fuera de sus sueños… al menos temporalmente, mientras buscaba una nueva posición para seguir durmiendo.

El joven abrió lentamente los ojos, como si fuesen dos mariposas revoloteando con pereza. Aún adormilado por el profundo letargo, se acomodó entre sus sábanas hasta quedar boca arriba. Su playera se deslizó un poco, dejando a la vista un tramo de su cintura y las cicatrices que la recorrían: testigos silenciosos de su labor como defensor de Hyrule y de su gente.

Su cabello largo descansaba desordenado sobre la almohada, fluyendo en ondas suaves que atrapaban la luz de la tarde.

Su expresión, tranquila y evidentemente aletargada, mostraba una vulnerabilidad que raras veces se dejaba ver: ese instante privado donde el héroe no era más que un joven reposando en la tibieza de la tarde.

Entreabrió los labios en un suspiro breve, alzando una mano para cubrir sus ojos de la luz; su otra mano subió hasta su propio cabello, intentando ordenarlo sin éxito alguno en un gesto lento antes de volver a caer pesadamente sobre la cama. Finalmente buscó instintivamente la manta, aferrándose a ella con quieta necesidad listo para volver a los brazos de un merecido descanso.

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¿Cómo es que había acabado en una situación como ésta?...

Su cola se movía de un lado a otro de forma rígida, evidenciando su estrés mientras aquella pregunta se repetía una y otra vez en su cabeza.

Lo último que recordaba era que, tras una ardua búsqueda de las lágrimas con la intención de recobrar sus recuerdos, había llegado agotado a su casa en la aldea Arkadia. Se sentía adolorido, fatigado y hambriento, así que preparó algo simple para cenar y después irse a dormir… Luego de eso, no tenía memoria de ningún otro suceso.

Frunció el ceño en un intento de concentrarse, y aquellas peludas orejas rubias se movieron hacia los sonidos que lo rodeaban. No había sido víctima de ningún ataque extraño y tampoco había comido nada fuera de lo habitual.

Aun así, el hylian se acercó al fogón de la cocina para asegurarse de que realmente no hubiese nada fuera de lugar. Después de todo, estaba tan cansado la noche anterior que ni siquiera confiaba en su propio juicio al momento de elegir los ingredientes para la cena.

Y ahí estaba: una botella morada de sustancia misteriosa adquirida con Kilton. En su agotamiento, la había confundido con una salsa casera que había comprado en Hateno…

El pelaje de su cola se erizó, reflejando su evidente mal humor. No era precisamente la hora para salir a buscar a Kilton y exigirle información sobre cuánto duraría el efecto de aquel líquido sospechoso que ingirió. Aun así, no se sentía mal… más allá del pequeño detalle de compartir ahora ciertas características felinas.

Además… había otro problema. Su agudo olfato había captado el delicioso aroma a salmón proveniente de alguna casa en el corazón de la aldea Arkadia. Quizá, con el estómago lleno, pensaría con mayor claridad sobre cómo revertir su predicamento.

Justo cuando intentó ordenar sus pensamientos, su estómago rugió con tal intensidad que hasta sus orejas se inclinaron hacia atrás, como si también se avergonzaran por él. Su cola se erizó un instante, para luego dar un par de latigazos irritados.

El olor a salmón volvió a invadirlo, delicioso y traicionero. Link parpadeó lentamente, un gesto que mezclaba resignación y súplica muda al destino, antes de llevarse una mano al rostro. La exhalación pesada que soltó decía claramente lo que no podía expresar con palabras.

A pesar de sus esfuerzos, sus pasos empezaron a avanzar por sí solos. Primero uno… luego otro… y otro más, como si sus pies y su recién adquirido instinto felino hubieran formado una alianza rebelde. Su cola, por supuesto, se movía con un entusiasmo que él no compartía en lo absoluto.

Un último suspiro escapó de sus labios mientras su expresión adoptaba esa mezcla entre frustración y aceptación absoluta del desastre.

Antes de poder resolver su problema… tendría que lidiar con su nuevo y escandalosamente persistente apetito felino.

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Su jornada había llegado a su fin más pronto de lo esperado.

Explorar lo vasto de Hyrule solía consumir la mayor parte de su día, en especial cuando debía encargarse de unos cuantos campamentos de bokoblins y moblins que se atravesaban en su camino.

Y no solo las batallas absorbían su tiempo, su sensor cobraba vida con frecuencia, detectando templos y cofres cercanos. Pasar de una actividad a otra conforme avanzaba en su trayecto terminaba por mantenerlo lejos de su hogar en la aldea Arkadia hasta entrada la noche.

Perder la noción del tiempo siempre era peligroso. Durante el día era común encontrarse con enemigos, pero las criaturas nocturnas que emergían de la tierra podían resultar aún más problemáticas. A diferencia de los monstruos que enfrentaba bajo la luz del sol, aquellos esqueletos eran más complicados de eliminar si no se les atacaba directamente en la cabeza.

Un ruido seco interrumpió el silencio.
Link se detuvo de inmediato, tensando la cuerda del arco sin pensarlo dos veces.

Algo se movía entre los matorrales cercanos. Podía oír el crujido de huesos y el golpeteo irregular de una mandíbula abriéndose y cerrándose.

Frunció el ceño y giró apenas el cuerpo hacia el origen del sonido.
El brillo amarillento de unas cuencas vacías se asomó entre las sombras, confirmando lo que temía: un stalbokoblin. Y, por el sonido, no venía solo.

Retrocedió con precisión medida, tomando una mejor posición.
El aire frío de la noche rozó su rostro cuando volvió a tensar el arco. Su respiración se estabilizó; el pulso firme, como siempre antes de un disparo.

El primero cayó sin dificultad, pero los demás comenzaron a surgir de la tierra, levantando polvo y hojas secas. Link apretó la mandíbula, la determinación encendida en su mirada.

Sabía que no podía perder tiempo.
Si no los eliminaba rápido, terminarían rodeándolo o rearmándose, prolongando una batalla interminable.

El eco de las flechas resonó entre los árboles hasta que solo quedó el susurro del viento.
Permaneció inmóvil unos segundos, observando los restos de los esqueletos esparcidos en la hierba mientras algunos cráneos se desvanecían en una nube de humo. Había aprendido a no celebrar victorias, en Hyrule, la calma rara vez duraba demasiado.

Conforme el silencio regresó, dejó escapar una exhalación lenta que no sabía que había estado conteniendo.
Sus hombros, tensos durante toda la pelea, bajaron apenas con un gesto casi imperceptible mientras ajustaba el agarre del arco y lo colocaba en su espalda.

Alzó la vista hacia el cielo, dejando que el brillo de las estrellas guiara su camino de regreso, no sin antes recoger algunas piezas útiles para nuevas armas.

Mientras avanzaba, el crujido suave de la hierba bajo sus botas le recordó que aún quedaba un largo trayecto hasta casa, pero la noche estaba tranquila… al menos por ahora.

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Las olas resonaban en un suave vaivén, acompañadas por el delicado suspiro del viento que, al acariciar las flores, formaba una melodía capaz de hacer a Link relajarse mientras admiraba los colores con los que el cielo comenzaba a teñirse.

Era como si su respiración y sus latidos se acompasaran al ritmo de la naturaleza que lo rodeaba.

Los momentos de calma en su vida siempre habían sido escasos. Como ex campeón de Hyrule y actual héroe de lo que quedaba de su reino, había aprendido a vivir en constante alerta, preparado para cuando la paz se viera interrumpida una vez más.

Pero ahora, después de que la lucha contra los piratas que infestaban el pueblo costero de Lurelin había terminado, podía permitirse un merecido descanso, además de atender los rasguños y cortes adquiridos durante el combate.

Lurelin, que poco a poco volvía a pertenecer a su gente, requería la reconstrucción de viviendas y locales para devolverle la vida que alguna vez tuvo. Pero así como su salvador necesitaba reposo antes del trabajo que estaba por venir, los habitantes de la aldea también disfrutaban de la calma que traía consigo la libertad.

Después de todo, no estaba de más respirar un poco, ahora que la tormenta finalmente se había disipado.

Con una última mirada al horizonte, Link dejó que el silencio del atardecer lo envolviera, reconociendo en aquel instante que incluso los héroes merecen descansar.

El sol descendía entre tonos dorados, morados y rosados, y una sensación de serenidad se apoderó de él al ver cómo el mar reflejaba los últimos destellos del día.

Con una leve sonrisa, se puso de pie y se encaminó hacia la pequeña palapa que el jefe de Lurelin le había ofrecido para pasar la noche.

El murmullo de las olas lo acompañó mientras se perdía entre la brisa, preparado al fin para dormir bajo un cielo en paz.

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El viento gélido soplaba suavemente, haciendo que la luz azul de las runas en su traje se intensificara. Éste reaccionaba al frío de la aldea Rito, canalizando su energía elemental, pero Link permanecía absorto en lo que aparecía en su Purah Pad, ajeno al clima gracias al elixir de Safflina que había tomado antes de salir.

Revisaba con detenimiento los puntos que había marcado para localizar el templo que su sensor había detectado, trazando la ruta más eficiente entre senderos y acantilados nevados. Su objetivo era combinar la exploración con la recolección de gemas bubul y minerales, asegurándose de que cada hallazgo contribuyera a mejorar sus armas y armaduras, aprovechando al máximo cada tramo de su recorrido.

Antes de dirigirse al establo, un par de hojas que se movían extrañamente entre la nieve le recordaron que los Koroks también podrían estar observando, aunque no era momento de detenerse.

Determinado, guardó el Purah Pad y se encaminó hacia su confiable caballo, dejando que la luz azul del traje iluminara suavemente los senderos mientras comenzaba su travesía hacia donde estimaba que estaba el templo, asegurándose que su visión no se viese comprometida por la ligera bruma de las montañas.

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Después de sus exitosas ventas en el Bazar Kara Kara, Link se preparó para retomar su camino hacia la ciudad Gerudo antes de que la luz del sol desapareciera.

Antes de partir, había hecho una parada en el spa para cambiarse, con el permiso de la Gerudo que atendía el establecimiento.

Aunque ya no era estrictamente necesario vestirse así gracias al trato especial que recibía por haber ayudado previamente con Vah Naboris y por órdenes de Riju, al hylian no le resultaba cómodo aprovechar esos privilegios. Prefería respetar las costumbres de las mujeres que lo habían recibido con tanta amabilidad.

Emergió minutos después con un traje de finas telas en blanco y verde agua, adornado con detalles dorados que brillaban suavemente bajo la luz del sol. Completando su conjunto, llevaba una tela blanca sobre la nariz que ayudaba a disimular sus facciones, evitando delatar que quien vestía esas prendas tan finas era un hombre.

Por último, se dirigió a sus pertenencias en el bazar. Recogió un saco donde guardó alimentos y materiales, después preparó su escudo y su daga. Aunque los enemigos del día anterior ya no eran amenaza, la precaución nunca estaba de más, sobre todo cuando el atuendo que llevaba no estaba pensado para la batalla.

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||Uno tratando de hacer stream y twitch no está colaborando, HELP||

El día en el desierto había sido bastante productivo. Link había reunido varios ingredientes —sandías gélidas, voltfrutas y frutas de palma— que le hacían falta tras haberlos usado en elixires y platillos para resistir el calor extremo al que se sometía.

Durante su recorrido por las dunas, también se cruzó con algunos enemigos: lizalfos y gibdos que no tardó en derrotar con agilidad y precisión. Aprovechó el momento para recolectar huesos y partes útiles, materiales que podrían servirle para nuevos elixires o, en su defecto, para intercambiar con Kilton.

Cuando sus bolsos estuvieron llenos hasta el límite, retomó el camino hacia el Bazar Kara Kara, más cercano que la ciudad Gerudo. El sol caía alto y el aire era cálido, pero el héroe mantuvo su paso constante.

Al llegar al oasis, buscó un espacio libre entre los puestos del bazar para vender lo que había reunido. No le tomó mucho encontrar un rincón donde desplegar sus cosas, y en poco tiempo comenzó el intercambio con los viajeros que pasaban.

El lugar, animado por el bullicio de comerciantes y viajeros, facilitó la venta de sus productos. Cuando ya no quedaba nada más por ofrecer, Link decidió tomar un breve descanso. Se recostó contra una pared de ladrillos tibios, con una pequeña bolsa de rupias en el cinturón, y comió un trozo de fruta antes de beber unos sorbos de agua fresca.

La calidez del ambiente lo envolvía sin sofocarlo; la brisa que llegaba del oasis le rozaba el rostro haciéndole relajarse. Poco a poco, sus párpados se tornaron pesados. Con un leve suspiro, permitió que el cansancio lo alcanzara, cerrando los ojos para concederse un merecido descanso después de una jornada tan agotadora.

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