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Digno de un espanto, el grito retumbó entre la sagrada quietud y el silencio del cementerio.
La sangre salpicó sobre una lápida y una figura oscura se alzó por sobre el cuerpo que se encontraba a sus pies, inmóvil y tendido sobre el suelo, de rostro irreconocible al ser ahora una masa de carne y sangre.
—Los carroñeros deben pagar con su vida el perturbar el descanso de los muertos —dijo.
La figura se giró hacia el acompañante de su víctima y pudo sentir el terror apoderándose de su ser y detectar la energía vital que emanaba.
El carroñero vivo no se lo pensó dos veces y reaccionó más rápido, aún temeroso, con la pobre esperanza de escapar y poder ocultarse de la figura para no terminar como su socio muerto.
Presa del pánico, entre gritos, trepó fuera de la tumba desenterrada y logró salir a rastras para poder comenzar a correr lejos.
La figura se encontró detrás suyo y cerró una mano entorno a la parte posterior de su cuello, aventándolo con fuerza a un lado, contra el césped.
—¡No! ¡Por favor!
Su esperanza se redujo a nada y un solo golpe bastó para ser silenciado por siempre.
El hombre quedó boca arriba, la mirada vacía y perdida en el cielo nocturno, la sangre cubriendo su rostro y tiñendo la piel de rojo.
La tranquilidad regresó al cementerio, permitiendo el descanso de los difuntos y frustrado el plan de los vivos por querer tomar por la fuerza las pertenencias de los muertos.
La figura se colocó en frente del cuerpo y extendió la mano en su dirección.
—Únete a nosotros, hermano —dijo una voz femenina.
Una voluta brillante de ectoplasma salió de la boca y los ojos del hombre, formando una fina línea que se deslizó en el aire hacia la mano y giró entorno al brazo durante su ascenso hasta que la figura abrió la boca y absorbió esa sustancia con lentitud.
Sintió su cuerpo apoderarse de su esencia y saciar el hambre que atormentó su cuerpo mortal durante el día, drenó la fuerza y energía, hasta que no hubo más y, una vez terminada, añadió su alma a la colección que ocultaba en su interior.
—Bienvenido, serás feliz aquí —dijo una pequeña vocecita, también perteneciente a la figura.
—Creo que ya me está gustando —dijo la voz del recién fallecido.
—Puedes llamarme Grimm —dijo la mujer.
Detesto tus manos sobre mí.
El aliento amargo, con rastros de té, que inunda mi olfato.
Parece que quieres devorarme, consumir todo de mí, extraer hasta la última gota de mi paciencia.
¿Es eso lo que quieres?
Ocupar mi mente día y noche, incluso en medio de mis actuaciones, al estar con mi familia, en la soledad de mi cuarto. Todo momento eres tú; tú y tu maldito humor irónico, tu mirada intensa, tus manos robustas y tu actitud de controlar cada detalle, jamás bajar la guardia, jamás permitirte ser débil.
¿Serías débil junto a mí?
¿Me abrazarías al confesarme que también paso en tu mente todo el día? ¿Me mirarías con dulzura, aunque sea una vez? Quisiera ver tus ojos ablandarse en mi presencia. Saber que me consideras lo más lindo que te ha pasado en la vida, que me tocas con las ansias de no soltarme nunca, no por lujuria, ni aburrimiento. ¿Estoy pidiendo mucho? ¿Estoy pidiendo más... de lo que merezco?