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Robert Robertson III
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Él ama a Herm, realmente lo hace.

Es sólo que ser Mechaman interfiere demasiado con su vida amorosa, lo deja tan exhausto que a duras penas puede llegar a casa sin caer exhausto por el cansancio.

Le manda un mensaje de texto, ¿Quizá podría tomarse una noche libre? Para charlar, acurrucarse un rato, ver una película tonta mientras comen palomitas.

Parecía más que sorprendido al escuchar la pregunta del otro Robert, mordiéndose los labios con una frustración que era incapaz de ocultar.

No contestó, simplemente se levantó del asiento y abandonó la sala de descanso como si hubiera escuchado algo terrible.

Zero sonrió, murmurando para sí mismo mientras lo veía escapar.

"así que... Tú haces lo mismo".

No pretendía llegar a esto, pero se había pasado de copas en el bar local y ahora debía caminar a casa en estado de ebriedad.

Clark se había ofrecido a llevarlo, por supuesto que lo había hecho. Pero Robert no habría aceptado la ayuda, colocándose a sí mismo en esa posición de vulnerabilidad.

Las calles estaban solas y él iba tan lento como una tortuga, algunas personas lo veían de reojo pero pronto volvían a sus propios asuntos. Él, por su parte, no podía evitar sentirse paranoico, como si alguien estuviera esperando a que se despistara para correr hacia él en un parpadeo.

Sin embargo, nada pasó.

Nada más que un mareo que consiguió al voltearse de forma repentina, creyendo que encontraría una silueta que nunca estuvo allí.

— Por cuarta vez, no, no necesito una silla de ruedas, ¿Podemos volver al trabajo de una vez?

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TW: sobredosis de alcohol, vómito, intento de suicidio.








Cuando llegó a casa, lo único que lo recibió fue el silencio de un hogar vacío.

No había nadie esperando en su cama, nadie para preguntarle cómo estaba, ningún perro ladrando ansioso a la espera de su llegada. Sólo el pesado silencio de un hogar que parecía haberse congelado en una era donde él estaba sólo, sin nadie para molestarlo.

Y eso era deprimente como la mierda.

Dió un paso al frente, se quitó la chaqueta sólo para dejarla tirada en alguna parte del suelo, sus pasos guiandolo hasta un par de latas de cerveza que había dejado guardadas en el refrigerador.

Una, dos. Si al terminar la primera ya se sentía mareado, iniciar con la segunda en definitiva había sido cruzar el límite, llegando hasta la mitad de la lata antes de sentir el inevitable malestar que venía cómo consecuencia directa de haber tomado tanto de golpe.

Tres, dos. Pese a haber tenido más que suficiente con la cerveza, no tardó en pasarse al whisky.

Tres, cuatro, tragos rápidos y directos de la botella que se acumularon en cuestión de horas.

Cinco, seis, su cuerpo se sentía pesado, como si una atracción magnética lo hubiera llevado a chocar con el suelo.

Siete, ocho, no pensaba en nada, pero a la vez pensaba en todo.

Ocho y medio, la botella cayó al suelo antes de que pudiera dar el noveno.

Pero era demasiado tarde, su garganta quemaba y su cuerpo colapsado había empezado a ceder al alcohol. Tuvo la suerte de haberse echado de lado antes de comenzar a vomitar, manchando su propio rostro con los contenidos que su estómago se había negado a soportar.

Rió suavemente, una risa amarga que fue acompañada por lágrimas.

¿Era este el héroe de Torrance? ¿O era un simple mortal ahogando sus penas en alcohol hasta un punto de no retorno?

Su teléfono sonó en la otra habitación, pero hizo caso omiso al no tener las fuerzas ni las ganas para levantarse a contestar.