Obsesión.

Al principio quería limitarme a solo recordar.

Me parecía una petición razonable, conservar su voz en la memoria, reconstruir un gesto cuando la ausencia lo volviera borroso, detenerme en detalles que el tiempo suele llevarse sin consideración. No veía lo terrible en ello, después de todo, ¿qué clase de persona sería incapaz de atesorar aquello que le ha proporcionado la única chispa de calidez en una existencia insípida?

Así, dieron inicios mis pequeñas indulgencias.

Aprendí a reconocer las variaciones más insignificantes de su tono, a distinguir los silencios largos de los breves. A prestar atención a las palabras que otros dejaban pasar con total ligereza, me descubrí regresando una y otra vez a los mismos recuerdos, examinando, buscando una respuesta escondida entre las líneas de un libro que ya conocía de memoria.

Y cuánto más comprendía, más quería saber. Nunca me fue suficiente. El recuerdo de una conversación reclamaba otra para cerrar el circulo, una respuesta anodida abría nuevas, inquietantes preguntas, la manera de haber sido importante durante un instante despertaba de inmediato la necesidad corrosiva de comprobar que todavía lo era, que ningún otro rostro ocupaba mi lugar en su mente cuando la luz se apagaba. Empecé a desconfiar de todo aquello que no podía controlar o conocer de primera mano, como si la ignorancia ajena fuera una amenaza sutil y no una condición inevitable de la existencia.

Me dije que era preocupación, después que era un cariño desmedido. Más tarde, cuando ambas palabras comenzaron a parecerse demasiado pequeñas y vacías para mantener tranquila la marea que crecía en mi pecho, dejé de buscar nombres que pudieran mantener en paz una conciencia que ya empezaba a corromperse.

La obsesión no llegó como una tormenta violenta que arrastra con todo a su paso de golpe, no hubo un instante en el que pudiera señalar y decir: «aquí llegó la desgracia». Comenzó a manifestarse con paciencia, una insidiosa de una costumbre, con discreción de aquello que se repite hasta volverse tan indispensable como el aire viciado de una habitación cerrada.

Un pensamiento invasivo antes de dormir.
Una pregunta silenciosa al despertar.
Una ausencia momentánea que adquiría proporciones absurdas e intolerables.
Y poco a poco, todo comenzó a conducir al mismo punto ciego.

Me acostumbré a medir los días por la proximidad de aquello que deseaba poseer en exclusiva. A encontrar motivos para regresar, excusas patéticas para permanecer, razones rebuscadas para interpretar cualquier distancia emocional o física como un problema que debía resolver. La posibilidad de perderlo dejó de ser una eventualidad dolorosa y comenzó a parecerme una enfrenta intolerable, una injusticia cósmica que simplemente no estaba dispuesto a aceptar ni a permitir.

Ocurrió el verdadero cambio de eje. Ya no deseaba únicamente ser recordado con afecto, quería resultar absolutamente imposible de olvidar. Ser una presencia permanentemente e ineludible en su vida.

Ya no quería ocupar un lugar compartido. Deseaba que ese espacio se cerrara por completo, que ninguna otra circunstancia lo volviera prescindible, que el mundo entero comprendiera que había cosas tan delicadas que jamás debían ser tocadas por manos ajenas. Me avergüenza la pasmosa facilidad con la que aprendí a disfrazar semejante monstruosidad.

Terminé llamándolo devoción porque sonaba noble en mis propios labios, lo llamé lealtad inquebrantable porque me parecía una virtud, incluso llegué a convencerme, con nauseabunda soberbia que mi persistencia enfermiza era una prueba definitiva de la profundidad de mis sentimientos, como si la intensidad de una emoción pudiera absolverme de cualquier consecuencia sobre la carne ajena.

Ah… qué conveniente resulta convertir el egoísmo más puro en una forma de romanticismo trágico.

La obsesión tiene esa particularidad en que estrecha el mundo de forma implacable hasta que solo queda una cosa digna de atención. Todo lo demás se vuelve secundario, diminuto, borroso, sin importancia, prescindible; incluso aquello que antes considerábamos innegociable. La dignidad ajena, la prudencia, el derecho a la libertad del otro; principios que parecían inamovibles empiezan a parecer simples estorbos cuando se interponen entre nosotros y aquello que anhelamos devorar, encerrar, poseer por el mero egoísmo llamado… amor.

Y claro, uno aprende a apartarlos del camino. No brusco, nunca se debe hacer eso para no asustar a la propia conciencia.

Lo principal es permitir pensar en lo impensable, soboreando la idea en la oscuridad. Después, se encuentran argumentos elaborados para no sentirse culpable por haberlo pensado, finalmente… se comienza a confundir la ausencia total de culpa con la certeza terca de estar haciendo lo correcto, lo inevitable.

Conocía cada una de esas etapas de antemano. Podía reconocerlas con frialdad mientras ocurrían, observarla cuando yo lo examinaba en el comportamiento de uno de mis pacientes. Y sin embargo, no me detuve, porque existe una abismal diferencia terrible entre saber un deseo completamente destructivo y estar dispuesto a renunciar a él en silencio.

Yo lo quería conservar, quería retenerlo bajo llave. Quería asegurarme que el tiempo, la casualidad o la voluntad ajena no volverían a arrebatarme aquello que había llegado considerar la única razón de mi aliento.

Cuando comprendí con claridad que no podía controlar el mundo exterior, comencé a pensar minuciosamente en controlar aquello que cabía dentro de él. Todavía recuerdo la escalofriante tranquilidad con la que acepté esa posibilidad. Fue una solución perfecta, una respuesta práctica a un problema intolerable que me negaba a resolver cediendo el control.

Quizás esa sea la parte más vergonzosa y despreciable de todo esto. Que no existió una locura momentánea al tomar esa decisión fundamental, calculé todo, mi voluntad fue férrea, fui consciente de la atrocidad que planeaba y al mismo tiempo peligrosa convencido de que merecía cada fragmento de lo que estaba a punto de robar.

La obsesión no me enseñó a amar de verdad. Pero si a temer, con pánico, la libertad de aquello que decía amar. Y fui yo quien decidió que, si no podía soportar la incertidumbre perpetua de perderlo, sería infinitamente preferible construir un mundo a su medida donde la pérdida fuera una imposibilidad física.

En mi soberbia no quise comprender que, una cosa puede permanecer cautiva muy cerca de ti y aun así, estar irremediablemente perdida para siempre. No quise aprender esa lección a tiempo.

Algunas veces cuando el silencio de la habitación se prolonga insoportablemente, todavía me pregunto cuánto habría bastado al principio. Una palabra honesta, quizá. Una despedida sin tantos rodeos, la aceptación madura de que incluso las personas más hermosas tienen derecho a terminar y marcharse.

Pero esas patéticas preguntas pertenecen a una versión anterior a mí, a ese hombre que todavía creía que buscaba respuestas.

Yo dejé de buscar respuestas el día exacto en que encontré la manera de imponerlas por la fuerza. Y ahora sé que esta obsesión profunda no consiste en desesperadamente querer algo. Es llegar al punto exacto en que el egoísta deseo de conservarlo importa infinitamente más que aquello que alguna vez lo hizo digno de ser amado.

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