Una exiliada grotesca
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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤCosechas en el fango
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ㅤCaminaba por las desoladas calles de faroles oxidados, cuidando de no resbalar en el hielo que cubría el hormigón. Desde su visión, cada detalle lucía apagado y difuso, como si el color sepia de las fotografías antiguas fuera ahora la única realidad ambiental.
Una gélida brisa sacudió su bufanda, pero fue su gorro lo único que protegió con tanto apuro mientras se estremecía dentro de su propia ropa. La mujer apresuró el paso, temerosa de ser sorprendida por la lluvia o vientos violentos. Poco le importaba el peligro de los desprotegidos por la sociedad, su único objetivo era llegar a casa sin ser vista.
El acceso de un amplio parque le dio la bienvenida. Al adentrarse vio frente a ella un limitado mundo de peligros, oportunidades y recuerdos difusos que confundía con su lejana adolescencia. Intentó disimular su atención puesta en la banqueta oculta por un árbol torcido, pero sus pasos se detuvieron con el único fin de permitirle sentir las memorias del hombre con el que solía conversar en un lugar muy similar a su ubicación actual.
Las remembranzas se manifestaron como un escenario frente a sus ojos. La noche oscura, salvada por la iluminación artificial, lucía más tolerable. — ¿Por qué tan sola? — Se escuchó una voz rasposa y profunda detrás del árbol que se quebraba a la mitad del tronco, dándole un aspecto encorvado. — ¿Vienes de estudiar?
La adolescente, ajena al peligro, se acercó al lugar donde provenía la voz. Cada paso dado era castigado por una inestabilidad en sus tobillos, pero la curiosidad era la daga más afilada en su vida.
— Hola, señor Hezrael. — Saludó ella con ambas manos en los bolsillos, una de ellas tenía un agarre afianzado a su llave de la casa como única arma de defensa. — Me quedé conversando con mis amigas, pero el sol ya se estaba ocultando.
Una exhalación por parte del hombre fue evidenciada por el humo brotó al otro lado del árbol. — Y ya se ha ido. — Durante el silencio que siguió a la observación se escuchó una crepitación suave que fue acompañada poco después de una nueva respiración humeante. — ¿Los hombres le temen a la oscuridad o a lo que habita en ella?
La duda alertó los sentidos de la chica de cabellera azabache. Mordió sus labios de cereza en un vano intento por apaciguar la ansiedad que el frío alimentaba. — Depende de la p-
— Te pregunté a ti. — Interrumpió él, con su voz rasposa.
Carry aguardó unos momentos antes de responder; temía hacer notable su miedo ante el depredador del parque. — A lo que habita en ella. — Respondió rápido para no tartamudear.
La voz saboreaba el calor, por ello tardó en dar su punto de vista. Del mismo modo, disfrutaba sentir las vibraciones de terror por parte de su “vecinita”. — Tiene sentido. Te sientes muy cómoda en la oscuridad. — Comentó con simpleza. — Nunca enciendes la luz de tu cuarto, tampoco de la entrada. Tú vives a oscuras, pero ahora estás aterrorizada. — Le dio una nueva calada al cigarro. La luz del farol más cercano comenzó a titilar hasta que llegó a permanecer más tiempo apagado que prendido. — Pero ahora tienes miedo porque no es tu oscuridad; es la mía. — Terminada la frase, la escasa iluminación que llegaba hacia ese punto desolado y torcido dejó de funcionar, dejando solo confusas figuras que se distinguían por la engañosa memoria inquietante de los que incluyen ese parque en su rutina.
Los pies de la más joven no respondían, parecían convertidos en piedra aún si sus piernas seguían temblando. El vacío en su estómago se convirtió en un denso pesar que subió por su garganta. Hasta ese momento no se había percatado de su sudor hasta que el viento heló sus mejillas. Estuvo por salir corriendo, pero aquel hombre tenía en ella una cadena que trascendía lo físico y bastaba solo una palabra para mantenerla cerca.
— Dicen que solo los culpables le temen a la oscuridad. — Continuó la voz masculina, seguido del sonido crispante de su cigarro y una inhalación sosegada. — Pero fui culpable de tanta sangre, señorita. En el suelo, en las paredes y las gotas en el techo. — Acompañando la última exhalación humeante, tiró la colilla de cigarro al suelo. — Y jamás me sentí atormentado. — Finalizó aplastando la chusta con lentitud. — Tú… — Fue frenado al notar, desde su espectral presencia, la manera en que la estudiante le extendía un paquete de cigarrillos con uno asomándose. — Buena niña. — Entre el índice y el medio de la diestra agarró la zona ofrecida y la guió hasta sus labios con el objetivo de encenderlo.
La chica, sintiendo la vejiga hinchada y su resistencia decayendo más velozmente que en un comienzo, retrocedió tres pasos, intentando mantener la sonrisa. — Tengo que hacer la tarea… — Suplicó entre quebrados murmullos delatores de su estado. Cuando se dispuso a correr, el hombre se levantó repentinamente, fundiendo el sonido de su acción con el encanto del violento viento de la tarde. Fue en ese instante que el farol, previamente apagado por su disfuncionalidad, brilló en una nueva luz que, junto al bajo sonido del impacto, evidenció la caída del cigarro al ya no haber nadie que lo sostenga.
Temerosa, sujetó el ardiente cilindro desde la mitad y, aunque un viento podría llevárselo, lo dejó encima de la banqueta. — En caso de que vuelvas, no quiero que te quedes sin tu vicio… — Murmuró más tranquila y, pese al horror, compadecida. Al incorporarse, siguió su camino a casa.
Tal recuerdo es acogido con cariño en una mente que negocia con el miedo. De vuelta al presente, a lo lejos, seguía admirando un árbol similar al torcido de entonces, preguntándose si aquel señor podría estar ahí mirándola, acechándola, si su estado de “no vivo” le permitiría estar donde ella está.
Entre dudas, mientras sujetaba su bufanda con una mano, alzó la otra para saludar el punto de su evocación oscilando la muñeca. Terminado el acto, bajó la extremidad para continuar su camino hasta toparse con unos escalones que comenzó a subir automáticamente.
Cuando subía, notó un grupo de mujeres caminando en dirección opuesta, descendiendo. Cuanto más atención les prestaba, más conocidas le parecían: Sus voces, la soltura de sus cuerpos al moverse, sus risas estridentes. Notó que se trataba de un grupo de personas con las que coincidió en su época de universitaria hace ya algunos años; nada terrible, pero nada grato.
Forzó su gorro a ocultar lo que su bufanda ya hacía, apresurando el paso para llegar a la superficie plana de ese lugar, comenzando a agitarse. Al llegar, sus botas de tacón perdieron firmeza al deslizarse en el hielo y la hicieron caer sonoramente sobre sus manos. Especialmente, la izquierda había quedado floja y una ligera grieta se formó en ella desde abajo del terso dorso de su piel hasta la muñeca.
Los agrupados pasos, que hasta entonces estaban a un metro y medio de distancia, siguieron el punto de su vergonzoso estruendo. Solo esos sonidos se precisaron para que ella, con los tobillos inestables, se pusiera de pie incluso si torpes tropezones acompañaron ese proceso. Durante el transcurso de su fuga cayó dos veces más, su pecho aterrizando sobre los adoquines y, a los costados de ese, sus manos. En una tercera caída, la bufanda de lana se deslizó por el espacio de sus hombros, pero sus dedos solo se antepusieron a la caída de su gorro. De ahí, aún con la espalda inclinada hacia adelante, se levantó con determinación y corrió, dejando su bufanda atrás.
Ignoró todo a su paso: pocas personas que regresaban a sus casas del trabajo, arbustos que han perdido sus flores por la baja temperatura, y sombras de un futuro extraviado, pero se detuvo a descansar al lado de un basurero que, según su confusa perspectiva, era solo un buzón maloliente que emitía un curioso sonido entre las cartas y paquetes. Metió sus manos por la estrecha cavidad acomodada en la superficie del cubo y rebuscó hasta tocar una bolita de pelos suave y un poco húmeda.
Un pobre minino, tembloroso de frío, se aferró a los dedos de la mujer con sus filosas garras, encajando ahí mismo su salvación. Carry, incapaz de devolverlo a su suerte, lo cobijó en su pecho para aproximarse a una de las tres salidas del parque, optando por la central. Frente a la vereda, esperó lo suficiente para que el sonidos de los autos alertaran su presencia con sus llantas sobre la carretera, pero después de largos segundos pareciera que esas bestias de metal y vidrio han desaparecido, pues no escuchó nada.
Cruzó hasta llegar a su destino. Abrió la reja que protegía el complejo de departamentos, y caminó al lado de la caseta que custodiaba al portero dormilón. Con el ruido de su calzado contra el asfalto, avanzó por un costado del estacionamiento atestado de vehículos; no había una demarcación libre, cada dueño estaba resguardado del frío en su vivienda. Continuó hasta chocar con el primer arranque de las escaleras, lo que era insuficiente, ya que le faltaba llegar al siguiente para, recién, poder subirlas. Con una de sus manos tanteó el aire hasta tocar la baranda de inicio para guiarse hasta un costado y seguir caminando por el amplio estacionamiento carente de luz. Intentó mantener una línea recta, jugando a avanzar con la punta de su calzando rozando el talón del siguiente como si estuviera encima de una cuerda floja.
Sus dedos, a cada extremo de su cuerpo y alejados de su torso con el soporte de sus brazos extendidos, la ayudaban a mantener el equilibrio hasta que la zurda dio con la baranda de la siguiente escalera que comenzó a subir sin demora. El pobre minino había quedado expuesto en helado ambiente, apenas sostenido por la mano derecha de la joven, por eso, una vez volvió al abrigo de su cuerpo, se acurrucó con evidente necesidad.
Estaba cansada, sus pies dolían por la incesante presión de sus talones contra el grueso tacón del calzado, pero cada paso la acercaba a casa, también a su nuevo compañero que protegía del frío con esmero.
El sonido de los cuervos aleteando y comunicándose entre ellos llamó su atención, pero no la distrajeron lo suficiente; la mujer solo se apresuraba a esconderse en consecuencia de haber perdido su bufanda.
Avanzó entre dos filas de edificios hasta doblar en la esquina del último trío donde se encontró con una variedad de escaleras ocultas al interior de un pasillo de paredes magenta oscuro y suelo de moqueta con formas geométricas que variaba su presentación con oscuras tonalidades de rojo, azul y verde. Ahí, acarició a la indefensa vida minina y, evitando sujetarse de la barandilla a un costado de los peldaños de madera, comenzó a subir.
Lejanamente, escuchó la puerta de uno de los habitantes del edificio abrirse y cerrarse con una fuerza que delataba la ira contenida. Apresuró sus zancadas en las escaleras, lo que provocó la despedida de su gorro que terminó a los pies de un hombre maduro.
— Señorita. —Llamó él, pero ella no se detuvo. — ¡Señorita! — Insistió alzando la voz, aun así el ruido de los tacones femeninos continuaron alejándose escaleras arriba. Ella no se detendría hasta llegar al departamento del cuarto piso y él, luchando contra sus problemas con el control de la ira, no cedería hasta devolverle la prenda.
En cuanto llegó a su piso, carente de paredes más que las que conformaban la única vivienda, corrió hasta la puerta de su departamento permaneciendo en un estado de aturdimiento por la rapidez en la que subió. Torpemente, introdujo su mano en el bolsillo de su gabardina negra en busca de las llaves, pero un par de hilos sueltos se enredaron en la grieta de su muñeca de la que aún no era consciente. Bastó con sacar la llave para ser alertada por la repentina excoriación sangrante. Carry estaba demasiado desgastada por el camino recorrido que se limitó a cambiar las llaves de mano, así también al gatito, y abrir la puerta con dificultad debido al agotamiento. Al hacerlo, entró automáticamente para dejar descansar su espalda en la madera de la puerta dejando caer sus llaves, luego usó esa mano para girar la cerradura. La entrada quedó asegurada justo a tiempo, pues los toquidos del vecino del piso de abajo se escucharon al otro lado.
— ¿Señorita? Señorita, se le cayó su gorro. — El hombre tocó el timbre insistentemente, cada vez con más rapidez. Pronto, ese llamado fue reemplazado por fuertes y desesperados toquidos de sus nudillos contra la entrada. Era seguro que no se había medicado esa tarde; su esposa, más que cualquier otro ser humano en el mundo, lo sabía. — ¡Señorita, yo te vi entrar! — Acusó con rabia en la voz.
La puerta se sacudía con violencia mientras el ruido de los golpes era más insoportable. Pese a la alarmante escena, la mujer dejó al gatito a sus pies y se quitó la gabardina para colgarla en el perchero. Tenía mucho por hacer como para preocuparse por el arranque del hombre.
Se descalzó en el recibidor y, calmadamente pese al llamado insistente del vecino del piso de abajo, caminó en la absoluta oscuridad hasta cruzar el umbral que separaba el inicio de la vivienda con el espacio que dividía la sala y la cocina. Desde ahí, se dirigió a la izquierda y esquivó la mesa de centro y el sofá con el único auxilio de su memoria muscular. Sus manos se mantuvieron alzadas hacia el frente hasta chocar suavemente contra el cristal que mantenía separados la sala y el balcón. Con sus dedos buscó las manijas de los tibios ventanales entre el centro metálico. Fue lenta, pero no dudó en continuar su recorrido entre las cortinas. Una vez dio con las palancas, jaló de ellas hacia abajo y retrocedió dos pasos para abrir ambas puertas de vidrio hacia adentro.
El ambiente nocturno invernal sufrió una muerte repentina en ese rincón que delataba una tarde primaveral con un cielo parcialmente soleado, flores abriéndose tímidamente en la verde frondosidad de los árboles y, en su balcón, una barbaridad de macetas con plantas saludables. Dejó las puertas abiertas. El aleteo de los cuervos era una sinfonía que, aún sin poder oírla claramente, calmaba su ansiedad.
Sus pasos se desviaron hacia un macetón rectangular sobre el cual, con su mano herida, comenzó a rascar la fresca costra formada en la superficie de su cuello hasta avivar el paso de la sangre. Se inclinó para bañar las rosas con su esencia carmín y, cuando no quedó más que su tejido sensible a la vista, hundió su mano izquierda entre las espinas de los tallos hasta sentirla absorbida en la cálida densidad del fango.
Enredó sus dedos en algunas finas raíces y las jaló con fuerza hasta sacar la cabeza de una mujer dormida y, apreciando su dorso, notó que su herida abierta se había curado mientras el resto de su piel desprendida caía en forma de lodo acumulado al interior de esa misma maceta para formar parte de la inmundicia regenerativa.
Dejó la cabeza en la mesita de jardín y con sus dedos tanteó el estado en el que se encontraba ya que su visión se limitaba a una oscura nubosidad sepia que envolvía el espacio.
Con los índices tanteó el espacio de las cejas y los bajó hasta la zona de los párpados que presionó con gentil insistencia, nada abultaba la zona, así confirmó la ausencia de ojos. Con eso en consideración, guió su tacto por el rostro y a los costados. En su tarea, supo que las orejas estaban en su lugar, también así la nariz, los labios y la barbilla, pero no debería detenerse ahí.
El cuerpo se inclinó hacia la cabeza mientras le abría la boca con dos dedos para contar la cantidad de dientes y muelas disponibles con un tercer dígito de su otra mano. Fueron veintiocho en total, y faltaba verificar la existencia de una úvula al fondo de la boca, pero al fundir sus extremidades hasta el fondo notó la ausencia del suave músculo ubicado en la mandíbula. La cosecha no contaba con lengua, pero lo demás, a excepción de los ojos, estaba en su lugar.
Dirigió su mano derecha hacia las macetas que contenían bellos anturios inoloros y cortó uno desde la mitad del tallo con la fuerte uña de su pulgar, después introdujo ese mismo esqueje por la boca de la cabeza hasta encajar el espádice amarillo en la zona del frenillo lingual. La flor roja perdió resistencia y forma, transformándose lentamente en una húmeda lengua de color rosado. En ese transcurso, separó sus manos del lugar y las frotó entre ellas mientras su cuerpo se erguía para caminar hacia las gardenias florecidas dentro de oscuras macetas colgantes encima de la baranda que protegía el balcón.
Con el corazón acelerado por el asco, tanteó el centro de las gardenias para encontrar una esfera resistente en ellas. Tres de esas explotaron después del segundo contacto con su dedo, derramando sustancia plasmática y nauseabunda encima del metal, pero cuando con aquellas que no explotaron aumentó la prueba de su resistencia al presionarlas con las yemas de todos los dedos; si no se hundían, los arrancaba procurando dejar la flor ahí mismo en su lugar. Cuando tuvo el par disponible, las dejó en la mesita a un costado de la cabeza.
Antes de continuar su tarea, alzó sus brazos hacia el cielo de escasas nubes y sol brillante, pero gentil. Si bien su vida se tornó un caos, continúa presente para enmendar sus errores. Cuando finalizó su agradecimiento, dio media vuelta para volver hacia la cabeza.
Su nublada y oscura perspectiva apenas le permitía ver poco menos de lo necesario, aún así lo consideraba suficiente, ya que podía saber en dónde se encontraba cada cosecha.
Inclinó su torso para sujetar uno de los ojos con pupilas retraídas e iris plateados, mientras su otra mano usaba el dedo índice y medio para separar los pliegues del párpado, de ese modo intentó encajar la esfera dentro de la cuenca con inútiles empujes y presiones. No ayudaba en nada que ahora sus manos estuvieran temblando y sus rodillas permanecieran inestables. En el transcurso, sintió un ataque de bilis subir por su esófago. Tal ácida sustancia brotó en pequeños chorros desde su garganta mutilada, provocando un molesto ardor en la carne expuesta de su cuello. Aquel fue el límite del asco consciente, impulsada por ello, empujó la cosecha mucilaginosa dentro del espacio. Lo había logrado.
Brevemente, el malestar cesó.
Menos mal no había perdido una extremidad; si así hubiera sido, debería ir al bosque por las cosechas más abundantes como ramas, cortezas y hojas.
Enderezó su espalda para dar tres vueltas en el mismo espacio de forma animosa. Su reacción no era de extrañar; estaba aliviada de que por fin comenzara a acercarse al final de su tarea.
Al detener su regocijo abruptamente, golpeó la superficie de la mesita con las ambas palmas, causando un estruendo que provocó la huida de algunos de los cuervos que observaban con curiosidad lo que en el balcón acontecía. De vuelta a su tarea, sujetó la esfera viscosa con dos dedos y el pulgar mientras que con las yemas de los dígitos de la otra mano separaba los párpados para un encaje preciso. Era simplemente, una repetición de su tarea, pero ahora con la adrenalina y el júbilo a tope. Introdujo el globo ocular en el espacio vacío de un solo impulso con el pulgar, aunque terminó agrietando mínimamente los costados, incluso el lagrimal; era suficiente para ser profundamente doloroso.
La sin-cabeza, llena de orgullo por su propósito acabado, apoyó su espalda en el borde del umbral que conecta la sala con el balcón. Ahí extendió su mano derecha e inmediatamente un cuervo le ofreció tres de sus alas; él mismo se las iba quitando y las dejaba como ofrenda en la palma extendida. Ella usó dos para limpiar los restos húmedos de la bilis en su carne y la última la agarró por el cálamo para insertar la punta en un sitio aleatorio de su cuello con tal de rasgar esa carne roja y facilitar el paso de la sangre que comenzaba a secarse. Sin tiempo qué perder, dejó caer las oscuras plumas con tal de apresurarse a alzar aquello orgánicamente fabricado.
La mitad de su cuello desde su cuerpo se unió con la floral existencia de su cabeza. Como con un juguete recién arreglado con pegamento, Carry mantuvo la presión mientras sus venas se conectaban, la carne se unía y la sangre comenzaba a circular hasta su cerebro. Percibió, entonces, el intenso aroma del balcón junto a la exquisita putrefacción de sus rosas y la acidez del bilis en su ropa. Sus ojos lunares, plateados como el invierno, parpadearon con la pesadez digna de una madrugada de insomnio hasta poder soportar la luz de los arreboles celestiales.
Abrió sus labios, acorazonado el superior y carnoso el inferior. De ahí cayó una ligera cascada de agua, saliva y sangre, sin esfuerzos ni arcadas. — Este es mi cielo. — Susurró ahogada, con la mirada perdida en las nubes púrpuras que se fundían con tonos anaranjados en el horizonte hasta encontrarse con el sol.
Lentamente soltó su cabeza y aguardó por largos minutos su bienestar, manteniendo la espalda apoyada en el umbral desde ese estrecho exterior. El vecino del piso de abajo seguía tocando su puerta con insistencia, pero no lo suficiente como para mancillar su paz.
“Luciría mejor sin manos y sin lengua”, pensó.
La sensación del interior de su boca seguía siendo inestable, como si pudieran desprenderse los dientes y los músculos en caso de que se atreviera a gritar. Es por eso que los momentos de paz robados en ese presente artificial le resultaban tan necesarios en su amparo; no debe alterarse si sus piezas están frescas.
La punta de su lengua tocó sutilmente la zona superior interna de sus dientes y tanteó uno a uno su dureza para comprobar que no se caerían si se atreviera a hablar más fuerte. Del mismo modo, su mano derecha peinó su cabello azabache, todavía húmedo y desprendiendo un peculiar olor a fango. Según ella, hasta ese punto, todo había vuelto a tener sentido en su vida.
Acostumbrada al silencio de una vida en soledad, se preguntó a sí misma “¿Cuál es tu momento favorito?” mientras sus pupilas seguían fascinadas con el que tenía enfrente.
— Atardecer, porque estoy enamorada de los arreboles. — Sin mencionar el amanecer; le cuesta despegarse de la cama en las primeras horas del día.
Escuchó, más claramente, el sonido de unas patitas corriendo por su departamento. No lo había olvidado, pero las constantes pisaditas le causaron la suficiente ternura como para que de las comisuras de su boca naciera una leve, pero genuina, sonrisa. Desde ese momento, giró lentamente su cuello ya unido con el resto de su piel, y su mirada se adentró en la fría oscuridad del departamento.
El techo blanco seguía tal y como lo dejó, sus cuervos descansaban en los en los candelabros de pared, también en los de suelo. El papel tapiz gris que decoraba las murallas de la sala mantenía el patrón de damasco negro como la última vez, y su sofá junto a su cómoda silla papasan reclinable seguían inalterables como la mesa de centro entre ambos. De reojo observó sus libreros, su visión no alcanzó a verificar que estuvieran en orden porque se desviaron hacia la calma de la ternura invitada a su hogar.
Esperaba recibir en sus pupilas al minino, preguntándose si sería un pequeño pulgoso de pelo largo o pelo corto, si sería de pelaje anaranjado o negro, si sus ojos serían verdes o azules.
En su mente, comenzó a circular la melancolía de aquel ser que se llevó todo su amor con ronroneos: Pelo largo atigrado, pero blanco en la zona inferior de su cuerpo llegando a su barbilla, por debajo de sus ojos verdes hasta finalizar en medio del inicio de su frente entre sus ventanas álmicas. Su felicidad cuadrúpeda de cola peluda permanecía latente en su memoria.
Con él en su corazón, buscó aquel que sería su hermano a distancia perfecto, pero la armonía en su rostro se desencajó al ver por debajo del vidrio de su mesa de centro una realidad opuesta a la esperada.
Una anatomía regordeta y pequeña era cubierta por un corto pelaje gris, liso y brillante. Por detrás de este nacía una cola alargada sin pelo, rosada, mientras que por delante se encontró con su rostro alargado, bigotón, con ojos redondos y negros. No era un hermanito para su bebé que la distancia le arrebató, era solo…
Su expresión de desconcierto aflojó su ojo izquierdo, acomodado previamente con desconocida inestabilidad, y terminó cayendo al suelo justo frente al roedor que, sin dudar ni olfatear con un poco de decente curiosidad, se abalanzó sobre aquel para mordisquearlo como un queso, lamiendo el contenido gelatinoso que explotó de esa membrana que sostenía su esférica forma.
La traición y el desprecio se mezclaron como la aversión de hace rato en su garganta. Sin poder gritar, tampoco escupir, reaccionó con risas bajas que llamaron la atención de sus aves mientras los golpes, antes persistentes al otro lado de su puerta de entrada, cesaban.
El recuerdo de la humillación que la hizo pedazos estaba frente a ella, devorando sin escrúpulos parte de su flora con ojos vacíos, sin sentido, pesados, inexpresivos. Era igual a las bestias que tiraron su piel hasta romperla y que golpearon sus huesos hasta volverlos polvo, también a aquellos que se limitaron a observar su decadencia como si fuera un sujeto de estudio. Una sucia rata.
Un incontrolable temblor volvió a apoderarse de las manos de la mujer cuando, de su cuenca vacía, brotó sangre aguada, oscura por el fango, con pétalos y las puntas de algunas raíces. Su labio inferior se apretaba con insistencia contra sus dientes superiores, pero temerosa de un nuevo desprendimiento, inhaló hondo y exhaló suavemente.
Con una agobiante lentitud alzó la cabeza mientras que su ojo hacía contacto con sus fieles aves quienes presenciaban la escena con alas extendidas esperando la próxima orden. El roedor, percibiendo la pesada mirada de todos los seres, dejó de lamer el contenido ocular, pero para ese momento era señalado por el dedo acusador de la mujer. Sin vacilación, comenzó a correr a cualquier lugar de ese inestable departamento, no obstante Carry jamás dejó de apuntarlo.
— Si tienen hambre, ahí está su merienda.
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Índice
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Parte 1: Groteskanya
10 Oct 2026 · ▲ 1 / ▼ 0