Qué frívola se ha vuelto la caída de las ilusiones en estos tiempos de usar y tirar, donde todo se desecha antes de que alcance a enfriarse en las manos.

Antes, la pérdida de un espejismo poseía un peso específico, una gravedad solemne y casi arquitectónica: te dejaba meditabundo en la esquina de cualquier calle, mirando hacia el vacío con el esternón hecho trizas, pero conservando la extraña y silenciosa dignidad de poder continuar el viaje. Existía todavía la inocencia de alzar la vista para divisar lo hermoso, de creer de verdad que dos aves podían cruzar el cielo juntas hasta el final de sus días, o de romantizar el mundo pensando que el afecto era un pacto sagrado y no un instinto estéril que se agota en la primera orilla.

El ser humano, en su soberbia infinita, arraigó con desesperación la fantasía de una vida llena de privilegios emocionales: el amor eterno, la pareja única esculpida a medida, el cuento de hadas inquebrantable que desafía a la intemperie. Y uno se detiene a calcular el tamaño de esa inocencia colectiva bajo la luz de una farola titilante: ¿cuántos, en este páramo cínico, siguen creyendo en esa fábula?

Quizás la respuesta se reduce a un puñado de almas contables con los dedos de las manos, o tal vez el número es infinitamente más vasto, más grande... y, por ende, más dolorosamente estúpido.

No me consideraría un idiota por el simple acto de amar, porque el amor —cuando es auténtico— es una fuerza geológica que no pide permiso antes de arrasar con todo. Pero sí, reconozco la imbecilidad en haber creído que la primera, la segunda o cualquiera de nuestras primeras apuestas iban a ser las únicas, las definitivas, las que se salven del naufragio. Dichosos aquellos lisiados emocionales o afortunados crónicos que encontraron esa lotería tan insultantemente envidiable, inmunes al desgaste de la marea.

Por lo tanto, lo asumo sin anestesia y sin buscar coartadas: soy un idiota en el amor. Y serlo conlleva la factura completa, sin descuentos. Significa llorar hasta secarse los conductos, sufrir en silencio mientras el mundo sigue girando indiferente, sentir cada fibra rasgarse por dentro, incluso cuando uno creyó, en su arrogancia juvenil, que había sido fabricado únicamente para romper corazones y actuar como un espectador cínico e invulnerable. No, no navego en esas aguas de cartón piedra. Soy un estúpido empedernido en el arte de querer, un náufrago que insiste en construir balsas con madera podrida.

Mi conclusión, después de pasar por el taller de hojalatería y pintura de la propia existencia, es simple: seguiré sufriendo cada vez que esa frágil ilusión se rompa en mil pedazos contra los arrecifes de la realidad.

¿Y sabes qué? No me importa en lo más mínimo.

Porque, a decir verdad, por más que la sangre manche el piso, por más que el mecanismo interno termine rechinando y que las cicatrices pesen como plomo... amo amar.

Amo el vértigo de la caída, el ardor de la herida abierta y la terca, hermosa y estúpida certeza de volver a empezar, sabiendo perfectamente que la casa siempre gana.

—Mr. Godman.

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