Kuromori añadido nuevas fotos a Escritos
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Sakura.

La primera vez que los cerezos florecieron después de la muerte de Mei, Haru no fue a verlo.

Se quedó encerrado en su apartamento, con las cortinas cerradas y la guitarra apoyada en una esquina de la habitación. Afuera en la ciudad de Tokio las personas seguia moviéndose con la misma indiferencia de siempre. Los trenes llegaban a tiempo, la gente reía y los estudiantes caminaban bajo la lluvia de pétalos rosados.

Él no podía soportarlo. Porque el mundo había tenido la osadía de seguir adelante. Mientras que él, sentado junto a la ventana, observó el anillo que descansaba en su dedo, lo giró tres veces, con lentitud.

Una costumbre que había adquirido sin darse cuenta. Como si tocarlo pudiera encontrar regresar en el tiempo, regresar a los días en que ella existía, el día que la conoció bajo ese árbol de cerezos. Aquellos días en que Mei era la que llenaba el silencio con su dulce voz, aquellos días en los que la luna no parecía distante, donde en los que todavía creía en el futuro, que era una promesa.

Cerró los ojos, por un momento creyó escuchar una risa ligera y suave, familiar. La misma que solía burlarse de su patética pronunciación al intentar hablar chino. La misma que le brindaba calidez a su soledad… pero al abrir los ojos, no había nadie. Solo la ausencia.

— Aún sigues haciéndome escuchar cosas que no existen. — sonríe y siente que su voz se pierde en la habitación. Pero nadie respondió.

La primavera siempre había sido la estación favorita de Mei. Decía que los cerezos eran hermosas precisamente porque estaban destinados a caer y morir. Que algo eterno jamás podría ser tan precioso como algo fugaz.

En aquel entonces él había discutido con ella. Había insistido en que las cosas importantes debían durar para siempre, que el amor era una de ellas. Qué ingenuo había sido. Porque los cerezos cayeron… y Mei también. La diferencia era que los árboles volvían a florecer el próximo año, pero ella no.

Sin embargo, esta vez no lloró. Las lágrimas habían abandonado su cuerpo hacía mucho tiempo, ahora el dolor estaba escondido en lo profundo.

La noche había caído en la ciudad, la luna brillaba sobre los edificios y distante. La misma luna que ambos habían observado incontables veces.

Haru se apoyó sobre la barandilla.

— Hoy florecieron los cerezos, Mei. — el viento movió un poco su cabello, frío, llevándose las palabras lejos, quizás hacia ella, ya no importaba. — Pensé que debía decírtelo.

Bajó la mirada, sus dedos encontraron el anillo una vez más. Lo sostuvo con fuerza, era lo único capaz de impedir que ella desapareciera por completo.

— Siguen hermosos… — su garganta se cerró. Durante un momento creyó que no podría continuar, pero lo hizo. Mei le había enseñado fortaleza, ¿por qué flaquear ahora? — Aunque sigan cayendo… buenas noches, Mei.

Silencio… por primera vez en mucho tiempo, Kuromori no sintió rabia hacia él, solo una tristeza serena. Una aceptación que aún dolía, pero que ya no lo estaba destruyendo.

Los pétalos siguieron descendiendo desde algún lugar de la ciudad, llevados por el viento de primavera. Hermosos, efímeros e imposibles de retener. Eran como una canción que terminaba demasiado pronto, como una vida, como Mei.

Haru levantó la vista hacia la luna y cerró los ojos. Sonríe, porque durante ese instante fugaz, mientras los pétalos rosas seguían cayendo sobre Tokio, le pareció que le viento olía a jazmín.

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Septiembre Amarillo - Tu Vida Importa
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