Que sea sacerdote no le da la paciencia de un Santo.

Entiende las vicisitudes humanas, las peripecias sentimentales. Pero no excusa —ni indulta— la estupidez criminalmente deliberada.

Ya le han llamado monaguillo tres veces, a saber si pretenden colmarle la paciencia o ven su rostro rejuvenecido como una invitación a proferirle una sarta de sandeces.

—Dame voluntad, Señor. —ruega alzando la vista al cielo. —Que si me das fuerza, los excomulgo a todos.

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