La llovizna bañaba las calles de la ciudad, que ya de por si se encontraba teñida de esa oscuridad tan característica de la noche. Los callejones por los que aquella melena pelirroja se desplazaba estarían completamente silenciosos de no ser por el sonido de las suelas resonando contra el asfalto vez tras vez q un ritmo acelerado.

Desde luego, podía confiar en sus habilidades humanas y sobrenaturales para ayudarla con las trampas y engaños. Pero no siempre estas serían suficiente para apartarla de los resultados de estas acciones.

Como resultado de ello estaba siendo perseguida por uno de los matones de su última víctima. En realidad Ariadne no le hizo nada tan malo, sólo se fingió impresionada por lo que fuera que ese sujeto considerara un encanto personal para atraer a las damas. Hubo algunos juegos de cartas, acompañados de la mejor champaña del lugar y un poquito de ilusiones. Lo que obtuvo fue un bebé llorón incapaz de aceptar su derrota.

Aunque, tal vez, bajarle los humos cuando la quiso llevar a rastras a su cuarto fue lo que en verdad lo hizo enojar.

Casi resbala al pisar una zona particularmente resbalosa del suelo mojado, pero aún así no se detuvo. Sin embargo, eso sí ralentizó un poco su ritmo y fue favorecedor para su perseguidor, quien no demoró mucho después de eso en alcanzarla y jalarla por los hombros.

—El jefe te quiere entera, así que no lo hagas más complicado.

Le advirtieron mientras creían que podrían immovilizarla.

—Preferiría no darle el gusto esta noche.

La pelirroja respondió a modo burlesco y logró acertar un buen pisotón que distrajo a su oponente lo suficiente para desprenderse de su agarre.

Pero esta vez no huyó. Ahora podría ser un combate más justo, pues los otros secuaces quedaron muy atrás desde hace rato. Valía la pena intentarlo de frente para irse en paz.

—Oye, ¿Qué opinas? —empezó a tentar terreno— te golpeo algunas veces y regresas a llorarle a tu jefe. Dejamos de perder el tiempo aquí y cada uno acaba la noche descansando, bebiendo un poco de chardonnay o... lo que sea que acostumbres tomar.

De hecho, no lo decía en serio. Y la mirada del tipo podía expresar que no se lo tomó para bien.

—Las chicas como tú no saben cuando dejar de meterse en problemas.

Ariadne se alzó de hombros, resignada, sin perder su sentido del humor antes del primer impacto. Su atacante fue directo hacia el rostro, pero ella alcanzó s esquivarlo poniendo el brazo en medio y resistiendo al puñetazo. Ella, por su parte, respondió equilibrando su peso y balanceandose para propinar otro golpe bajo que fuera hacia el estómago del oponente.

No se quedó quieta mucho tiempo, aún si el suelo sobre el que caminaba era traicionero. Lo peor aue podía hacer en este caso era darle tiempo a su oponente de planear los ataques. Algunos de estos dieron en el blanco, y vaya que la hicieron retroceder del dolor, pero hubo otros tantos que gracias que fue capaz de esquivar gracias a sus sentidos sobredesarrollados.

Otro golpe, respondido por una patada para desestabilizar al contrincante. Un jaloneo capaz de hacerla perder el equilibrio casi logra su función antes de que ella jugara con su propio peso para encontrar otro centro gravitacional.

Los golpes, pisadas y movimientos entre ambos eran lo único que rompía con el silencio y la oscuridad casi absoluta de aquel callejón solitario. Apenas una lámpara les iluminaba, y con eso era suficiente.

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