(2/2)
No contempló que vendría a su encuentro.
— No, no me atrevo... — contestó ella con la voz ronca, su tono reflejaba que no había hablado durante mucho tiempo.
Apretó con cautela las riendas del caballo pues la pregunta le parecía extraña... Si intentara escapar, no llevaría a Onyx consigo, el corcel no solo la cuidaba sino que también, si salía con él, Caos podía saber exactamente donde se encontraba.
El silencio se extendió entre ellos, tenso pero sin incomodidad. Katherine vio como la sombra de él la cubría debido a la proximidad, acercándose a ella. Caos tomó las riendas de Onyx en su mano, sin quitárselas.
— Entonces no te importará si envío a alguien para que te cuide mientras estás fuera. — pronunció Él.
— Si es su deseo... — Aunque frunció el ceño con leve fastidio, no por las intenciones que Caos tuviera con este gesto, sino por la idea de ser seguida por los brutos de sus huestes.
Con ellos, acechando a su sombra, no tendría la libertad de correr con el caballo como quería. O emprender el vuelo y colarse entre las nubes, sin sentirse perseguida por los mismos que la trajeron violentamente a las tierras demoníacas.
Caos pareció leer su expresión aunque ella intentara disimularlo bajo la obediencia de sus palabras. Y, pese a que no dijo nada de inmediato, tiró suavemente de las riendas del regalo que le hizo, sin brusquedad, como una indicación de que comenzara a caminar.
Con la otra mano, Caos extendió los dedos hasta rozar el lomo del corcel, un movimiento sutil sin tocarla directamente, colocando su brazo detrás de ella.
— No me hagas esperar demasiado — le susurró, girando la cabeza un poco para pronunciar esas palabras contra el cabello de ella — O iré a buscarte.
Katherine asintió y, aunque permanecía con el rostro levemente inclinado, sonrió por lo bajo. Caminó por en medio, resguardada por el corcel y la compañía de Caos.
El sendero marcado por el Emperador los condujo hacia una zona oculta del jardín tras los muros del palacio. El murmullo de las cascadas cercanas añadía un fondo melódico cómodo a su caminata silenciosa, un sonido sereno que se mezclaba con los cascos del corcel contra el suelo.
Los jardines que bordeaban el palacio guardaban un aire fascinante; era hermoso, sí, pero también extraño. Cada pétalo, el aroma de sus flores... era único. Entre las ramas de los árboles pequeñas luces danzaban, semejantes a luciérnagas, aunque más intensas, como fragmentos de estrellas atrapadas en la oscuridad.
Llegados a cierto punto, Caos se detuvo, parando el movimiento de Onyx y Katherine por igual. Finalmente ella elevó el rostro para verlo y encontrarse con el suyo...
Su mirada no había cambiado, esa intensidad que brillaba con suma atención. Esos ojos que podían atravesarla, leer más allá de su alma, casi anticipar sus pensamientos.
Notó como Caos recorrió su semblante.
Era inútil tratar de esconderse de él, por lo que no intentó mejorar su expresión tampoco.
— ¿Vas a deambular? — La pregunta salió de sus labios con una voz grave y baja, despojada de la severidad habitual.
Katherine negó con suavidad, sin moverse de su sitio, atrapada en la calma que despertaba su voz en ella. Sus ojos no pudieron apartarse de los de él; se perdió en esa intensidad que la desnudaba.
— Hay algo que deseo buscar, prometo que volveré pronto..
Caos sostuvo la mirada unos segundos más, sin apartar los ojos de ella. Era evidente que notaría el cansancio en sus facciones, la debilidad en sus movimientos, la manera en que se aferraba a Onyx para sostenerse.
Pero no la detuvo, la dejó ser.
Se colocó más cerca del corcel y extendió su brazo para ayudarla a subir. Sus manos firmes guiaron el movimiento, asegurándose de que no desfalleciera en el intento.
Incluso cuando comprobó que ella estaba segura sobre la montura no se retiró, no soltó su mano.
— ¿Tienes que ir ahora?— volvió a cuestionarla.
Ella frunció el ceño, leyendo entre líneas la preocupación que él no mostraría.
Katherine apretó los labios con suavidad, cerró los ojos y asintió.
Habían cosas que ella debía hacer sola, así como él actuó por su cuenta. No podía permitir que él cargase con todo el peso por la inestabilidad de sus hijos; ella era la responsable de la corta vida de su primogénito.
Fue por su debilidad. Por la falta de compresión sobre su propia naturaleza. Por darle vida a un niño estando incompleta.
Ella fue la culpable.
Abrió los ojos al percibir como el pulgar de Caos se apretaba en la palma de su mano, esto no le causaba dolor, solo cortó su pensamiento de golpe. Katherine le sonrió y se inclinó, elevando la mano de Caos hacia su boca, para besarle los nudillos despacio, con cariño.
Caos le entregó entonces las riendas del corcel, pero no retiró su mano de inmediato. Sus dedos rozaron los de ella, captando su atención de nuevo.
— Volveré pronto. — Le prometió con suavidad, no solo refiriéndose a su presencia física.