La nieve crujía bajo sus botas mientras avanzaban entre los pinos monumentales del norte de Canadá. El aire helado congelaba hasta el aliento, aunque para él apenas suponía una brisa fresca. El calor de Azroth que ardía en su interior lo mantenía tan templado que se había conformado con una chaqueta ligera y desabrochada, una elección bastante cuestionable para cualquiera que los viera pasar.
Entre sus brazos cargaba un buen montón de leña seca para la chimenea de la cabaña a la que regresarían más tarde. De vez en cuando podía sentir la voz de Azroth vibrando en su cabeza, tentándolo con la solución evidente: un poco de fuego y asunto resuelto.
Pero no.
Había algo especial en hacer las cosas a la antigua. Sobre todo aquella noche.
El joven continuó avanzando hasta que algo entre la nieve llamó su atención.
Se detuvo.
Frente a sus botas había una enorme huella hundida varios centímetros en el suelo. Después otra. Y otra más. Formaban un rastro que desaparecía entre los árboles en dirección a las montañas.
Durante unos segundos contempló el camino que habían dejado antes de volver la mirada hacia Zoé Najwa Nimri . Ella, a diferencia de él, iba abrigada de pies a cabeza.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Digamos que no son vacaciones al cien por cien... Tengo que entregar un informe para que nos reembolsen la cabaña.
Soltó una breve risa y acomodó la leña entre sus brazos.
—Pero, eh, te prometí una cita y técnicamente esto cuenta como una expedición romántica.
Miró de reojo las enormes huellas y después volvió a ella, como si aquello fuera un detalle completamente secundario.
—¿Cómo la estás pasando hasta ahora, cariño?
Zoé Najwa Nimri
Caminaba a su lado con pasos pequeños y cautelosos, concentrada en mantener el equilibrio sobre aquella superficie resbaladiza. Aunque, siendo honestos, la precaución no parecía servirle de mucho. Ya se había resbalado en más de una ocasión && aun así, se aferraba a la esperanza de que Erison no hubiese presenciado ninguno de aquellos vergonzosos episodios. En su mente, mientras él no dijera nada al respecto, podía fingir que conservaba intacta su "dignidad"
El frío, sin embargo, comenzaba a pasarle factura. Sentía los pies helados y un dolor punzante en las puntas de los dedos, mientras sus manos, escondidas como podían, apenas lograban conservar algo de calor. Habría dado cualquier cosa por envolverse en una manta gruesa y acurrucarse junto a una tacita de café o té humeante, lejos de aquel paisaje congelado.
Pero no se apartó de Erison ni se atrevió a sugerir que se detuvieran. En el fondo, confiaba en que, tarde o temprano, encontrarían algún lugar cálido donde refugiarse. Y, aunque jamás lo admitiría con demasiada facilidad, tampoco tenía muchas ganas de que aquel paseo terminara.
—Me la estoy pasando increíble —respondió casi al instante, procurando que su voz sonara tan entusiasta como realmente se sentía.
Acto seguido, se frotó la punta de la nariz con una mano, intentando aliviar el frío que comenzaba a enrojecerle el rostro. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios mientras imaginaba el glorioso momento en que pudiera sostener una taza de té caliente entre sus manos congeladas.
—Tengo un montón de ganas de un tecito calientito —añadió, dejando escapar un suspiro que se convirtió en una pequeña nube blanquecina frente a su rostro.
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