Han pasado semanas, y el ruido nunca se va del todo. No solo no se ha desvanecido; se ha vuelto notablemente más insistente. También percibo que no es igual que entonces. Hay sonidos nuevos, como una estática de fondo que no reconozco.

Lo asocio a una desconfianza que no ha dejado de crecer. Ya no soy capaz de ver a la gente del mismo modo en que lo hacía antes. Cuando alguien, mirándote a los ojos, te dice que no va a abandonarte y después te abandona, ¿qué queda para el resto?

Me obligo a salir de mis zonas de confort, a intentar fumar menos y beber menos, y a lidiar con lo que queda cuando se apaga la luz y estoy a solas en mi cama.

Pero hoy no tengo ganas de estar a solas conmigo mismo.

Hoy necesito hacer más ruido que el que tengo en la cabeza.

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