La habitación estaba bañada por una luz cálida y tenue. Sentada junto a la ventana, dejé que el silencio me envolviera mientras mis dedos se perdían entre mi cabello oscuro. La ciudad seguía su curso allá afuera, pero por un momento parecía tan distante como un recuerdo olvidado.

Apoyé la cabeza contra el respaldo y dirigí la mirada hacia algún punto indefinido. Había algo extraño en la tranquilidad de aquella noche, una sensación difícil de describir. Quizás era nostalgia. Quizás era esperanza. O tal vez era esa necesidad de sentir que, después de todo lo vivido, aún quedaban historias por escribir.

Mis labios se curvaron apenas en una sonrisa discreta. Había aprendido a esconder mis pensamientos detrás de una apariencia impecable, a caminar con la cabeza en alto incluso cuando las dudas pesaban más de lo que estaba dispuesta a admitir. Porque algunas batallas se libran en silencio, y yo era experta en sonreír mientras las enfrentaba.

La luz dorada resaltaba cada detalle de mi figura, pero no era eso lo que realmente definía quién era. No era la belleza, ni los vestidos elegantes, ni las miradas que a veces se detenían demasiado tiempo sobre mí. Era la fuerza que había construido entre las grietas, la mujer que había nacido de cada decepción, de cada caída y de cada vez que decidió levantarse una vez más.

“Quizás mañana sea diferente…” pensé, cerrando los ojos por un instante. Y por primera vez en mucho tiempo, la idea no me dio miedo. ✨

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