La mañana había llegado con una calma casi insultante.
Varían estaba sentado junto a una pequeña mesa, con el cuaderno abierto frente a él. El lápiz se deslizaba entre sus dedos, trazando líneas precisas que poco a poco comenzaban a tomar forma.
Intentaba concentrarse.
Pero, cada cierto tiempo, la punta del lápiz se detenía sobre el papel.
Sus ojos permanecían en el dibujo, aunque su mente estaba en otro lugar.
Aquella noche.
Aquel desliz que ninguno de los dos había planeado.
Varían dejó escapar un suspiro y apoyó el lápiz sobre la mesa, observando el boceto a medio terminar.
No se arrepentía.
Sería absurdo fingir lo contrario. Había querido aquello desde hacía tiempo y, cuando finalmente tuvo la oportunidad, sencillamente dejó de contenerse.
El problema era otro.
"Lucian Morningstar ".
No había sido cualquiera. Era el Rey del Infierno.
Y Varían se había permitido olvidar ese pequeño detalle durante unas horas.
Ahora se preguntaba qué significaría aquella noche para él.
¿Un simple desliz?
¿Una curiosidad satisfecha?
¿O acaso Lucian comenzaría a verlo de otra manera?
Sus dedos volvieron a rodear el lápiz.
Aquello último era lo único que realmente le inquietaba.
Porque Varían había querido hacerlo suyo.
Lo que no sabía era qué había terminado siendo él para Lucian.
Con ese pensamiento todavía rondándole la cabeza, volvió a dibujar, fingiendo que las líneas sobre el papel eran mucho más interesantes que cualquier respuesta que pudiera encontrar en ellas.
Lucian Morningstar
La noche anterior había sido un encuentro no planeado pero, no por ello, menos deseado, especialmente como las cosas se dieron, como parecieron compaginar más allá del libido y lo carnal.
Poco a poco se removió suavemente, con un suave quejido de pereza aunque también la evidencia de que su cuerpo realmente acabó cansado, algo bueno, saciado por completo.
Al ir levantándose, un bostezo largo y acompañado de una pequeña lágrima en la orilla de su ojo, se dejó ver, además de estirarse, curiosamente, con la similitud de un felino mientras sus cabellos caían y delineaban de nuevo su silueta desnuda, con marcas cual tatuajes por los hombros, el cuello y las caderas, cada una hecha por ese hombre.
—¿Varian...?
Lo llamó, suave, buscando primero a tientas y luego abriendo los ojos, notándose solo en el sofá, mirando cerca para asegurar que había ropa tirada pero sólo la suya, hecha girones, casi formando un puchero ante la idea de ser dejado así sin siquiera avisar.
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