━━━ 𝐄𝐍𝐓𝐎𝐍𝐂𝐄𝐒... ¿𝐐𝐔𝐈𝐄𝐍 𝐒𝐎𝐘 𝐘𝐎? ━━━

ᅠ✱ · 𝗽𝗲𝗻𝗻𝗲𝗱 𝗯𝘆 : #velvetroseᅠᅠᅠᅠ

       。。。

¿𝘘𝘶𝘪é𝘯 𝘴𝘰𝘺 𝘺𝘰... 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘢 𝘯𝘢𝘥𝘪𝘦 𝘭𝘦 𝘪𝘮𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢?

Comprendía bastante lo que significaba ser parte de su familia. El honor, el compromiso y el respeto. Sus padres se habían asegurado de criarla de un modo que fuese la hija perfecta, la princesa ideal, una imagen pública digna de los Grimaldi y un ícono para el pueblo de Mónaco. No había lugar para fallas en su presentación de ninguna índole.

Todo eso estaba bien, podía hacerlo, pero dentro de su corazón estaba esta clase de hueco extraño. Seguía siendo solo una niña de trece años, con inmadurez y muchas preguntas todavía por responder. Alguien con pensamientos propios, ideas, enigmas, y cientos de complejidades. Una persona independiente al resto de la familia en muchos aspectos, pensante y orgullosa de su propia sensibilidad. Un ser que, para bien o mal, necesitaba atención, y que la falta de esta podía resultarle demasiado perjudicial.

—¡No puedo creer que no fueran! ¡Otra vez!

La joven rubia subió de mala gana al vehículo que aguardaba por ella en la entrada. Nada menos que un auto negro y elegante, con cristales polarizados, puertas tan limpias que podrías ver tu reflejo en ellas y un sistema de seguridad adelantado a su época. Arrojó su mochila y algunas pertenencias antes de tomar asiento en la parte trasera y abrocharse el cinturón de seguridad como acto reflejo.

Este era su gran día. Se suponía que sus padres asistirían a verla competir en las finales de gimnasia nacional. Pero en lugar de eso, solo hubieron dos asientos vacíos y varios murmullos a las espaldas de la chica Grimaldi. Claro que los adultos no se fijan en esas cosas. Pero los demás niños de su edad eran crueles, todo lo observaban, lo analizaban y lo usaban como un arma filosa para hacerte sentir mal por los meses venideros.

—Será para la próxima, alteza. Sus padres, por desgracia, tuvieron bastantes ocupaciones el día de hoy.

El chofer la miraba de reojo mediante el retrovisor, asegurándose de que todo estuviera en orden mientras ponía en marcha el motor. Claro que para las apariencias todo se veía bien, pero él lograba divisar más al fondo, al centro de la mente de la menor.

—Ni siquiera tú te lo crees, Walter. Me dejaron plantada. ¡Simplemente lo olvidaron!

A Irina se le podía notar la molestia desde muy lejos. Cualquiera que la escuchara hablar en ese momento lo intuiría. Actuaba enfadada, pero por dentro estaba haciendo todo lo que podía para no llorar hasta llegar a casa, correr sin mediar palabra con nadie y encerrarse en su habitación. De hecho, ya estaba considerando que era buena idea negarse a bajar para la cena de esa noche.

—Puede que tenga razón. Pero estoy seguro de que, tarde o temprano, algo los va a hacer darse cuenta. ¿Por qué no sólo les habla de su sentir?

Una risa algo burlona se escuchó desde el asiento de atrás del vehículo.

—¿Hablar con ellos? ¿Sabes lo que pasa cuando intento hablar con ellos? —se mordió el labio antes de proseguir—. Siempre dirigen la atención hacia otra cosa, cambian el tema. Les encanta recalcar mis malos modales o modos incorrectos de comportarme. Eso les importa mucho más que cualquier cosa que yo pueda sentir.

Walter ya carecía de ideas para brindarle a la joven princesa. En serio que trataba de ayudar, pues la niña le era importante desde su mismo nacimiento. Pero tendría que resignarse a que siempre habría cosas fuera de su control. O incluso fuera del control de Irina.

Minutos silentes pasaron y la rubia empezaba a tranquilizarse un poco de la emoción inicial. Miraba a través de la ventana, contemplaba los paisajes, los imponentes edificios, las tiendas y plazas atiborradas de gente cuyas vidas probablemente habrían de ser más interesantes que la suya. Eso solo le dió una idea.

—Como sea —soltó un suspiro que parecía expresar que se había dado por vencida—. Te doy veinte euros si me llevas a tomar un helado y de paso a la librería antes de regresar a palacio.

No era mala idea. Lo único que la impedía eran las expresas indicaciones del príncipe de Mónaco para transportar a su hija de regreso a casa sin escalas. Eso tendría que ser suficiente para evitar cualquier gesto de desobediencia, pero, siendo sinceros, ¿Cuánto les tomaría a los príncipes darse cuenta que Irina se estuvo paseando por el país antes de regresar de la competencia?

—Sabe usted que me he vendido por menos que eso —respondió el chofer con humor—. Y no merece menos la ganadora de la familia.

Le ofreció una sonrisa amable a la joven, quien lucía en el cuello una medalla de plata con la grabación de segundo lugar nacional. Hasta ese momento, Irina no se había dado la oportunidad de disfrutar de esa pequeña victoria. Y mientras ella apreciaba por primera vez esa bien merecida medalla, rozándola con los dedos y fijándose en cada detalle de su composición, Walter ya iba tomando la desviación pertinente para asistir a la heladería preferida de la joven princesa.

• 𝗹𝘂𝗴𝗮𝗿: complejo stade louis II, mónaco
• 𝗳𝗲𝗰𝗵𝗮: año 2011

image