El reloj de la plaza marcaba las cuatro de la tarde, pero para Annelise, el tiempo se había detenido hacía horas. Había cambiado las frías luces fluorescentes del aula de matemáticas por el sol de otoño en el parque, y la voz monótona de su profesor por las risas compartidas con Mateo. Saltarse las clases por primera vez le había provocado un nudo de adrenalina en el estómago, una mezcla embriagadora de libertad absoluta y rebeldía adolescente.
Mientras caminaban de la mano hacia la parada del autobús, Annelise repasaba mentalmente su coartada. El profesor de química nos dejó salir tarde, perdí el primer camión y tuve que esperar casi cuarenta minutos. Era una mentira sencilla, sin fisuras, lo suficientemente aburrida como para que nadie hiciera preguntas adicionales. Se despidió de su novio con un beso rápido antes de subir al transporte, sintiéndose invencible, como si hubiera burlado las reglas del mundo adulto sin dejar un solo rastro.
Sin embargo, esa cálida sensación de triunfo comenzó a desvanecerse en el instante en que la llave giró en la cerradura de su casa.
El pasillo estaba envuelto en un silencio espeso, casi asfixiante. Faltaba el habitual murmullo de la televisión de fondo o el ruido metálico de los platos en la cocina. Annelise cerró la puerta con cuidado, quitándose la pesada mochila de los hombros con una lentitud que delataba sus nervios crecientes.
—Ya llegué, mamá —anunció al vacío, intentando inyectar una dosis de normalidad y tedio en su tono de voz.
Nadie respondió.
Avanzó con cautela hacia la sala de estar y entonces la vio. Su madre estaba sentada justo en el centro del sofá de cuero, rígida como una estatua. No estaba leyendo, ni mirando el celular, ni tejiendo. Estaba simplemente allí, rodeada por la penumbra de la tarde, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho y la mandíbula tensa. Su mirada, afilada e implacable, se clavó directamente en los ojos de Annelise antes de que la chica pudiera dar un paso más.
Sobre la mesa de centro, iluminado apenas por un rayo de sol que se filtraba por la persiana, descansaba el teléfono de la casa.
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