La Balada del Tiempo Congelado


Cabello de cobre, cascada de fuego líquido,
sobre la palidez de un mármol exquisito.
Sus ojos, dos zafiros donde la eternidad reposa,
contemplan el ocaso, una noche silenciosa.
Es Claudia, la eterna niña, por fin madurada,
con la elegancia cruel de la más refinada.
Flota en la dorada luz de un atardecer mentiroso,
vestida de crema y niebla, un sudario hermoso.
Su vestido de seda, como mortaja de novia,
oculta el corazón helado de una historia sombría.
A su lado, un cisne, un espectro de blancura,
refleja su gracia y su eterna desventura.
El sauce llorón inclina sus ramas sobre el estanque,
donde yace ella, la reina de un antiguo aquelarre.
Las flores en la cesta, un memento mori pálido,
un guiño a la vida que en su cuerpo ha fallado.
Ya no es la niña del París de los malditos,
sino una mujer que ha contado los infinitos.
Su belleza es un pacto, un espejo de sangre,
donde el dolor de siglos nunca se desangra.
Es la fantasía gótica, la elegancia del monstruo,
navegando eternamente en este estanque nostálgico.
Claudia, la que nunca crece, pero ahora camina,
por un mundo de sombras que el sol nunca ilumina.
Ella es la noche, el cisne negro en el agua,
la belleza eterna que el tiempo no desgarra.
Con cada latido ausente, su historia se repite,
una condena exquisita que ella, serena, habita.
La dama del bote, la inmortal en su trance,
es Claudia adulta, más allá de todo alcance.

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