Maila se encontraba en el centro del estudio, rodeada por el brillo de los reflectores y el sonido constante de las cámaras. Aquella sesión de fotos era importante, pero la confianza con la que se movía hacía que todo pareciera sencillo.
Vestía un conjunto elegante que resaltaba sus facciones y acompañaba cada movimiento con naturalidad. Cuando el fotógrafo le pidió que mirara por encima de su hombro, ella lo hizo lentamente, dejando que una leve sonrisa apareciera en sus labios.
—Perfecto, no te muevas —dijo él mientras disparaba la cámara una y otra vez.
Maila sabía exactamente cómo atraer la atención. Su mirada intensa, la seguridad con la que sostenía cada pose y el aire de misterio que la rodeaba hacían imposible apartar los ojos de ella. No necesitaba decir una palabra bastaba un gesto sutil o una sonrisa apenas insinuada para llenar el ambiente de una energía difícil de ignorar.
Las fotografías continuaron durante varios minutos. Cada destello capturaba una versión diferente de ella, elegante, segura, coqueta. Cuando finalmente revisó las imágenes en la pantalla, sonrió satisfecha. Había conseguido exactamente lo que buscaba, dejar una impresión imposible de olvidar para aquellas personas que admiraban su trabajo.