Llego a casa y al abrir la puerta no huele a café. Ni a su perfume. Ni a hogar. Huele a lo que siempre ha sido: una base de operaciones clandestina, un piso franco.

Una mierda.

Dejo caer la mochila en la misma entrada y vuelvo a salir. No quiero estar aquí. Necesito quemar gasolina y la llave de la moto me pesa en el bolsillo.

No sé exactamente cuánto tiempo he gastado ni cuántos kilómetros he recorrido. Lo único que sé es que acabo en una zona donde tengo una vista increíble del cielo nocturno. Creo que he estado antes en este lugar. Huele a humedad y a polución, y las botas se me adhieren al suelo pegajoso con cada paso.

Pero me da absolutamente igual.

Ante mí se extiende la maravillosa visión de la luna menguante y la estrella polar. Y justo en ese instante, como si hubiese esperado a que mirase en su dirección, una estrella fugaz.

Debería pedir un deseo.

Si creyera en esas gilipolleces.

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