12 IN A ROW.
Benjamin Poindexter as BULLSEYE
Hora: 02:14 AM

Equipamiento inicial:
x1 pistola semiautomática de nueve milímetros
x1 cargador de 12 rondas de 9 mm
x3 cuchillos de combate equilibrados con hoja de acero al carbono.
Traje táctico reforzado.
EVERYTHING

La puerta de madera pesada del local de apuestas cedió tras una violenta patada. Dentro, la atmósfera estaba saturada de humo espeso, licor barato y el murmullo tenso de más de treinta hombres armados perteneciente a la facción local de la yakuza. Ninguno de ellos anticipó la entrada del mercenario. Antes de que la puerta terminara de abrirse por completo, Benjamin ya había alineado el primer disparo. Un cartucho de nueve milímetros perforó limpia la garganta del guardia que vigilaba la puerta, atravesó el cartílago y continuó su trayectoria para alojarse en la sien del hombre que estaba sentado justo detrás. Dos bajas instantáneas con un solo proyectil.

No hubo tiempo para procesar los acontecimientos. Cuando los dos cuerpos cayeron estrepitosamente contra el suelo, la reacción dentro del establecimiento fue un caos violento de gritos en japonés y sillas volcadas. Benjamin apretó el gatillo tres veces más en una fracción de segundo. La primera bala rebotó en la gruesa tubería de cobre del techo, descendió en un ángulo oblicuo perfecto e impactó en la base del cráneo de un matón que intentaba desenfundar bajo la mesa. Las dos siguientes atravesaron el ojo derecho y la frente de dos guardias alineados en el pasillo principal. Con cuatro disparos realizados, cinco enemigos yacían sin vida sobre el suelo de madera.

Avanzó con paso firme entre la lluvia de proyectiles improvisados que sus rivales disparaban a ciegas. Los yakuzas intentaban cubrirse tras las mesas de póquer, pero Benjamin leía las superficies del recinto como un mapa de geométrica de trayectorias exactas. Disparó al borde metálico de una caja fuerte de hierro; la bala salió rebotada hacia un gran espejo colgado en la pared, fragmentándolo y redirigiendo la cabeza del proyectil hacia el cuello de un tirador oculto tras una barra de bar. Dos disparos más impactaron en las articulaciones expuestas de un par de hombres armados con subfusiles, haciendo que se dispararan entre sí en su agonía.

Un noveno cartucho destruyó la cadena metálica de una lámpara pesada de araña que colgaba del techo, haciéndola caer como una guillotina de cristal y hierro sobre un grupo de cinco yakuzas que intentaban flanquearlo. Con los últimos tres cartuchos de su única pistola, alineó un tiro directo al tanque de un encendedor de mesa de latón que un miembro intentaba guardar en su chaleco con desesperación. La explosión del pequeño recipiente proyectó metralla de metal caliente que atravesó las yugular del mismo y uno que estaba a su costado. La doceava y última bala rebotó en la pata de una mesa de billar y penetró en la cavidad torácica del contador del grupo. Treinta y cinco segundos de incursión, doce disparos efectuados, veintiún yakuzas eliminados. El cargador de la nueve milímetros quedó vacío y la corredera trabada hacia atrás.

Sin perder el impulso del movimiento, Benjamin arrojó el arma vacía con una precisión devastadora. El cañón de la pistola se incrustó directamente en el puente nasal del yakuza más cercano, matándolo al instante por el impacto traumático. De inmediato, desenfundó sus tres cuchillos de combate en una secuencia fluida. Lanzó el primero en una trayectoria parabólica baja; la hoja cortó la garganta de un hombre, continuó su viaje y se clavó hasta la empuñadura en la frente del sujeto detrás de él. El segundo cuchillo fue proyectado hacia el suelo de baldosas cerámicas, rebotando hacia arriba para cercenar la arteria femoral de un objetivo en movimiento. El tercer cuchillo voló recto y atravesó el corazón del último guardia que intentaba bloquear la salida trasera.

Para los supervivientes restantes, el recinto se convirtió en un arsenal para el mercenario. Benjamin tomó un vaso de cristal pesado de la barra y lo lanzó contra una columna de concreto; los esquirlas salieron despedidas como metralla, cegando y degollando a tres hombres simultáneamente. Un taco de billar roto se convirtió en tres estacas mortales lanzadas a una velocidad sobrehumana que atravesaron los pechos de los atacantes. Un par de dados de metal, un cenicero de bronce macizo y hasta un lápiz que yacía sobre un cuaderno de apuestas volaron por el aire con una fuerza ejecutora impecable, perforando cráneos y arterias. En cuestión de dos minutos, los treinta y cinco miembros del grupo yacían inmóviles en medio de una masacre milimétricamente calculada.

El último yakuza, el objetivo principal que custodiaba un maletín, logró escabullirse por la puerta de servicio durante la matanza. Afuera, el sonido gutural de una motocicleta de gran cilindraje rompió el silencio de la noche mientras el motor aceleraba a fondo por la avenida principal.

Benjamin no corrió tras el vehículo. En su lugar, caminó con calma hacia el callejón lateral paralelo, calculando la velocidad de la motocicleta, la fricción del pavimento húmedo y la distancia exacta hasta la intersección. Salió al pasaje a oscuras justo cuando el rugido del motor se aproximaba a la esquina. Al lado de un contenedor de basura, divisó un trozo de tubo de fontanería de hierro fundido de unos veinte centímetros, destacando entre los escombros.

Lo tomó entre sus dedos, sopesó la masa del metal por un milisegundo y lo arrojó con una fuerza letal hacia el suelo, calculando el ángulo de rebote perfecto. El tubo rebotó en el asfalto y se alojó limpiamente entre los radios de la rueda delantera de la motocicleta en pleno movimiento a más de cien kilómetros por hora.

El bloqueo instantáneo destruyó la horquilla delantera. La motocicleta voló por los aires en un giro violento, proyectando al conductor sobre el pavimento. La máquina se estampó contra el muro de ladrillos, mientras el yakuza derrapaba dramáticamente por el suelo hasta quedar tendido junto al bordillo, gravemente herido, sujetando con desesperación el maletín que Dex estaba buscando.

Benjamin emergió lentamente de la penumbra del callejón. El yakuza, tosíendo sangre y luchando por respirar, levantó la mirada aterrorizado hacia la silueta que se acercaba sin prisa.

"—Lamento lo de tu moto, amigo..te juro que no fue nada personal."

Antes de que el hombre pudiera articular una respuesta o intentar defenderse, Benjamin hizo un leve movimiento con la muñeca. Un cuchillo de rescate que había recogido del suelo durante la caminata voló en línea recta y se clavó con un sonido seco justo en medio de las cejas del objetivo. La muerte fue instantánea.

Benjamin se inclinó sobre el cadáver, desenganchó el maletín de la cadenilla atada a su muñeca, y sin prisa pero sin calma, se enderezo. No se molestó en abrirlo ni en revisar su contenido. No le importaba si contenía diamantes, planos industriales o secretos de estado. Para él, aquello no era personal ni ideológico. Era simplemente un encargo cobrado con precisión impecable. Dando media vuelta, desapareció en la niebla nocturna de la ciudad sin dejar rastro de su paso.

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