(Rol privado con Striker)

𝙍𝙝𝙞𝙣𝙚𝙨𝙩𝙤𝙣𝙚 𝙚𝙮𝙚𝙨



Irónico. Vox lo había conseguido, ahora eran de ellos cielo e infierno. Todo en su mano pero aún así… mirándo por la ventana de la nueva y radiante torre de los V, Valentino se sentía más vacío que nunca.

Si, habían ganado pero… ¿A que precio? Desde luego la polilla deseaba poder volver atrás, cuando todo era mucho más sencillo, unas cuantas grabaciones por aquí, un local por allá, algo de extorsión, un pequeño tiroteo para dejar a cada quien en el lugar que le corresponde, una pizca de manipulación informativa… y ya está, ya eran de oro. Pero ahora…

Suspiró mirándo su reflejo en el cristal de la ventana, se había acostumbrado a vestir de luto y el negro ñe sentaba bien. Acarició el colgante que llevaba al cuello un relicario donde ocultaba como el mayor de los tesoros un mechón del cabello de Velvette. Aún olía a ella. Cerró los ojos estrechando dicha joya y respirando hondo, sintiendo como bajo sus gafas de sol sus orbes se empañaban de lágrimas que se resistían a salir y su respiración se quebraba. Se volteó, viendo un sofá cubierto de rosas, las flores más Jodidamente caras y difíciles de encontrar ahí abajo, sus favoritas. Sabía muy bien de quién eran. Caminó hasta ellas y tomó uno de los enormes ramos en brazos, estrechándolo y oliendo su perfume, buscando en su esencia un modo de calmar aquel corazón que, hasta el momento ni si quiera sabía que seguía teniendo.

Abrió, lentamente los ojos, con una pequeña sonrisa, acariciando los suaves pétalos con delicadeza pasando a penas las yemas de sus dedos y disfrutando de aquel tacto aterciopelado, incluso sus alas y antenas se alzaron un poco.

—Siempre fuiste un cabron detallista…—susurró, con ternura. Pero entonces apretó la mandíbula y frunció el ceño, recordando el relicario que llevaba al cuello, al,aplastando una de las rosas y haciéndola picadillo on esa misma mano que hacía unos momentos las había acariciado con tanta benevolencia—. Pero no puedo perdonarte. No esta vez, Vox.—se recordó a si mismo mientras los pétalos destrozados caían al suelo. Con desgana, Valentino dejó caer el ramo en aquella montaña de flores, y volvió a caminar hacia la ventana, abrazándose con sus brazos superiores el vientre en busca de auto consuelo y es que había una reqlidad cruel. Valentino no tenia a absolutamente nadie ya. Los V nunca fueron especialmente amados, y él menos su reputación lo precedía y no se arrepentía de eso, estaba en el infierno por una razón, y más que un castigo, había convertido aquel lugar en su paraíso de depravación personal. Sin embrago, todo eso no significaba nada, faltando como faltaba ahora Velvette, la mujer a la que más había amado y respetado en toda su vida, y seguia haciéndolo, pues ya había pasado medio año y Valentino se negaba a abandonar el luto, algo que no habia hechó jamás por nadie. Y lo más irónico de todo, era que el culpable de su muerte fue precisamente su otra mitad. La otra única persona a la que amaba más que a su vida, Vox.

Así que estaba atrapado, odiándolo y amándolo de igual modo, con la misma dolorosa intensidad. Le repugnaba su mera presencia, le daban ganas de dispararle (y más de una vez lo habia hechó y le había reventado la pantalla sin miramientos) pero, al mismo tiempo necesitaba su cercanía en aquel doloroso duelo. Era irónico, ahora que tenían cielo e infierno, por fin el más allá realmente era un castigo.

Necesitado de compañía y a falta de alguien y de las ganas de salir a buscar a cualquier pobre infeliz, tomó el teléfono y marcó un número. Uno que había marcado muchas veces para eliminar a otras personas de forma discreta, ó para conseguir ciertos objetos. Solo que ahora lo hacía para algo mucho más patético, y es que hasta él era consciente de eso. Al otro lado, alguien descolgó el teléfono y Valentino impostó su mejor sonrisa y su distintivo tono de voz amielado pero venenoso.

—Hola papito ¿Verdad que por un módico precio vas a ser tan bonico de venir a verme? ~

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