Aún tengo los dedos entumecidos del martilleo de la M2. Su calibre .50, detonando de forma ensordecedora, se siente parecido a cómo me late el corazón cuando sus ojos azules me miran.

Entre mis dedos tiembla una maltrecha fotografía que siempre llevo en la cartera. Nos la hicimos semanas antes de que me fuera de misión. Tuve la necesidad de tenerla en físico, así que bajé a la copistería que hay a dos manzanas del apartamento. Cuando llegué a casa, ella la firmó con un rotulador azul y su bonita caligrafía.

Llevo días metido en un campamento, operando en territorio hostil, en mitad de una guerra que me trae sin cuidado.

Su ausencia pesa ahora como si cargara con ella a cuestas al caminar. Siento su peso en cualquier campo de batalla. Aún consigo concentrarme en los objetivos y ser el mejor del pelotón. Hasta que cae la noche y me doy cuenta de que no sé cómo deshacerme de esa sensación.

Ella es la única variable que no sé controlar ni gestionar.

Mi sistema nervioso la sigue identificando como una amenaza. Una para la que sigo sin tener las herramientas.

Pero estoy aprendiendo.

En esto ella es mi mentora.

Y ahora solo puedo mirarnos en una fotografía.

Ella tan lejos.

Yo en esta mierda.

Le doy la vuelta a la foto y leo la frase que escribió detrás.

«Estás atado a mí,
y yo a ti,
para siempre.»

Me pregunto cuánto puede resistir realmente la cuerda antes de deshilacharse y partirse.

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