—Dios bendito... ¿Que hago? Debo salir a buscar a Abel... Seguro está solo y asustado, puede que hasta herido. Pero... No puedo volver a dejar a Maxi solo. Si el enemigo atacase otra vez no podría defenderse...—suspiró, presionando se el tabique nasal con el pulgar y el índice
—¿Que puedo hacer? No puedo elegir entre mis hijos...