~Hay noches en las que tardo en entrar a la cabaña. Me quedo junto al lago, incluso cuando empieza a hacer frío. Escucho el agua, el bosque… cualquier cosa que me permita aplazar un poco el momento de cerrar la puerta y oír únicamente mis pasos.

Elegí vivir aquí. Me gusta la tranquilidad. Eso sigue siendo cierto, incluso las noches en que me pesa.

Sé cuidar de mí. Cocino, mantengo la casa, atiendo mis heridas. Tengo una habilidad extraordinaria para seguir funcionando. Supongo que por eso resulta tan fácil creerme cuando digo que estoy bien.

También ayuda que nadie suela discutir con alguien de mi tamaño. Una ventaja bastante inútil para ciertas cosas.

Me cuesta admitir que hay días en los que quisiera compañía. Algo sencillo. Escuchar a alguien moverse por la cocina mientras avivo el fuego. Poder decir que dormí mal sin tener preparada una explicación. Sentarme cerca de alguien y dejar de vigilar, aunque fuera un rato.

Pero cuando tengo la oportunidad, las palabras se me quedan detrás de los dientes. Pregunto si necesita algo. Me aseguro de que no tenga frío. Siempre encuentro alguna cosa que hacer con las manos.

Hablar de lo que me pasa exige una clase de valor que todavía practico poco.

A veces pienso en todas las veces que pude haber dicho «quédate». Recuerdo con demasiada claridad cómo asentí, cómo abrí la puerta, cómo deseé un buen regreso. Fui educado. Lo soy hasta cuando me estoy haciendo daño.

Después recojo, apago las luces y me acuesto. Algunas noches consigo dormir enseguida. Otras escucho el bosque hasta que amanece.

Mañana volveré a ocuparme de todo. Cortaré leña. Prepararé café. Tendré una respuesta tranquila si alguien pregunta por mí.

Esta noche puedo reconocerlo, al menos aquí, donde nadie me escucha:

Me siento solo.

Y me gustaría aprender a decirlo antes de que alguien se marche.~

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