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Habían pasado un par de semanas, he notado que mi madre ha estado cambiando, así como mi hermoso hogar.

Las flores no tienen brillo, ha hecho más frío dentro de casa, a mi madre le ha costado levantarse en sus mañanas... o por lo menos he notado que no tiene ánimo para levantarse.
Me acerco, le sonrío, le canto... Le pico las mejillas, le abro sus párpados jugando... pero ella solo me toma de mi brazo y me lleva a ella, no solo para dejarla dormir; sino para dormir con ella entre sus cálidos brazos.

Ella es mi único refugio, mi calor en esta casa bonita y fría.

Ella es mi hogar... Aunque... extraño su sonrisa. He notado que ya no se maquilla. Sus labios ya no se los delinea desde hace tiempo y, por más que me esfuerzo en hacerla sonreír como antes, aunque lo intenta, solo logro sacarle una pequeña sonrisa cerrada y torcida. Sin entender lo que le ocurre, noto tanto su mirada triste y cansada. Incluso en esas sonrisas que, en mi inocencia, no logro saber que son fingidas.

— Mamita, ¿estás bien? ...

Pregunté jugando con mis manos, pensando en ella mientras toco mis propios deditos, recostada bajo la sábana blanca, rodeada en su bonito abrazo.

Pero no me responde, mamá está muy cansada; su única respuesta fue el silencio y un apretar de su brazo en mi pequeño cuerpo.

— Te amo, mamá...

Me acobijo con ella, aunque mi pequeño estómago gruñe, solo me quedo en silencio rodeándola con mi pequeño brazo; en un abrazo dulce que, en mi esperanza, quisiera con toda mi alma que ella pueda sentirse mucho mejor.