Aprendí a abrazar mi soledad, a encontrar calma en el silencio y refugio en mis propios pensamientos.
Ya no le temo a las noches vacías, ni a ese frío espacio que queda cuando nadie pregunta por mí.
Hice de mi soledad mi compañía, aprendí a quererla, a caminar de su mano sin intentar escapar.
Y aun así... qué extraño es querer estar sola y, al mismo tiempo, desear que alguien se quede.
Porque puedo abrazar mi soledad, puedo hacer las paces con ella, puedo aprender a vivir conmigo... pero eso no significa que algunas noches no me siga sintiendo sola.

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