Amaneció sentada en una esquina del balcón, con la mirada perdida, enrojecida e hinchada por tanto llorar. El cuerpo le dolía por la mala postura, ¿Cuánto tiempo había dormido? ¿En qué momento se había quedado dormida? Quizás habían sido quince minutos. Los ojos le pesaban, sentía que la cabeza iba a explotarle, la mandíbula aún le dolía.
Con la pesadez de alguien que apenas podía abrir los ojos, recorrió con la mirada el desastre que era su departamento. Habían llamado a la puerta varias veces, vecinos quejándose por el escándalo de la noche pasada, suponía. Pero no le prestó atención.
Los vidrios rotos del ventanal esparcidos por el suelo, las maderas quebradas y astilladas de las sillas que había partido al golpearlas contra la pared. Las fotografías arrugadas en el piso, su teléfono roto justo al lado de ella.
—Supongo que ya no me queda nada. —
Susurró poniéndose de pie, en ese momento su rostro se contorsionó en una mueca sincera de dolor, la noche pasada no lo había sentido pero se clavado varios vidrios en los pies, y ahora que su ataque de pánico ya no estaba, el dolor volvía a presentarse. Pero nada se comparaba al dolor que sentía en el pecho en esos momentos.
—Ya es de día...—
Comentó, las bolsas bajo los ojos; violetas por no haber dormido e hinchadas por el llanto, le pesaban como si le estuvieran arrancando la piel del rostro. Se relamió los labios, estaban secos y partidos, no se había dado cuenta peque se había morido ella misma en el ataque de rabia.
Se acercó una vez más a la barandilla del balcón, acariciándola con la dulzura de quién sabe que eso es lo único que la protege de una muerte segura. Sus yemas se pasearon por el frío metal humedecido por el rocío de la mañana, hacía frío, pero ya su piel acostumbrada no lo sentía.
Se asomó una vez más por el balcón, vivía en el décimo piso, la caída era segura. Una muerte rápida, si lograba golpearse la cabeza primero, levantó la mirada al cielo diurno, comenzaba a amanecer, el manto azul teñido de suaves tronos carmines que poco a poco se difuminaban. Era un perfecto día para morir, despejado, tranquilo... Casi no había nadie en la calle, era normal, recién la gente se estaba despertando y arreglándose para ir a trabajar.
Sí, era el mejor día, de todas formas nadie iba a extrañarla, no dejaba nada atrás, porque no tenía mascotas, ni familia, sus amigos probablemente rápido la iban a superar y se olvidarían de ella. Sí, lo iba a hacer.
Cerró los ojos, dejando que la brisa de la madrugada golpeara una vez más su rostro y se llevara consigo alguna de las lágrimas que le colgaban del mentón. Se paró en puntas en el borde del balcón, no le hacía falta más que un empujón para saltar.
«Hazlo, nada te detiene.»
La voz en su cabeza habló. Es cierto, nada iba a detenerla, tal vez lo mejor era simplemente entregarse al vacío y no volver a despertar, pero era demasiado cobarde como para intentarlo siquiera.
Con un suspiro resignado se alejó del balcón, buscaría otro método.