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«Déjame en paz.»

Siempre había querido decirlo, en especial los últimos meses que Ji-Hye había vuelto a contactarla. Sin embargo la carne siempre es débil y cada vez que la contacta, ella cae una, otra, y otra vez. Incluso tras un año de terminar la "relación" que tuvieron.

Se decía a sí misma que eso debía parar, que no estaba bien ¿Entonces por qué no podía? ¿Por qué sentía la necesidad de volver una y otra vez? Sabía que no la necesitaba para vivir, pero cada vez que se alejaba lo suficiente ella sentía que se le iba la vida. Y la odiaba, la odiaba con todo su ser por hacerla sentir así, incluso sabiendo que era simplemente "la otra", la que usaba cuando se aburría, la que llamaba cuando su pareja no la complacía, un pasatiempo, una diversión. Pero una simple caricia de Ji-Hye bastaba para derretirla y volverla una masa flexible y manipulable.

Su pecho se oprimió ese día, no era uno de esos donde Ji-Hye le decía que quería verla, no. Esa noche le llegó una carta, y el contenido no era lo que necesitaba ver, o más bien sí lo era; pero no deseaba verlo... Adentro estaba el fin de todo, el final definitivo de una historia que ni siquiera había llegado a tener un principio.

Una invitación y no una cualquiera. Era la invitación a la boda de Ji-Hye. Sus manos temblaron, sentía que su corazón; que tanto había intentado sanar los últimos meses, volvía a quebrarse por completo y se hacía polvo en el silencio de la habitación.

«¿Y? ¿Qué dices? ¿Vas a venir? Me gustaría que estés presente, podríamos vernos antes de la boda y.... »

Del otro lado del telefono sonó, la voz de Ji-Hye nunca había sonado tan acaramelada como al hablar de su boda. Dohie apretó los dientes tan fuerte que sintió que la mandíbula le dolía. Olvidó como pestañear, su cuerpo perdió la capacidad para respirar y el aire escapó de su pulmones sin ninguna intención de regresar. Quién sabe cuánto pasó pero reaccionó cuando él ligero mareo a causa de la falta de oxigeno le hizo perder la estabilidad.

«...¿Dohie? ¿Cielo, sigues ahí?» Ji-Hye volvió a hablar

¿Por qué? ¿Cómo podía ser tan cínica? Tratarla con tanto cariño incluso cuando le estaba hablado de la boda que iba a tener CON OTRO. Sus ojos rápidamente se inundaron de lágrimas, sus piernas flaquearon. Sintió que volvía a perder el equilibrio y terminó apoyada sobre la pequeña mesa que tenía a un lado del recibidor. Abrió los labios, quiso decir algo pero las palabras se le atoraron como un nudo en la garganta.

Se dió la frente contra la pared una vez como si quisiera callar todo el torbellino que se comenzaba a formar en su mente. ¿Por qué le dolía tanto? Se suponía que se había mentalizado para eso ya. Pero ahí estaba, casi sin poder respirar y probablemente al borde de un colapso mental.

—Estoy aquí. Disculpa... Lo pensaré, tengo cosas que hacer ese dia.—

Lo intentó, hizo su mayor esfuerzo para que su voz temblorosa no la dejara en evidencia y antes de que Ji-Hye pudiera emular alguna palabra más, Dohie le cortó la llamada. Su mano arrugó la invitación, mientras una vez más se daba la frente contra la pared. Las lágrimas que le habían nublado la visión ahora iban en caída libre por su mejilla y no parecían tener la intención de detenerse, como si alguien hubiese abierto un grifo de agua y hubiese roto la llave.

—¿Cómo puedo... ser tan estúpida?...—

Un último golpe se dio contra la pared haciéndose una herida lo suficientemente grande como para que un hilo de sangre comenzara a descender por su rostro.

Intentó tomar una bocanada de aire para tranquilizarse y comenzó a caminar lentamente por su departamento. Las piernas le temblaban, su cuerpo se sentía pesado. Probó hacer un ejercicio de respiración, contar hasta cien. Pero no llegó ni al tres, porque al pasar por al lado de la lámpara de lectura la tomó y en un ataque de rabia la lanzó contra el ventanal, rompiendolo.

—¡¿CÓMO PUEDES SER TAN ZORRA, JI-HYE?! ¿QUE ASISTA A TU MALDITA BODA PERFECTA? DEBE SER UNA MALDITA BROMA. —

No se quedó conforme con la lámpara, la mesa de luz donde estaba la misma también la lanzó por la ventana, quebrando otra parte del vidrio. Tomó la escoba y con ésta comenzó a golpear todo objeto que se le cruzó delante.

—¿PARA ÉSTA MIERDA ME QUERÍAS DE VUELTA? ¿PARA QUE VIERA COMO LE DICES A ESE MALDITO BASTARDO QUE SI, EH? ¡MALDITA PERRA LOCA! ¿QUÉ CREES QUE SOY? ¿UNA MUÑECA DE TRAPO QUE NO TIENE SENTIMIENTOS?—

Escupió cada palabra con un veneno tan cargado que de haberse mordido la lengua probablemente ya se habría muerto. Se acercó al ventanal que había roto, y se asomó al balcón, del ataque de nervios que tenía ni siquiera se había dado cuenta que había pasado por todos los vidrios rotos y ahora un pequeño charco de sangre comenzaba a formarse bajo sus pies.

Sus manos se apretaron con fuerza en el barandal, y se inclinó para mirar hacia abajo. ¿Cuántos metros de caída tenía? ¿Si se tiraba podría no volver a despertar, verdad? Probablemente, estaba en un décimo piso. Cerró los ojos por unos momentos dejando que la brisa nocturna golpeara su rostro.

Tal vez lo mejor era simplemente hacerlo, en el peor de los casos entraría en coma o quizás sufría algún daño cerebral tan intenso que le haría olvidar todo eso.

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