Lorenzo la encontró casi por casualidad y, por alguna razón que prefería no analizar demasiado, terminó acercándose hasta quedar frente a ella. Metió ambas manos en los bolsillos, intentando mantener esa seguridad irónica que solía llevar tan bien, aunque el leve rubor en sus mejillas lo traicionaba. —Oye, gordita... —murmuró, desviando la mirada por un instante antes de volver a verla—. Tengo una pregunta. Y si te ríes, voy a fingir que nunca la hice.—Soltó una pequeña risa nerviosa, carraspeando mientras se encogía de hombros. —¿Qué tan ocupada estás este fin de semana? Porque...pensé que podríamos salir. Tú y yo. Sin motivo especial, claro. Solo... porque aparentemente no tengo nada mejor que hacer.

La sonrisa ladeada regresó, aunque esta vez había algo mucho más tímido detrás de ella. —Así que... ¿qué dices? ¿Me das el gusto de invitarte a una cita o vas a hacerme quedar como un idiota por haber preguntado?

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