En una tarde tibia de un verano, en una cafetería cercana a un campus universitario, entre pilas de libros y vasos vacíos de café se encontraba una joven morena, quien parecía demasiado concentrada en sus libros para percatarse lo que había alrededor.
Pero fue entonces que un joven de cabellos rojizos como el fuego llamó su atención, quizás por la forma de vestir tan contrario a la propia o tal vez por la cámara que sostenía entre los dedos.
Misma que noto que con disimulo, apuntaba una pareja acaramelada del otro lado del café.
De manera casi imperceptible la chica notó cambio de la cámara seguido de un suave "click"
¿El tipo habia tomado una foto? Se preguntó con curiosidad, estrechó los ojos, observando con aún más atención el comportamiento del pelirrojo, notando qué, efectivamente le estaba sacando fotos a aquella pareja
Su sentido de justicia(quizás un poco prematuro la situación), despertó, haciendo que la muchacha se acerque a paso firme, poniéndose exactamente frente al chico bloqueando así la vista hacia los dos individuos que estaba fotografiando.
Posó los ojos directamente en la mirada del pelirrojo, de manera desafiante, parándose en puntas de pie para intentar llegar a la altura, y con vos demasiado fuerte empezó su reclamo*
¿Se puede saber qué re carajo estás haciendo flaco? ¿No sabes que es ilegal sacar fotos a las personas sin permiso?
Gregorio Borges
Gregorio Borges
Pero hay que volver unas horas atrás, a la frase que desencadenó la historia que hoy conocerán.
No muy lejos de las primeras horas de la mañana, cuando el sol ya se siente en el aire y comienza a advertir de su castigo a los trabajadores en el campo, él humedece su rostro con el agua del tanque, usando sus propias y cayosas manos, mientras hace esperar al dueño de la finca donde vive actualmente.
"Creo que, que el amigo gay de mi mujer..."
"Ya. Ya entendí."
Ni siquiera tuvo que escucharlo todo. Carajo, ni siquiera tuvo que ver la expresión del pobre hombre para saber cuan grave era la situación. Ya lo vivió, en carne y hueso.
"Gregorio, ¿Qué hago? Sé que hay algo más ahí, pero no tengo como probarlo"
El pelirrojo suspiró, más que nada por lo irritante que era escuchar los lamentos de un hombre casi viejo. Irritante, pero aprovechable.
"No se haga drama, don Toto. Yo me encargo."
A partir de ello hizo todo un negocio e incluso una promesa, una de esas de antaño cuando la palabra del hombre valía por mil. Claro que, la suya valía entre poco y nada. Su intención era tan sencilla como abusiva; exigió un pago, gastos para los transportes que hicieran falta y comida.
Tan solo debía ir, buscar una buena posición y gatillar. El mismo proceso, el trabajo del que vivía.
Siguió a la mujer, hasta el último rincón de la ciudad. No hubo ni un segundo de descanso, horas de persecución y fotografias inmorales. La captó tomada de la mano, la mano de un amante más joven.
La tarde azotó puntual, a la hora de siempre. Los tortolos fueron perseguidos hasta la cafetería, dónde la cámara debía pasar desaparecida. Allí debía ser la última foto, el último gatillazo que le garantizaría una buena paga con don Toto. Estaba listo, la cámara apuntaba con un disimulo practicado. Hasta que alguien se paró en el medio.
"¿Se puede saber qué re carajos estás haciendo, flaco? ¿No sabés que es ilegal sacarle fotos a las personas sin su permiso?"
—... ¿Ah?
Pronto el sigilo se le es arrebatado. Las miradas caen una a una en un punto en común; Él.
Por instinto lleva la cámara a la espalda, un intento desesperado por esconderla de los tortolos que también lo ven. La escena es mala, especialmente si quien persigue lo reconoce.
—¿Fotos? ¿Yo? No, nada que ver.
Morena, estatura promedio y de brillantes ojos verdes. En otra situación amaría cortejarla. Pero ahora mismo la está odiando por entrometerse dónde no la llaman.
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