Caminó por el palacio donde vivía, había olvidado ese estanque que tenía. La verdad, solía jugar con el agua en sus momentos de soledad. Está vez, con delicadeza se sentó, y después se recostó, su vestido rosa se empapó y así mismo sus largo mechones dorados que se esparcieron a lo largo del estanque.
La noche era explendida y de por sí realmente fresca, por primera vez. Su ser era tranquilo, nada de tristeza o pena, era sólo ella y la hermosa luna.