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Descubrí que los domingos por la mañana eran mis escenas favoritas.

Me encanta despertar con el canto de las aves fuera de mi ventana y sentir el cálido sol al abrir la cortina. Disfruto esa primera brisa rosando mi rostro mientras acomodo nuevamente mi cabeza sobre la almohada, aprovechando esos minutos extra que tengo al no haber trabajo ese día. También me encanta el olor a café y el sabor de los huevos fritos, menú especial que tengo reservado únicamente para ese momento, pues el resto de la semana a duras penas soy lo que llaman un adulto funcional que come a sus horas.

Por desgracia, mucha gente descubre la gracia divina en las cosas tan simples de la vida solo cuando siente la muerte cerca, o al menos así fue en mi caso. No es por enfermedad o por mi propio deseo de arradicar mi existencia, en realidad, es algo mucho más complejo, como el hecho de cargar con los pecados de mi familia.

No voy a mentir, vivo con una incertidumbre que me aterra y me asfixia, le esquivo a la muerte y salgo victoriosa hasta ahora, pero supongo que solo estoy retrasando el inevitable momento en que termine con una bala en la cabeza. Tengo miedo a morir o tal vez solo le temo a la forma en que se presentará ante mi puerta. Aunque eso sí, también hay veces en las que no siento nada, creo que simplemente me voy resignando a la idea de que mi final no será uno feliz como el que alguna vez planeé en mis ingenuos sueños antes de saber que yo no tenía esperanza.

Y es que a veces las personas solo nacemos para sufrir. A veces las personas hemos de morir pagando por pecados ajenos.

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