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ㅤㅤㅤㅤ내면의 싸움은 결코 끝나지 않습니다.
ㅤㅤㅤㅤ그저 잠시 숨어들 뿐입니다.
ㅤㅤㅤㅤ𝐈 𝐬𝐡𝐨𝐮𝐥𝐝'𝐯𝐞 𝐩𝐮𝐭 𝐚𝐧 𝐞𝐧𝐝 𝐭𝐨 𝐞𝐯𝐞𝐫𝐲𝐭𝐡𝐢𝐧𝐠.
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𝗧𝗿𝗶𝗴𝗴𝗲𝗿 𝗪𝗮𝗿𝗻𝗶𝗻𝗴: Este escrito tratará temas sensibles como auto-lesiones, trastornos mentales/psicológicos, entre otros. Si bien no se presentará explícitamente, se recomienda discreción si no gustas leer sobre esto.
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El agua de la ducha corría una vez que Derek había abierto ambas llaves, con la intención de que esta se calentara mientras esperaba a Seojun. La mayoría de las veces se afeitaba antes de ducharse, pero ese día la barba no estaba tan crecida, y, por primera vez, sintió que no se veía tan mal con el vello en su rostro.
Frente al espejo empezó a analizar su reflejo, notando que había subido un poco de peso, pero seguía teniendo esa figura tonificada y musculosa. Después de todo, siempre había batallado con esos cambios en su cuerpo, y también con la lamentable disforia corporal con la que había tenido que convivir. Suspiró. A veces ni siquiera los tatuajes podían ocultar del todo la inseguridad que lo invadía de vez en cuando, pero al menos el tatuaje más reciente que tenía -en conjunto con su esposo- le daba un poco de alivio. Levantó su antebrazo, acariciando con suavidad la piel donde residían aquellos trazos que le recordarían por siempre la persona con quien había decidido compartir eso tan íntimo.
Se sentó en la cisterna, analizando el tatuaje durante varios segundos, hasta que algo más profundo captó su atención.
Las cicatrices del pasado que habían adornado su piel, ahora vivían bajo esos tatuajes que esperaban esconderlo todo, dejarlo todo atrás. Pero incluso ocultándolo o coloreándolo, estaba ahí. Sigiloso, intrépido. Recordaba lo mucho que había dolido, las veces donde la batalla estaba a punto de ser perdida, y esto lo hizo suspirar, cerrando sus ojos mientras la mano derecha iba a tapar su antebrazo, apretándolo con fuerza.
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Nunca he sido un amante del dolor. Creo que, de hecho, siempre he huido de él en la medida de lo posible; recuerdo la vez que me fracturé la clavícula, también aquella ocasión donde mi tobillo se quebró en la escuela, o cuando me rompía la nariz en los torneos de baloncesto. Sin embargo, ninguna de ellas se comparaba a aquella vez donde, por decisión propia, no solo se rompió mi piel, sino que también había roto mi alma.
Empezó a los catorce. Una edad bastante corta, si me permito decirlo. No sé si fue por las constantes peleas que tenía con mis padres, o si también era la batalla que empecé a luchar contra mí mismo a tan pequeña trayectoria. No solo luchaba contra mi peso, que para un hombre no es tan criticado socialmente, lo cual me avergüenza totalmente; nadie debería pelear contra lo que es, siendo hombre o mujer, y ninguno de los dos debería ser señalado en menor medida. Lo veía con mi hermana gemela, que tenía la misma edad que yo, y era aun más grave su caso al intentar mantener una apariencia socialmente aceptada. Era una niña, éramos solo dos niños tratando de sobrevivir en una sociedad donde los “mestizos” o los “extranjeros” no eran más que solo bichos raros. Como si ser netamente coreano los hiciera mejores, o como si ser delgados los hiciera seres humanos superiores. Aunado a eso, a mi cuerpo, a mi apariencia y a esa imagen que quería mostrar a mis catorce, también batallaba con la idea de que, aparentemente, no era del todo un hombre heterosexual como mis padres deseaban. Lo sabía porque, muy en el fondo, me conocía a mí mismo lo bastante bien como para saber lo que provocaban en mí los chicos en el gimnasio, lo que provocaban en mí tanto los chicos como las chicas en las clases de natación. Pero me negaba a la idea de que eso fuera posible por varias cosas: la primera, mi padre conservador, militar, y quizá un poco machista; la segunda, la sociedad pútrida en la que vivíamos, rodeada de tabúes religiosos y un montón de prejuicios donde ser homosexual era peor que ser un asesino o un pederasta. Durante años luché con la idea de ser un “gordo gay”, aunque también me gustaran las mujeres. Empecé a ir al gimnasio más horas de las debidas, estuve en las piscinas olímpicas mas tiempo de lo recomendado, y también saltaba mis comidas. Quizás así, tan solo así, podría encajar un poco más. Podría pasar más “desapercibido”. Mi cuerpo creció, me amoldé al canon social que se me impuso, pero en el proceso me perdí a mí mismo. Perdí lo que amaba, perdí esa esencia que, con mucho orgullo, había logrado ser mi distintivo. Simplemente comencé a ser alguien plano, como si la sociedad hubiera sido una fotocopiadora que quisiera personas sin identidad o distintivo. Todos delgados, todos iguales. Caballos enceguecidos. Y ahí fue cuando la depresión llegó.
Catorce, quince, dieciséis, diecisiete…
Irónicamente, si no hubiera sido por mi padre, la cuenta nunca hubiera pasado de ahí.
Todo inició como un juego, como si testear los límites del dolor fuera algo demasiado divertido entre nuestro grupo de amigos. ¿Quién sería capaz de cortarse la piel mayor cantidad de veces solo para parecer más valiente?
Lo que ellos no sabían era que, entre cada herida y cada corte, no estaba probando valía, sino que estaba gritando desesperadamente por algo de ayuda, algo de atención. Que los maestros llamaran a mis padres al ver mis venas vendadas, o que los llamaran para que pudieran verme. Al menos retándome podría escuchar la voz de alguno de ellos dos estando presente, pero nunca pasó. Nunca llegó. Quizá a nadie le importaba.
Hasta ese día, donde el agua tan caliente logró llenar el cuarto de baño de vapor, y yo, en bajo la corriente de agua, logré adormilar la piel lo suficiente para deslizar la hoja con la que me afeitaba por el antebrazo izquierdo. Una, dos, trece veces. Unas más profundas que otras, pero la última fue lo suficientemente profunda, y tal vez un poco mal hecha, como para que la hemorragia fuera incontrolable.
El pánico me consumió. La corriente de agua ahora era ríos carmesíes que brotaban por mis manos hasta caer a borbotones por mis dedos, e incluso intentando apretar mi brazo con la mano, me era imposible detenerlo. Me senté en el suelo de la ducha, mientras todo se mezclaba caóticamente hasta desvanecerse por el desagüe, y poco a poco, en lo que el calor y la perdida de sangre me mareaba, pensé que tal vez era lo mejor.
Pensé que quizá era la posibilidad perfecta para dejar de pelear, para dejar de luchar contra mi cuerpo, contra la sociedad, contra esa “enfermedad” que me iba a condenar si el día de mañana tenía que darle cuentas a Dios, según lo que decían todos. Todo lo bueno que había hecho en la vida se iba a ir por el drenaje, así como mi sangre, solo por un aspecto que yo no había escogido. Qué irónico pensarlo mientras todo se me desvanecía.
Pero mi padre entró de golpe, y no recuerdo nada más. No sé si me salvó la vida, o arruinó mi posible escapatoria. Y desde ahí no pude detenerme. Desde ahí todo se volvió un intento constante por tratar de escapar de aquellas voces que me atormentan.
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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ(…)
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Suspiró, recordando aquello que le había contado a su esposo -en ese entonces novio- cuando por casualidad, en medio de una noche de copas, Derek abrió su corazón. Donde en medio de muchos tragos y lágrimas contaba lo que lo había atormentado desde muy pequeño, y que hoy en día, aunque estaba muy escondido y enterrado bajo tierra, a veces sacaba las manos y arañaba las paredes, recordándole que seguía ahí.
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𑁋¿Está todo bien, guapo? 𑁋preguntó Seojun, recostado sobre el marco de la puerta.
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Derek volteó a verlo, sonriendo un poquito para así asentir con la cabeza, levantándose de la tapa del retrete y así caminar a él, inclinándose lo suficiente para poner el mentón en su hombro. Lo abrazó, cerró sus ojos y suspiró.
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𑁋Sí… Todo está bien. Ahora sí.
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En el mes de la prevención contra el suicidio, me permito recordar que no estás solo, que siempre tu voz va a ser escuchada. Habla, grita, siempre habrá alguien que tome tu mano y te ayude a salir de ahí. Yo pude haber pausado a los diecisiete, no quisiera que tú pauses hoy. Te quiero, y te quiero vivo. No estás solo. Que, aunque sea difícil ver la luz y el brillo, siempre habrá una estrella brillando para nosotros. Eres especial, amado, querido, y tu existencia en este mundo no es en vano. Gracias por querer quedarte.