—¡Padre! ¡Padre!
La llamada urgente en la puerta le hizo recorrer en seis zancadas el atrio. Una piadosa mujer de cabellos ya canos removía las manos, estrujando un pañuelo entre las ansías.
—Dígame.
—¡Tiene que hacer algo! ¡Hay satánicos en el barrio! ¡Vistiéndose de esperpentos!
Reprime el ya familiar impulso de sostenerse el entrecejo entre índice y pulgar.
—¿Satánicos?
—¡Sí! ¡Visten de demonios!
—Entiendo...
—¿No piensa ir?
—Señora...
—¿Sí?
—La espero a la misa de las cinco. Buenas noches.